SAN SEBASTIÁN / Quincena Musical: del barrio neoyorquino al Walhalla wagneriano

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 20-VIII-2025. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Coro Easo. Clark Rundall (director), Miren Urbieta-Vega (María), Caspar Singh (Tony), Nerea Berraondo (Anita); Henry Neill (Riff), Jorge Ruvalcaba (Bernardo), Arantza Ezenarro (A Girl). Leonard Bernstein: West Side Story.
22-VIII-2025. Orquesta Nacional de España. David Afkham (director). Richard Wagner-Lorin Maazel: El Anillo sin palabras.
Dos conciertos de cariz casi opuesto se han sucedido en el Auditorio Kursaal para comenzar la recta final de la Quincena Musical: el musical West Side Story de Leonard Bernstein con la Orquesta Sinfónica de Euskadi y El anillo sin palabras, compendio de la Tetralogía wagneriana llevado a cabo por el director Lorin Maazel, interpretado por la Orquesta Nacional de España.
Llenazo total el día 20 para disfrutar de una obra más popular por nombre y cinematografía que por verdadero acercamiento musical. Además hay que tener en cuenta que la mayor parte del elenco era local y que la participación de un coro donostiarra, en este caso el Easo, siempre propicia una gran afluencia de público. No cabe duda de que West Side Story viene a ser el Don Giovanni de los musicales –y me refiero a su calidad musical–. El gran director y más que notable compositor Leonard Bernstein puso todo su conocimiento al servicio de esta historia de amor truncado a lo Romeo y Julieta en un marco de bandas juveniles enfrentadas (los Jets anglosajones y los Sharks portorriqueños) en el Nueva York de los años 50. El resultado es una obra llena de color gracias a una magnífica y muy estudiada orquestación, ritmos sugerentes, y cuadros perfectamente medidos para que la dramaturgia esté bien condensada y lo cómico alterne convenientemente con el drama. No podemos olvidar que obra suya es también Un día en Nueva York (1944), que dio lugar en 1949 a una famosa y fantástica película dirigida por Stanley Donen y con Frank Sinatra y Gene Kelly como protagonistas.
West Side Story contó con el libretista Arthur Laurents, el letrista Stephen Sondheim y el coreógrafo Jerome Robbins para su estreno en 1957 y fue llevada a la gran pantalla en 1961 por Robert Wise coon Richard Beymer y Nathalie Wood como protagonistas, versión que popularizó este musical a nivel internacional. Lo más habitual es que se interpreten la suite de Danzas Sinfónicas que el propio Bernstein seleccionó precisamente para que se pudieran incluir en los programas habituales de concierto, pero en San Sebastián hemos podido disfrutar de la versión íntegra con solistas y coro.
El inglés Clark Rundell se puso al frente de la orquesta para dirigir esta obra con la que, visiblemente, tiene enorme afinidad y conoce al dedillo. Rundell es un director con gran contacto con la música estadounidense puesto que creció en Minnesota y estudió en Chicago, además de dirigir regularmente estrenos y mucha música de los siglos XX y XXI tanto en Gran Bretaña como en EEUU. Su labor destacó por la claridad gestual, la implicación incluso física sin llegar nunca al exceso histriónico y la capacidad de mantener la tensión dramática y el pulso rítmico. El “pero” que cabe poner es el de no haber frenado a la Orquesta Sinfónica de Euskadi en algunas ocasiones en que las dinámicas forte fueron excesivas, en especial en intervenciones de los cantantes. En el aspecto rítmico respondieron bastante bien (un gran bravo a la sección de percusión) pero faltó precisión en algunos en los ataques, sobre todo en el número final.

Entre los solistas destacaron las dos sopranos Miren Urbieta-Vega y Arantza Ezenarro. La primera asumió el papel de María para el que está sobrada en medios. Lo dominó completamente logrando una estupenda interpretación en la que su magnífica voz brilló de principio a fin. En cuanto a Arantza Ezenarro, suyo fue uno de los momentos más emotivos y reconocibles de la velada. Su personaje, “Una chica”, sin siquiera nombre, se lleva uno de los mejores números de la obra, la celebrada canción Somewhere que interpretó con intensidad, delicadeza y perfecta proyección para llevarse una de las ovaciones de la noche. El protagonista masculino, Tony, estuvo interpretado por el británico Casper Singh, de impecable presencia y bonita pero muy pequeña voz. Tuvo la mala suerte de tener como oponente a Urbieta-Vega, que se lo comió completamente, y no porque no hiciera esfuerzos por comedirse, sino porque, como decía mi abuela, donde no hay mata, no hay patata. Tampoco la orquesta pareció compadecerse de él y lo arrollaron sin contemplaciones. Mucho más adecuado estuvo el barítono Henry Neill en el papel de Riff, jefecillo de la banda de los Jets, que alternó estupendamente diálogos ritmados con canto y mostró una bella y redonda voz de barítono.
La navarra Nerea Berraondo interpretó el papel de Anita de una manera que resultó enormemente confusa: se empeñó en utilizar un registro de pecho desmesurado en el registro medio-grave y grave, supongo que para dotar al personaje de cierta vulgaridad. Y lo logró, pero no por lo que probablemente pretendía. El efecto resultó desagradable y un tanto desconcertante porque cuando utilizaba el registro mixto casi no se la oía y cuando cambiaba a pecho, era feo, casi como si de dos personas distintas se tratara.
Muy bien todos los secundarios, con Juan Laborería a la cabeza como el personaje de Action, que se va afianzando como uno de los barítonos con más potencial del panorama, y Ainhoa López de Munáin, que interpretó una pizpireta Rosalía con seguridad y enorme soltura. Estupendos los muchachos de la banda de los Jets en esa escena divertidísima del Officer Krupke en la que el diálogo debe encajar perfectamente con la música y que ellos bordaron demostrando que el vasco, cuando se suelta, se suelta de verdad (aquí lo de hacer las cosas a medias no funciona mucho, o todo o nada). Además caracterizaron estupendamente las voces en función de los personajes para dotar a cada uno de su personalidad: un verdadero acierto. Y qué visionarios los letristas, que hace ya setenta años, escribieron sobre las coartadas sociales que se procura a los delincuentes para desresponsabilizarlos de sus crímenes y cómo ellos se aprovechan. Un texto imposible a día de hoy. Muy bien el Coro Easo, que pareció divertirse de lo lindo y nosotros con ellos, aunque en el fuego de la acción, a punto estuvieron de dar con sus huesos y los bancos en el suelo. Y eso que era versión concierto… El público agradeció muy calurosamente la diversión, emoción y entrega de los intérpretes.
Y ya que estamos, y teniendo en cuenta que la Quincena programó en 2022 Porgy and Bess junto con el Concierto para piano de Gershwin, aprovecho para pedir que se interprete más música estadounidense en España, porque hay muchos autores completamente abandonados que tienen unos corpus más que interesantes, comenzando por Copland o Ives, sin ir más lejos.
Cambiando completamente de tercio, la Orquesta Nacional de España con su director titular David Afkham interpretó el día 22 El anillo sin palabras, esa compilación que una compañía discográfica encargó a Lorin Maazel. Personalmente no veo el interés de programar este refunche, que, por bien hecho que esté, anula la esencia wagneriana al eliminar las voces. Francamente, prefiero cualquier selección de oberturas y preludios. Además, las limitaciones que se impuso el propio Maazel para elaborar estos setenta minutos de música obligan a una elección que es tan legítima como discutible. En este sentido y para un análisis más detallado de la obra, me remito a la magnífica reseña de mi compañero Rafael Ortega Basagoiti sobre la interpretación que la propia ONE hizo en octubre del pasado año en el Auditorio Nacional bajo la batuta de Josep Pons y que pueden leer aquí.

David Afkham es un director estupendo y de enorme elegancia con un gran dominio del repertorio alemán, aunque me atrevería a decir que se encuentra más cómodo en la obra de Richard Strauss, Brahms o Mendelssohn que en Wagner. Habiéndole visto dirigir muchas veces al frente de esta orquesta, creo que sus versiones de otros románticos alemanes han sido más delineadas, contrastadas y naturales en fraseo y pulsación. Tuve la impresión de que tanto él como la orquesta iban de menos a más y que ciertas imprecisiones y falta de equilibrio iniciales se iban solventando y poniendo en su sitio según avanzaba la obra.
Por ejemplo, el comienzo En las profundidades del Rin, empezó de forma excesivamente rotunda. Lógicamente, está pensado para ser tocado en un foso y al subir a los músicos al escenario, la dificultad para que esa especie de gran ola que crece poco a poco se perciba como tal se acrecienta, pero quizá se pudo haber exigido mayor intensidad en la dinámica pianissimo. Las trompas no estuvieron todo lo exactas en afinación en ese temible comienzo, lo mismo que las tubas wagnerianas al final del fragmento e inicio del siguiente (Entrada de los dioses en el Walhalla). La cuerda subió demasiado en dinámica algo pronto, de modo que casi cubrió a buena parte del viento. Pero las secciones comenzaron a equilibrarse a partir del tercer fragmento seleccionado por Maazel, El hogar de los enanos y ya en El martillazo de Donner pudimos escuchar un estupendo solo de trombón y una mucho más consistente sección de trompas. Muy bien la percusión –sección que se mantuvo excelente a lo largo de toda la obra– y las cuerdas graves en el primer fragmento de La Valquiria, así como el solo de violonchelo. Muy bien gestionada toda la escena de La huida de Siegmund y Sieglinde seguida de La furia de Wotan con sus varios puntos culminantes de diversa índole y buen balance de la sección de metales en ese encaminarse hacia La cabalgata, que fue interpretada por Afkham con el punto justo de movimiento trepidante y solemnidad. El último fragmento, El adiós de Wotan fue uno de los mejor conducidos por el director, a quien ese post-romanticismo en el que hay que dejar que el lirismo se explaye pero con cierta contención le va como un guante. Logró un ambiente realmente emocionante gracias a un amplio fraseo que dirigió con un hermoso y medido rubato.
Estupendo el carácter en el comienzo de Siegfried, simulando el miedo de Mime con esos trinos en las cuerdas y la sección de viento madera dibujando filigranas descendentes, mientras el viento metal grave suena amenazante. Muy bien la bucólica escena de Los murmullos del bosque, en el que los solistas de madera y el de trompa se lucieron y dieron cuenta de su calidad. Gran despliegue sonoro del metal en las dos escenas del dragón Fafner y bien dibujada la transición hacia el comienzo de El Ocaso de los dioses con el clarinete bajo y las cuerdas graves, que desemboca en esa Pasión de Siegfried y Brünnhilde. Afkham supo mantener la tensión a través de ese largo fraseo de los chelos que culmina en ese tema apasionado iniciado por los clarinetes y retomado por los violines –magnífica prestación y muy sólida sección–, cada vez en un registro más agudo y que nos hace transitar por una interminable escena llena de lirismo, pasión y fuerza: otro de los grandes momentos de la velada. Fantástico el trompa en el famoso y dificilísimo solo del Viaje de Siegfried que reaparece en la escena con las hijas del Rin, en la que brillaron los dos clarinetes. Muy bella toda la evocación instrumental del río, bien equilibrada y matizada. Francamente bien realizado estuvo ese crescendo del tutti orquestal intercalado de silencios en La muerte de Siegfried que nos lleva hacia la fúnebre Marcha, en la que destacó la trompeta solista. La obra se cerró en la apoteosis orquestal y culmen del lirismo wagneriano de La inmolación de Brünnhilde, que Afkham y los suyos interpretaron con total entrega que el público devolvió con creces con sus aplausos entusiastas.
Ana García Urcola


