MADRID / Pons y la Nacional, con la suite de Maazel sobre el ‘Anillo’ wagneriano

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 13-XII-2024. Concierto sinfónico 8 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Josep Pons. Wagner (arr. Maazel): El anillo sin palabras.
Dice Ramón Puchades, en las notas al programa del octavo concierto sinfónico de la Nacional, que “condensar esta gigantesca epopeya [las quince horas de música contenida en la tetralogía wagneriana El anillo del Nibelungo] en setenta minutos de música y pretender con ello que la audiencia comprenda la magnitud épica de la obra, se nos antoja una empresa cuasi herética e imposible de llevar a cabo”. No le falta razón, aunque no creo que el famoso director Lorin Maazel pretendiera, con la suite que se escucha este fin de semana en el ciclo de la Nacional, que con una aproximación de esas características la audiencia comprendiera en toda su extensión “la magnitud épica de la obra”.
Se antoja evidente a quien esto firma que la pretensión de Maazel, más que conseguir una aprehensión completa de la tetralogía, que de esta forma parece inviable, era acercar a la audiencia a la bellísima música de Wagner, y quizá picar la curiosidad de muchos para conseguir que se adentren en el proceloso y complejo pero fascinante mundo de la escucha completa de la tetralogía, con el aprendizaje que ello conlleva. Y, en este sentido, el empeño no solo es loable, sino muy bien conseguido, porque no sólo escuchamos los fragmentos más célebres, como la Cabalgata de las Valquirias, la Marcha fúnebre de Sigfrido o la Inmolación de Brunilda, sino muchos otros menos conocidos por quienes no están habituados a escuchar la tetralogía íntegra, y que son también de una gran belleza.
Es curioso que, en la descripción de la partitura que encontramos en la editorial Schott, que la publicó, se preguntan, justamente en sentido contrario al expuesto por Puchades, si es posible tal condensación, prescindiendo, además del texto, y concluyen que la idea no es tan herética (término utilizado también por Puchades, pero con la idea opuesta) como pueda parecer, y además no es la primera, porque Stokowski también hizo su compilación (aunque no tan global) y Henk de Viegler (partitura editada también por Schott y llevada al disco por Edo de Waart) hizo asimismo la suya (en 1991).
El recorrido es, sin duda, fascinante, porque la capacidad evocadora de la música de Wagner es tan grande que, incluso hurtando el texto, cautiva la atención del oyente de inmediato, de manera que el tiempo de escucha se pasa volando. La partitura que en 1987 escribió Lorin Maazel condensa, en efecto, esas quince horas en poco más de setenta minutos de música puramente orquestal (de ahí lo de “sin palabras”), a lo largo de veinte números, que se interpretan sin solución de continuidad. Aunque la distribución de esos veinte números entre las cuatro óperas parece, a priori, en términos numéricos, equitativa (cuatro para El Oro del Rin, cinco para La Valquiria, otros tantos para Sigfrido y seis para El Ocaso de los Dioses), no lo es en realidad, y la más favorecida, en términos de la duración concedida, es claramente la última, El Ocaso de los Dioses, que se lleva casi 37 minutos de los poco más de setenta que dura la obra.
Por lo demás, el arreglo de Maazel, muy respetuoso (excepto por la tijera, claro, y por la ausencia de voces) con el original wagneriano, nos lleva con éxito por bastantes de los fragmentos más significados de la colosal saga. Encadena el director francoestadounidense con bastante éxito los fragmentos, aunque quien esto firma hubiera favorecido un poco más de equilibrio entre las óperas. Es cierto que algunas transiciones (la de El Oro del Rin a La Valquiria, por ejemplo) están muy bien conseguidas, pero uno se pregunta por qué, si se ofrecen íntegros los finales de los actos I y II de La Valquiria, no se interpreta entero el final de la ópera (uno de los momentos más hermosos de toda la tetralogía y, me atrevería a decir, de toda la historia de la ópera), cuya escena final se corta, de forma algo forzada, para empalmar con la música del Mime atemorizado de Sigfrido. En cambio, algunos otros fragmentos bastante breves (Hagen convoca a sus hombres en El Ocaso, por ejemplo), podrían quizá haber sido obviados para permitir la interpretación completa de finales como el citado de La Valquiria.

Hay que agradecer a la Nacional y a su director honorario el esfuerzo que supone afrontar una partitura como esta con apenas un par de días de ensayo (los habituales, por otra parte), teniendo en cuenta la endiablada dificultad que encierra y el hecho de que es repertorio ajeno al cultivado por la formación. Pons es músico de sólido criterio musical, con mando muchas veces nítido, otras no tanto, pero siempre atento, conocedor e implicado. Armó una interpretación generalmente correcta, con buena intensidad en muchas ocasiones (excelente tensión en los finales de los actos I y II de La Valquiria, números 6 y 7 de la suite, por ejemplo; vibrante la famosa Cabalgata de las Valquirias, que quien esto firma hubiera preferido algo menos arrebatada de tempo), aunque se echó de menos algo de expansión, de hondura, en otros (el final de la misma ópera, buena parte de la Marcha fúnebre de Sigfrido, que pareció por momentos un punto precipitada; el final del Ocaso pudo haber tenido también algo más del recreación del dramático que la música demanda). La exposición fue generalmente correcta en cuanto a planos, aunque algunos detalles (los chelos en la primera parte de su intervención en el Preludio del Oro del Rin, por ejemplo, parecieron muy tapados por unas trompas que tampoco estaban tocando especialmente fuerte) pudieron haber quedado mejor equilibrados en términos de balance.
Teniendo en cuenta los condicionantes mencionados en cuanto a la peculiaridad de la obra para esta formación y a los ensayos disponibles, bien puede decirse que la orquesta salvó el complicadísimo escollo con bastante corrección general, especialmente en una cuerda que sonó bastante ajustada y con buena presencia general. Destacaron, en la madera, los solistas de clarinete y clarinete bajo, excelentes, y en el metal, quizá los trombones ofrecieron la prestación más redonda. Las trompas no anduvieron finas en el muy comprometido inicio del Oro del Rin, y algo parecido puede decirse de la transición a la escena de la muerte y principio de la Marcha fúnebre de Sigfrido. A cambio, el solista de trompa tocó con seguridad y excelente nivel en el Viaje de Sigfrido por el Rin, como antes había lucido el de trombón en el tramo final del Oro del Rin. Excelente la percusión, aunque pudo haber sido algo más precisa la articulación del ritmo el juego de martillos-yunques en la escena del Nibelheim del Oro del Rin. Cabe anotar que el criminal del móvil compareció por duplicado, al principio del Ocaso y en el número 18 (Sigfrido y las hijas del Rin). En ambos casos, como de costumbre, hubiera sido condenado de buena gana por el que suscribe a prisión mayor. También cabe señalar al aplaudidor incontinente, que exclamó un ¡Bravo! precipitado apenas concluido el último acorde de la Inmolación de Brunilda. Se aniquiló así, de manera inclemente, el mágico éxtasis que transpira ese bellísimo final. ¿Aprenderemos?, me pregunto.
Éxito muy grande, en cualquier caso, para Pons y para la orquesta, que también expresó su cariño por su director honorario. Concierto interesante y correcto, y esfuerzo encomiable de maestro y orquesta por traernos esta música tan compleja y demandante, pero tan increíblemente hermosa. Y el público respondió. La sala estaba hasta la bandera.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


