SAN SEBASTIÁN / Collegium Musicum Madrid y Martín Llade evocan la música y vida de Dowland

San Sebastián. Claustro del Museo de San Telmo. 18-VIII-2026. Quincena Musical. Ciclo de Música Antigua. Collegium Musicum Madrid: Manon Chauvin (soprano), Victoria Cassano (mezzo), Víctor Sordo (tenor), Víctor Cruz (bajo), Manuel Minguillón (laúd y dirección). Martín Llade, narración. John Dowland 400: Semper Dowland, semper dolens. Obras de John Dowland.
Como sabrá el lector atento de Scherzo, este año se cumple el cuarto centenario de la muerte de John Dowland. El dosier del número de abril de la revista se dedicó a recordar esta efeméride con cuatro interesantes artículos sobre uno de los músicos más talentosos nacidos en las islas británicas. La Quincena Musical se ha querido sumar a este aniversario con un concierto dedicado íntegramente a su figura, lo cual no deja de ser insólito porque, si bien Dowland no es un desconocido ni está ausente de las salas de concierto, es muy poco frecuente que se le preste tanta atención. Cosas de las efemérides pero en este caso bienvenido sea.
Collegium Musicum Madrid con su director, el laudista Manuel Minguillón al frente, presentaba un programa compuesto por canciones de sus cuatro libros de ayres, publicados entre 1597 y 1612, que ilustraban una de las facetas más importantes del compositor. Como hilo conductor, la voz del locutor y escritor Martín Llade —colaborador habitual de esta revista— personificó al propio Dowland, narrando algunos episodios de su atribulada y apasionante vida, desde su estancia en París al servicio del embajador inglés Sir Henry Cobham a comienzos de la década de 1580 —donde entra en contacto con círculos católicos y probablemente se convierte a esta confesión— hasta sus últimos años de vuelta a Inglaterra, pasando por su fracasado intento de convertirse en laudista de la reina Isabel I, su viaje a Italia para conocer a Marenzio o su exilio en la corte del rey danés Christian IV, donde parece que llevó a cabo una ambigua labor de espionaje al servicio de Inglaterra. Todo fue relatado por Martín Llade —donostiarra de pro que se estrenaba en la Quincena— con su inigualable capacidad evocadora y su habitual estilo, integrando con acierto la divulgación, el rigor y buenas dosis de humor.
Musicalmente el concierto resultó un continuo deleite, tanto por la maravillosa música de Dowland como por la interpretación. Minguillón dirigió y acompañó la locución de Martín Llade desde el laúd con composiciones del propio Dowland, en un terreno que le resulta familiar y en el que se siente muy cómodo, beneficiándose además de la amplificación instalada para la narración. Tal y como señala Rocío de Frutos en su ilustrativo artículo dedicado a la música vocal de Dowland del citado dosier, sus canciones admiten interpretaciones en diversos formatos, desde la voz solista con acompañamiento de laúd hasta lecturas con varias voces y/o instrumentos, especialmente violas da gamba. Esta flexibilidad propia de la música barroca, donde era la disponibilidad de efectivos la que determinaba la interpretación más que la partitura, en el caso de los ayres de Dowland se facilita y refuerza por su carácter estrófico, ya que una misma melodía podía ser asumida consecutivamente por distintos cantantes e interpretada por músicos diletantes. El formato más habitual ha sido lógicamente, por su economía de medios, el de voz solista con acompañamiento de laúd, lo que ha dado lugar a lecturas más intimistas. Los más asiduos en las últimas décadas han sido los contratenores: Gérard Lesne, Andreas Scholl, Damien Guillon, Iestyn Davies o, más recientemente, Alexander Chance son sólo una parte de una larga nómina de cantantes de esta cuerda que han sucumbido al encanto de Dowland acompañados por laudistas como Edin Karamazov, Eric Bellocq o Thomas Dunford. Pero también se podían añadir voces adicionales, dando lugar a enfoques más contrapuntísticos.
Estas dos modalidades interpretativas pudimos apreciarlas en el concierto que nos ocupa, donde se contaba con cuatro espléndidos cantantes (Manon Chauvin, Victoria Cassano, Víctor Sordo y Víctor Cruz), todos ellos consumados intérpretes de música antigua y, concretamente, de ese periodo liminal entre los últimos estertores renacentistas y el advenimiento del barroco, repertorio que han transitado asiduamente con diversos conjuntos nacionales e internacionales de primer nivel. Toda una garantía, por tanto, para disfrutar de una música donde todo se juega en los pequeños gestos, en las ligeras inflexiones, la contención y el buen gusto. Cada uno de ellos tuvo sus momentos de lucimiento en solitario y los cuatro tuvieron un perfecto desempeño en conjunto.
Por el programa discurrieron canciones de distintos “humores”, en el sentido hipocrático del término como la desenfadada Fine knacks for ladies o el anhelo erótico de Come again. Pero si Dowland ha dejado su sello en la historia de la música ha sido gracias al carácter melancólico de muchas de sus composiciones, ilustrado ejemplarmente en el programa por Go crystal tears, Time stands still, Come heavy sleep o uno de sus títulos más famosos, Flow my tears. La divisa del compositor, Semper Dowland, semper dolens, que daba título al programa no pudo encontrar mejor representación musical.
Imanol Temprano Lecuona


