SAN SEBASTIÁN / Helix Trío: generosidad, pasión y maestría

San Sebastián. Museo de San Telmo. 8-VIII-2025. Ciclo de cámara, Quincena Musical Donostiarra. Helix Trío. Juame Angelès (violín), Iago Domínguez (violonchelo) y Paula Belzunegui (piano). Obras de J. Turina, D. Shostakovich y F. Schubert
A la salida del concierto del Helix Trío el pasado 8 de agosto en el claustro de San Telmo, comentábamos una amiga y profesora de un centro superior y yo, que es impresionante el número de estupendos músicos jóvenes españoles que estamos escuchando en los últimos años. Esto se debe sin duda a que se trata de la primera generación que ha gozado masivamente de un profesorado que pudo salir a estudiar al extranjero y que ellos mismos, a su vez -y afortunadamente- aún han podido disfrutar de muchas más oportunidades que quienes les precedieron. Esto es una auténtica suerte tanto para ellos mismos como para nosotros, que debería ser aprovechada por las instancias culturales de todos los niveles de administraciones que padecemos para hacer que, mediante festivales y temporadas fijas de conciertos, la música sea algo mucho más habitual y presente en la vida de cualquier población española y estos músicos puedan prodigarse más a menudo en su país. Pero parece que los derroteros van por otro lado y, a pesar de la recaudación de impuestos más alta de nuestra historia, evidentemente las prioridades de unos y otros nos son ajenas. Hecho el alegato correspondiente, insisto en la calidad de nuestros jóvenes intérpretes, de la que es buena muestra la prestación que el Helix Trío nos ofreció en el marco del Ciclo de Cámara de la Quincena Musical.
A pesar de lo reciente de su unión, puesto que nació en 2022 a partir de la coincidencia de los tres jóvenes en Basilea, el Helix Trío se viene afianzando como uno de los grupos emergentes más interesantes, con numerosos premios y múltiples actuaciones en España y Centroeuropa. Su actuación se abrió con el Trío nº 2 en Si menor op. 76 de Joaquín Turina, que fue compuesto en 1933 y estrenado por el Trío Neerlandés en la Universidad de Groninga el 17 de noviembre del mismo año. Desde el inicio dieron cuenta de su compenetración, de su intensidad interpretativa en la que no hay lugar para la reserva y también de la calidad de sus respectivos sonidos. Desde luego, han captado perfectamente esa mezcla de lirismo y pasión que preside tantas partituras de Turina y que pusieron de relieve con gran autoridad interpretativa, con unas dinámicas generosas y un medido pero eficaz uso del rubato que contribuyeron a crear esos diferentes ambientes y colores que el compositor requiere en cada cambio de tempo. Estupendo estuvo esa especie de Debussy a la española que es el segundo movimiento, escrito en un 5 por 8, ritmo del zortziko, pero en un evidente modo frigio o escala andaluza: esto es fusión de la buena. El Lento que viene a “calmar” ese espíritu y que volverá transformado por el ritmo inicial fue magníficamente cantado por las cuerdas, mientras el piano brindaba un soporte firme y timbrado pero de muy bella levedad. Francamente bien estuvo la entrada del violonchelo de Iago Domínguez y el violín de Jaume Angelès en el último movimiento, con un sonido amplio y lleno y perfectamente afinado (tónica general, por cierto). Estupendo el piano de Paula Belzunegui en ese cambio de tempo, con el punto justo de elegancia pero sin perder el sabor popular. Estructuraron admirablemente el discurso para hacernos entender esa especie de compendio que supone este tercer movimiento y supieron administrar con maestría ese incremento de la tensión hasta ese final casi feroz.
Siguió el Trío nº 1 en Do menor op. 8 de Shostakovich, sorprendente obra en un solo movimiento y forma sonata, compuesta cuando tan sólo contaba diecisiete años en el otoño de 1923, tras enamorarse de una joven en Crimea cuando se reponía de la tuberculosis. Los Helix Trío supieron destacar y contrastar convenientemente esos aspectos grotescos tan característicos del autor a lo largo de toda su obra y que ya se ponen de manifiesto tan pronto, con una profusión romántica y un impulso lírico que delata sus influencias primeras y también su estado sentimental. Sin miedo a los silencios y las respiraciones, construyeron un discurso coherente y bien armado y dosificaron estupendamente dinámicas y planos sonoros.
La segunda parte estuvo consagrada a un verdadero monumento del género como es el Trío nº 2 en Mi bemol mayor op. 100 de Schubert. Escrito probablemente durante el último trimestre de 1827, es producto de esa impresionante efervescencia creadora que le poseyó en sus dos últimos años de vida, sabedor de que le quedaba poco en este bajo mundo. Sin embargo, el tono de este trío es optimista y hasta vitalista, al menos en apariencia. Y también encierra un sinfín de trampas y ocasiones para cometer fallos de todo tipo para cualquiera de los tres músicos que todos ellos soslayaron con total naturalidad. Se trata de una obra extremadamente compleja tanto en lo técnico como en el terreno de la expresión musical y también en el puro trabajo de cámara. Los Helix mostraron un dominio enorme de los aspectos técnicos y camerísticos y estuvieron muy bien en lo musical, pero llegarán a estar mejor cuando aporten un poco más de sosiego. No me refiero sólo a los tempi, que también, puesto que una brizna más de tranquilidad ayuda a que el encadenamiento de frases y secciones sea más claro y los cambios de carácter más marcados, sin tener que exagerar. Hay algo muy difícil en Schubert que es pasar de momentos casi violentos a un ambiente nostálgico y etéreo en un abrir y cerrar de ojos y eso se echó de menos especialmente en el primer movimiento, precisamente por esa pequeña precipitación no rítmica, sino en la unión de unas frases con otras. También creo que esa generosidad sonora que es palpable y encomiable y que está perfecta en Turina y Shostakovich, ha de reservarse un poco más en Schubert y jugar más a menudo con las medias tintas. Todo esto es producto de esa enfermedad transitoria llamada juventud, que además, en el caso de los buenos músicos como de los que aquí hablamos, se compensa en muy poco tiempo con la experiencia. El tempo del segundo movimiento, el famosísimo Andante con moto, fue un poco demasiado rápido a gusto de quien suscribe, aunque sospecho que la elección vino impulsada por una idea de unidad con la reaparición del primer tema en el Allegro moderato final, opción enteramente válida por otra parte. La pulsación —dentro de esa elección más vivaz— se mantuvo magníficamente y sin duda daba una impresión de caminar sin fin, pero personalmente me parece que un tempo algo más bajo aporta una sensación de suspensión e incluso como de pálpito entre exhausto y angustiado más ajustado al carácter. Muy bella la sección en modo mayor, con uno de los pocos momentos en el que el violín puede lucirse algo en esta obra.
Lo mismo para el Scherzo: quizá un poco menos de tempo pero mayor ligereza de espíritu habría servido para un mayor contraste con el Trío. Y en cuanto al último movimiento, personalmente fue el que más me convenció desde el punto de vista interpretativo, y teniendo en cuenta lo inextricable de esas interminables modulaciones entre las que uno no termina de poder posar el pie y la reaparición de temas y sujetos por todas partes —casi imposible no fallar alguna entrada—, me parece que estuvo francamente bien. Un trabajo admirable en cualquier caso para esta obra de una extensión enorme y de una complejidad enorme que los Helix nos ofrecieron en una versión más que notable.
Como propina ante el entusiasmo del público, el último movimiento del Trío op. 90 “Dumki” de Dvořák en una versión llena de sabor y pasión en la que los tres se emplearon a fondo sin escatimar ni un poco de ese color gitano. Como debe ser. Fabuloso cierre para un extraordinario concierto de una formación a la que esperamos volver a escuchar muy pronto.
Ana García Urcola


