Scherzo | CRÍTICAS / SAN SEBASTIÁN / El Kursaal, al ritmo de un Gershwin trepidante, Ana García Urcola

SAN SEBASTIÁN / El Kursaal, al ritmo de un Gershwin trepidante

SAN SEBASTIÁN / El Kursaal, al ritmo de un Gershwin trepidante

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 20-VIII-2022. Indira Mahajan, soprano. Eric Greene. Euskadiko Orkestra. Andra Mari Abesbatza. Director y piano: Wayne Marshall. Obras de Gershwin.

La perfecta síntesis que supone la música de Gershwin entre elementos de la tradición clásica y elementos populares le ha valido un puesto de honor entre los compositores más queridos por el público. Además, la osadía e, incluso, valentía que supuso en su momento incluir una música de arrabal negro como era la del jazz nos lo ha hecho especialmente simpático, aunque, como explicaremos un poco más adelante, eso le procuró más de un dolor de cabeza y no precisamente causado sólo por quienes cabría esperar.

La actuación de Wayne Marshall como director y pianista en este concierto era muy esperada, porque el británico es uno de los grandes especialistas en la música de Gershwin y porque había actuado ya con gran éxito en el Ciclo de Órgano el pasado día 15 de este mes. Llevó a la Orquesta Sinfónica de Euskadi a un ritmo literalmente trepidante a lo largo y ancho de la Rhapsody in blue. Lo mejor dibujado y fraseado fue ese archiconocido comienzo con el glissando de clarinete y ese solo de trompeta con sordina, aunque enseguida se instaló el tono general de la versión: más vale velocidad que respiración y más vale potencia que sutileza. Inmediatamente tuvimos ocasión de comprobar el dominio total de Marshall de su parte como solista. Sin duda conoce este repertorio de pe a pa y es capaz de tocar con los ojos cerrados, pero por eso mismo, a quien suscribe le dio un poco de pena que no ofreciera una versión más cuidada tanto desde el piano como desde el podio.

Como pianista, dio cuenta de un indudable virtuosismo, de un sonido realmente enorme y de una fantástica capacidad improvisatoria (suponemos que hubo parte de improvisación en las cadencias). Sin embargo, dio la impresión de que era su enésima Rapsodia y que la cuestión era añadir una más al récord. En cuanto a las cadencias, nada que objetar al hecho de que tocara las suyas y no las de Gershwin, que para eso están esos momentos, para que el intérprete aporte lo que le apetezca. Como es de rigor, tomó algunos de los temas o de las células temáticas de la obra y jugó con ellos. Muy loable, como decimos, si no fuera porque en alguna ocasión se fue tan lejos que volver a la partitura y encajar con la orquesta resultó algo muy forzado.

En cuanto a su actuación como director, no dio respiro a nadie. Quizá pretendió evocar esa velocidad que caracterizaba a las bandas de jazz como la que estrenó la obra en 1924, la de Paul Whitman con el mismo Gershwin al piano, pero la realidad es que estaba dirigiendo una orquesta sinfónica, con lo cual las cosas cambian y, además, los resabios post-románticos del estilo de Gershwin piden una mayor elasticidad rítmica en los pasajes más líricos, por ejemplo, como atestigua la propia versión del compositor. Claramente, en más de un momento la orquesta pedía un poco más de rubato y de flexibilidad, no sin razón.

Y, tras la pausa, se atacó una amplia selección de fragmentos de Porgy and Bess, obra cumbre de Gershwin. La triste historia del mendigo lisiado Porgy que se enamora de Bess, una chica de mala vida supone una especie de verismo a la estadounidense, en la que, a ritmo de góspel y blues se habla de drogas, divorcios y asesinatos, todo ello perfectamente hilado por el autor con unos recursos que dan cuenta de un mayor conocimiento del que creía tener y, sobre todo, de la creación de un lenguaje propio que lo hace el primero de una gran estirpe de compositores estadounidenses.

Se contaba con dos fantásticos solistas muy familiarizados con esta ópera para representar a ambos personajes y también a los secundarios que por allí pululan en este a modo de resumen: la soprano lírico-dramática Indira Mahajan y el barítono Eric Greene, con bien cimentadas carreras internacionales y unos repertorios realmente amplios. La introducción sonó trepidante bajo la batuta de Marshall, con un ritmo imparable y sostenido, pero con no pocas imprecisiones que llevaron a temer por las entradas del coro. Realmente es de alabar el trabajo previo de ensayos del Andra Mari Abesbatza, porque si su parte no llega a estar sólidamente integrada, habría sido literalmente imposible que llevaran a buen término su labor, dado lo confuso de las indicaciones desde el podio. Por cierto, estupendos los dos solistas del coro en sus intervenciones, y lamento no poder dar sus nombres.

Como en la Rhapsody, mucha animación, mucho ruido y poca finura. El final de Summertime, que prácticamente abre la acción quedó en buena parte ahogado (y eso que Mahajan posee una voz poderosa y bien proyectada), porque Marshall no contuvo en ningún momento a la orquesta. Lo mismo sucedió con la primera intervención solista de Greene, que tampoco anda falto de volumen precisamente. Hay que decir que la cosa se fue arreglando a medida que avanzaba la obra, lo cual nos hace suponer que lo que hubo fue falta de ensayos y, por tanto, Marshall fue modulando en vivo y en directo.

Volviendo a los solistas, hay decir que ambos estuvieron francamente bien, mostraron un dominio total de la partitura al completo y una gran versatilidad para pasar de forma creíble de un personaje a otro, metiéndose de lleno en la acción. Sin duda, unos cantantes de lujo que merecían más cuidado y más ductilidad por parte de Marshall. Y la orquesta hizo lo que se le pedía, que fue seguir y seguir y poca cosa más. En definitiva, que hicieron lo que pudieron y sacaron adelante el reto con dignidad. Eso sí, como la música de Gershwin es tan colorida, el coro local satisfizo las expectativas y hubo mucha animación, la salva de aplausos fue enorme y el público quedó contento. Y yo me alegro mucho.

Tras terminar la reseña del concierto propiamente y para no convertir en lector cautivo a quien no le apetezca que le haga partícipe de mis diatribas mentales, les anuncio que aprovecho esta reseña para tratar un tema de actualidad en el mundo de la música y del que Porgy and Bess fue involuntario protagonista ya cuando se estrenó, es decir, hace la friolera de 87 años. Dado el contexto musical en el que vivimos, no podemos dejar de señalar que ya en su día, Gershwin fue acusado de lo que se denomina ‘apropiación cultural’, es decir utilización ilegítima de elementos culturales de un pueblo o etnia por no pertenecer a ella quien los emplea para su producción artística. Ese debate, candente en el mundo de la música pop —véase el Malamente de Rosalía, por poner un ejemplo cercano— no lo está tanto en el mundo de la música llamada clásica por estos lares. Sin embargo, es un debate de plena actualidad en el mundo anglosajón. Sí, algo tan antiguo y que quizá nos sorprende a muchos por lo que de universal creemos que tiene la música y el arte en general, sigue de plena actualidad. El caso es que los pobres Ira y George Gershwin fueron acusados por todo un sector de la izquierda de apropiación cultural, puesto que, siendo judíos y de origen ruso, no tenían derecho a utilizar los sones negros ni servirse del sufrimiento de los esclavos del Sur. Incurrían estos censores biempensantes en racismo también al poner el acento en lo de ‘judío’, pero eso siempre ha importado poco: el antisemitismo no ha tenido a lo largo de la historia adscripción política y ha sido patrimonio tanto de la derecha como de la izquierda, y si no, que se lo pregunten al pobre Capitán Dreyfus, el del famoso affaire. La cosa tuvo lo suyo, porque no sólo Gershwin, sin ser especialmente político, se consideraba una persona de izquierdas y, además, su círculo íntimo había personas claramente militantes con la causa, como una hermana de la mujer de Ira, que tradujo nada más y nada menos que a Trotsky. Pero, sobre todo, y lo más importante, es que los cantantes negros que debían escenificar la ópera estaban encantados con el compositor y su proyecto, porque eso les posibilitaba subirse a un escenario habitualmente vetado a los de su raza. Por fin eran cantantes de ópera sin etiquetas.

Si bien esta obra se ha convertido en algo así como la representante absoluta de la ópera estadounidense gracias al abrazo del público desde su estreno en 1935, precisamente por esa forma de borrar fronteras no sólo entre razas sino entre lo popular y lo culto, la polémica sigue su curso. Casi treinta años pasó el Met sin poner Porgy and Bess en escena. ¿Por qué? Pues porque la mayor parte de los intelectuales y académicos estadounidenses reinantes, junto a sus altavoces en los medios de comunicación dominantes, han adoptado posturas identitarias desde una presunta izquierda que controla los resortes de la ideología ‘progresista’ defendida y promovida por el Partido Demócrata. Se trata de una ideología eminentemente burguesa que no pone el punto de mira en la opresión, en la verdadera desigualdad, sino que se ampara en ciertos nichos de mercado, que son las proclamadas o autoproclamadas minorías de toda índole. Y, por tanto, el debate que volvió a estar sobre la mesa en 2019, cuando el Met puso en escena una nueva producción de esta obra maestra, fue que dos hombres blancos y heterosexuales no podían sino tener una mirada condescendiente sobre los negros, perpetuar los clichés negativos y, además, explotarlos al servirse de su patrimonio cultural. Todo este debate fue bien reflejado y, sobre todo, bien alimentado por la prensa hegemónica de Estados Unidos (no olvidemos nunca que la ideología hegemónica es la de la clase hegemónica). Como considero a los lectores de esta revista gente inteligente, no me molestaré en explicar lo absurdo y, sobre todo, lo reaccionario de estas afirmaciones, que se caen en pedazos por sí solas. Añadir únicamente dos cosas: que si un judío ruso que abraza la música popular de los esclavos negros y hace arte con ella no es el mejor alegato contra el racismo, es que hay mucho interesado en que todos los hombres no sean hermanos de verdad y lo mismo se vive muy bien de ese cuento; y, en segundo lugar, que el Met ha tenido que reponer esta producción la pasada temporada debido al enorme éxito de público. Para muchos, el debate está zanjado.

Ana García Urcola

(Foto: Iñigo Ibáñez)