SAN SEBASTIÁN / Cierre de la Quincena con Chailly y la Scala: de menos a más hasta un final brillante

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 29 y 30-VIII-2026. 87ª Quincena Musical Donostiarra. Orquesta Filarmónica de La Scala de Milán. Orfeón Donostiarra. Julia Hagen (violonchelo) Riccardo Chailly (dirección). Obras de Dvorák, Verdi y Chaikovski
Como quien no quiere la cosa llegamos al final de la 87ª edición de la Quincena Musical Donostiarra, en este caso con sendos conciertos de la Orquesta de La Scala de Milán bajo la dirección de su titular, el gran Riccardo Chailly. Lo primero es felicitarnos por el gran estado de forma que demostró el Maestro, dado su delicado bache de salud hace unos meses. Una alegría verlo con esa energía desbordante y su gesto siempre claro, definido y eficaz. Su paso por el festival hace un par de años dejó un estupendo sabor de boca gracias a una magistral versión de la 5ª Sinfonía de Chaikovski y, si bien este año han protagonizado dos conciertos brillantes, la verdad es que lo han sido casi más por las obras escogidas —con mucha “pegada”, dirían los horteras— que la propia interpretación. Entiéndase: ha estado bien, pero en ningún momento se alcanzó el nivel de entrega y excelencia de su anterior prestación.
El programa del día 29 estuvo íntegramente consagrado a Dvorák y concretamente a las dos obras más conocidas de su periodo estadounidense. Cada vez tengo más claro que esta presencia constante del bohemio en tantos conciertos se debe a una muy buena relación calidad-precio: facilidad para encadenar temas pegadizos, instrumentación vistosa, aderezos folclóricos y una dificultad relativa que, desde luego, no exige una finura y un detallismo muy grandes para que funcione. Total: que una orquesta medianamente solvente extrae un resultado agradable y más que aceptable. Evidentemente, cuanto mejor sea la orquesta y más agudo su director, más sustancia tendrá aquello (véase en esta misma edición la 8ª Sinfonía con Harding y la Mahler Chamber), pero no requiere la exhaustividad de otros compositores.
Se abrió la velada con el Concierto para violonchelo en Si menor op. 104 y la austriaca Julia Hagen como solista. La verdad es que resulta curioso que los compositores en general no hayan tenido más inclinación a componer más conciertos para uno de los instrumentos más hermosos, y francamente, ninguno ha superado en calidad a los de Haydn. Magra suerte la de los chelistas. Estuvo bien la enérgica y matizada introducción orquestal. Buen fraseo las maderas y un poco excesivo en dinámicas el metal (ambas cosas serían una tónica general ambos días) salvo la trompa, que tocó un bello solo. La entrada del violonchelo, aunque bien fraseada y delineada, con bonito timbre y buenas intenciones musicales, resultó tímida de sonido en lo que sería una constante de lo largo de toda la obra. Afinación fantástica, perfectas dobles cuerdas, coherencia interpretativa… y poco sonido. Hasta el punto de que más de una vez quedó sepultada no ya por los metales, sino por las maderas y hasta por el concertino en ese dúo del tercer movimiento. Para qué hablar de esa entrada precisamente del tercer movimiento, que tiene que ser de una autoridad y una presencia totales. Lo peor del caso es que tengo la sensación de que es una tendencia general y cada vez hay menos solistas de chelo con un sonido bien proyectado. Y ojo, empieza a suceder en el piano. Pero francamente, eso no es un solista. Y me dirán ustedes: hombre, Chailly podía haber hecho algo, frenar el ímpetu de su orquesta. También es verdad, pero la realidad es que, dado el poco sonido de Hagen, había situaciones casi imposibles de solucionar. Sí estaba pendiente de la solista en cuanto a intenciones y fraseo, pero la cuestión del balance quedó pendiente. Una interpretación mimada y coherente por parte de la solista pero de proyección claramente insuficiente y poca contemplación por parte de la batuta, en definitiva. De propina, el Intermezzo y danza final de la Suite para violonchelo solo de Cassadó, que interpretó fantásticamente… porque estaba sola.
La Sinfonía del Nuevo Mundo ocupó la segunda parte del programa y preciso es decir que el director fue más al detalle que en el Concierto para violonchelo. Bien delineados todos esos temas archiconocidos con unas maderas muy solventes, unos metales potentes hasta el exceso en ocasiones y una cuerda en la que siguieron destacando violonchelos y contrabajo en igual número, por cierto. La entrada de los metales en el Largo no fue todo lo precisa que se habría deseado en el ataque de esos acorde, pero en cambio el pianissimo de las cuerdas sí que asentó esa placidez sobre la que canta el celebérrimo tema del corno inglés, quien lo interpretó con un hermoso fraseo. Probablemente fue el movimiento más cohesionado, en el que el encadenamiento entre secciones fue más fluido y el fraseo adquirió mayores cotas de lirismo e intención. Estupendo el enlace con ese breve momento de alegría desatada cantada por las maderas y ese silencio elocuente que precede al breve dúo sobre el inicio del tema entre concertino y violonchelo solista. Muy bien las dinámicas por parte de Chailly en toda la sección final, incluido el pianissimo súbito en esa expresiva séptima de disminuida que cambia el color del tema. Preciosa la tercera final de los contrabajos.
Enérgico y vitalista sonó el Scherzo, cuya pulsación marcó Chailly con naturalidad y maestría, sin precipitación pero con mucho vigor. Crescendi y diminuendi fueron bien realizados y también fue buena la transición con un leve ritardando hacia esa sección danzante central, en la que una vez más destacaron las maderas. El final del movimiento gozó de una gran intervención de las trompas. En el Allegro con fuoco final Chailly alternó con la soltura y eficacia esperada los momentos brillantes con los más contenidos en cuanto a dinámicas y mantuvo esa tensión que recorre todo el movimiento sin decaimiento ninguno. En esta ocasión los metales sonaron ajustadamente potentes. Pero la realidad es que, a pesar de ese mayor cuidado por parte del milanés en el equilibrio, la ejecución de dinámicas, la gestión de la tensión y de los planos sonoros, no llegamos a atisbar su proverbial elegancia. Como era de esperar, la sinfonía desató el aplauso del público, ante lo que, casi inopinadamente, los de La Scala se arrancaron con una propina: la breve, repetitiva y ruidosa Danza de los Hombres de Aleko de Rachmaninov.
El gran protagonista de la primera parte del programa del día 30 fue Giuseppe Verdi. Nada mejor para abrir la noche que esa maravillosa obertura de La forza del destino. Imprimió el Maestro un tempo declaradamente ligero y un carácter muy enérgico desde el comienzo, en el que brilló esa entrada casi apocalíptica de los metales. El único problema es que se mantuvieron en ese matiz durante prácticamente toda la obra. Muy bien ese contraste en el que entra ese melancólico tema a cargo de unos estupendos solistas de madera y perfectamente respirada esa pausa antes del siguiente sujeto a cargo de los violines con un expresivo acompañamiento de las cuerdas graves. Se nota que se trata de “su” repertorio y que la orquesta está cómoda con él y yo diría que un poco demasiado, porque si bien todas las exposiciones de cada tema y los dos tercios de la partitura estuvo muy bien gestionada y fraseada, en la parte final se dejaron llevar por la facilidad y dominó cierto estruendo. Aún así, la naturalidad y claridad estilísticas que destilan Chailly y los suyos hizo que disfrutáramos de una buena y vibrante versión.
Siguieron dos de las Cuatro Piezas Sacras, el Stabat Mater y el Te Deum concretamente. Curiosamente, tres de las cuatro —y entre ellas las que pudimos escuchar— se estrenaron en la Ópera de París el 7 de abril de 1898 y no en un entorno sagrado o litúrgico. El Orfeón Donostiarra fue el encargado de la parte coral en una prestación irregular que tuvo momentos muy buenos y otros francamente mejorables. De forma general diremos que los coros plenos en ocasiones funcionaron bien, con una cuidada afinación en partes realmente comprometidas como los momentos a cappella, buenas dinámicas y cuidados fraseos. Sin embargo hubo entradas poco precisas y con frecuencia las dinámicas en forte resultaron forzadas. Bien es verdad que se trata de una partitura realmente comprometida con escollos continuos, algunos de los cuales fueron solventados más que dignamente. Además, y no quiero aburrir a los pocos lectores que hayan seguido estas crónicas, sigo sin entender qué pasa en la cuerda de sopranos. Los ataques en matiz piano a partir del medio-agudo son estrangulados y sin embargo, cuando llega una nota realmente aguda dentro de una frase, la cosa suena mucho mejor. Evidentemente, es más fácil dentro del impulso pero esto lleva a la conclusión de que hay que trabajar lo que falla sistemáticamente. Mejor contraltos, tenores y bajos y concretamente los segundos tuvieron algún muy buen momento aunque podían haber metido un poco más de chicha en general. En cuanto a la orquesta, es evidente que Chailly decidió cuidar más los planos y cada detalle que en la obertura porque el resultado, siendo las obras muchísimo más complejas, fue más fino incluida la sección de metales, perfectamente controlada. Muy mejorable el público, eso sí, cuyas toses estuvieron a punto de destrozar el trabajo de los hombres en el Te Deum.
Como en su anterior visita para su cita en el Kursaal, Chailly escogió una sinfonía de Chaikovski, compositor por el que siente evidente inclinación y afinidad. En este caso fue la Sinfonía nº 4 en Fa menor op. 36, que pudimos escuchar en el mismo festival y auditorio hace unos años bajo la batuta de Yannick Nézet-Séguin en una versión absolutamente vigoréxica y taquicárdica. Nada que ver —Deo gratias— con lo obtenido por el milanés que, esta vez sí, sacó a pasear su elegancia para una versión de las suyas: expresiva y contenida a la vez, sin acentuar lo lacrimógeno o incluso lo histérico de algunos momentos. Aún así, no puedo decir que la revelación que viví en 2024 se repitiera pero es que tampoco la calidad de la 4ª Sinfonía es la misma que la de la 5ª. Bien la entrada de los metales, que se pudieron despachar a gusto y realmente estupendo el fraseo de las cuerdas retomado por unas excelentes maderas, que se siguieron revelando como la mejor sección de la orquesta junto a las cuerdas graves —gran trabajo en este primer movimiento—. Muy bien Chailly en el equilibrio entre sujetos, contrasujetos e incluso esos acompañamientos con gran protagonismo tanto armónico como rítmico, sin perder nunca precisión ni claridad.
Muy bello el solo del oboe en el Andantino, plenamente conducido por Chailly, que obtuvo una réplica estupenda en los chelos, todo ello realizado con un ligerísimo rubato que flexibiliza el fraseo sin amanerarlo. Estupenda la gestión de la tensión por parte del milanés en esa segunda sección de contrapunto relativamente intrincado e impulso de necesaria contención. Realmente magnífica por lirismo la reexposición con el tema en los violines y todos los solistas de madera acompañando en guirnaldas de fragmentos de escala y muy llevado todo ese largo final que repite una y otra vez el tema hasta desembocar en los chelos e ir a morir en lo que fue un precioso solo de fagot.
Con todo, quizá el mejor momento de la sinfonía fue ese Scherzo en pizzicato que resultó de una impecable precisión y realizada con un precioso fraseo lleno de matices gracias en buena parte a esa solidez técnica de Chailly. Nuevo gran momento de las maderas en ese segundo y jovial tema antes de la entrada de los metales que, esta vez sí, estuvieron contenidos. El Allegro con fuoco fue exactamente eso, un final realmente trepidante pero siempre perfecta y totalmente controlado por la pulsación del director. Es muy difícil encontrar equilibrio y elegancia en mitad de ese continuo paroxismo al que nos somete Chaikovski y Chailly lo logró. Como logró también que ese recuerdo del primer movimiento adquiriera su pleno sentido antes de la sección final y la coda, que fue absolutamente exultante.
Y con un gran triunfo del conjunto de Milán y de Riccardo Chailly se bajó el telón de la Quincena hasta el año que viene. Desde estas líneas, un agradecimiento especial al equipo de comunicación por su disponibilidad y paciencia.
Ana García Urcola
(fotos: 87 QM / Iñigo Ibañez)


