SALZURGO / Muti se despide del ‘Réquiem’ de Verdi

Salzburgo. Grosses Festspielhaus. 18-VIII-2026. Solistas: Iwona Sobotka (soprano), Marianne Crebassa (mezzosoprano) Michael Spyres (tenor), Maharram Huseynov (bajo-barítono). Coro de la Ópera Estatal de Viena. Ernst Raffelsberger, director. Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Riccardo Muti. Giuseppe Verdi: Messa da Requiem.
El diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung y otros rotativos italianos publicaron el pasado domingo que Riccardo Muti ha querido dar su adiós definitivo al Réquiem de Verdi con la Filarmónica de Viena en el Festival de Salzburgo, que es como su segunda casa (lleva 55 años participando y ha superado las 270 funciones entre conciertos y óperas). La prensa italiana ha recogido la noticia como un auténtico mazazo.
Las razones detrás de esta drástica e histórica decisión reflejan muy bien el carácter del maestro: A sus 85 años, dirigir una obra con semejante exigencia física, tensión dramática y masa de músicos le supone un esfuerzo monumental. Ha decidido retirar la pieza de su repertorio activo mientras sigue en la plenitud de sus facultades. Para el maestro el Réquiem no es una pieza de concierto cualquiera, sino una composición profundamente trágica sobre el misterio de la muerte y el silencio de Dios ante el miedo humano.
En una entrevista con Stefano Marchetti para el Quotidiano Nazionale, describió el mundo actual con una cierta amargura «Leo los periódicos o enciendo la televisión, y cada día oímos hablar de cientos de muertes, niños hambrientos, familias destrozadas. Me resulta chocante que hayamos llegado al punto de recibir noticias terribles casi sin inmutarnos, como si fuera una costumbre». De ahí la decisión, tomada junto con la orquesta, el coro y los solistas, de dedicar la actuación a las víctimas inocentes de todas las guerras e injusticias: «Para mi 85 cumpleaños y para el 55 aniversario de mi presencia en Salzburgo, espero que estos tres conciertos puedan ser un fuerte signo de esperanza». Y cuando se le preguntó si esa esperanza realmente existe en el Réquiem, respondió: “Sí, porque, desde la primera palabra hasta la última, el Réquiem es una oración profunda”
Un broche de oro
De todo esto nos enteramos después de asistir el pasado martes al último de los tres conciertos programados con el Réquiem verdiano en la gran sala del Festival de Salzburgo. Debo confesar que no tenía demasiadas expectativas con este concierto de Muti, pues las últimas experiencias en vivo con el gran director italiano me habían decepcionado bastante. Sobre todo, en aquel concierto soporífero de hace dos años en el Musikverein en la celebración del ducentésimo aniversario del estreno de la Novena de Beethoven con la Filarmónica de Viena.
Pero, hete aquí que el Maestro, en un giro de 180 grados, se vino arriba, como dice la expresión taurina, y nos ofreció una autentica recreación de su obra fetiche. Era la tercera vez que el firmante de esta crónica escuchaba esta obra maestra a Muti, siempre a un gran nivel interpretativo, pero nunca había oído este Réquiem con tal intensidad dramática y un lirismo expresivo de semejante magnitud. Solo Giulini me había emocionado de esa manera en un concierto en Madrid en 1991, si la memoria no me falla, al frente del Coro y Orquesta Philharmonia de Londres.
Desde Tomás Luis de Victoria a Mariano Rodríguez de Ledesma, de Wolfgang Amadeus Mozart hasta Gabriel Fauré, de Hector Berlioz a Johannes Brahms, de Maurice Duruflé a Benjamin Britten, innumerables compositores a lo largo de los últimos cuatro siglos han querido escribir un Réquiem. El Réquiem de Giuseppe Verdi, célebremente descrito por el director Hans von Bülow como una «ópera con vestimenta eclesiástica», es una obra sin igual. De gran intensidad dramática, ofrece una visión de la muerte que a veces resulta más aterradora que reconfortante.
Verdi escribió su Messa da Requiem entre 1873 y 1874, después de Aida (1871) pero antes de revisar Simon Boccanegra (1881) y Don Carlo (1884 y 1886). La música coral había desempeñado un papel secundario en su actividad compositiva hasta entonces, y el Requiem sería, con mucho, su contribución más sustancial al género, aunque no dejó de ser sorprendente para un compositor conocido por su anticlericalismo y (probable) agnosticismo. El estímulo para escribir la obra no fue repentino. Su despertar religioso marcó un punto de inflexión tras la muerte en 1873 de Alessandro Manzoni, poeta y novelista italiano al que Verdi admiraba. Aunque el texto es litúrgico y en latín, Verdi trata en esta obra singular las emociones humanas (el miedo, el dolor, la desesperación ante el Juicio Final) con parecida intensidad emocional y recursos vocales que utilizaba en óperas como Aida o Don Carlo.

Un momento mágico
La partitura salta sin transición de pasajes en silencio y susurros en pianissimo como el solo de tenor Ingemisco o el Agnus Dei a cappella, a explosiones sonoras de la orquesta en fortissimo, como ocurre en el Dies irae, un momento de terror apocalíptico, que destaca por la percusión violenta y la llamada de las trompetas en el Tuba mirum. Desde el inicio en la cuerda de violonchelos (Introitus: Requiem aeternam), vislumbramos que aquello iba a ser algo especial. Verdi escribe en la partitura un pianissimo extremo (ppp) y añade la indicación sotto voce (en voz baja, murmurado). Es uno de los momentos más sutiles, sobrecogedores e íntimos de la obra, y Muti consiguió que esos violonchelos (maravillosos), que entran en solitario y divididos en cuatro partes, tocaran de forma muy lenta y etérea, como arrastrándose. El sonido llego a ser tan tenue que casi se confundía con la respiración del propio Auditorio. Sobre esa cimentación, casi imperceptible de los chelos, el coro mixto fue entrando de manera escalonada, cantando la palabra “Requiem“. Fue un momento mágico. A partir de ahí, esa magia (celestial) no abandonó el resto de la obra ni un solo instante. Tras el arranque de los chelos y los murmullos del coro, los violines rompen suavemente el ambiente con una melodía desgarradora en la parte alta de su registro iluminando la frase “et lux perpetua luceat eis”.
Con el violentísimo Dies Irae llegó un apocalipsis musical a cargo de unos vientos sensacionales y afinadísimos, en el registro más agudo, y unas cuerdas (las de los filarmónicos vieneses) que son capaces de tocar escalas vertiginosas, simulando un torbellino, mientras que el bombo golpea sin piedad a contratiempo, hasta que el coro explota horrorizado (sin gritar) ante el Día del Juicio Final. Tras tanta violencia del Dies Irae, la sección cierra con uno de los momentos más tristes de la obra. Comienza con un lamento del contrabajo solo, al que se unió la excelente mezzosoprano Marianne Crebassa (la mejor del cuarteto solista con diferencia) en una melodía que te hace sollozar. Giulini lograba aquí un fraseo con un peso trágico y una nobleza que nos conmovía hasta las lágrimas.
El Offertorium está reservado exclusivamente para los cuatro solistas y la orquesta, dejando descansar al coro. El momento más íntimo aparece en el Hostias, un remanso de paz absoluta, que el tenor Michael Spyres cantó de forma bellísima, sostenido solo por un levísimo acorde de las cuerdas, creando una atmósfera etérea. El único momento luminoso aparece en el Santus. Verdi escribe una fuga doble para doble coro de ritmo ágil, festivo y rápido. Aquí el Coro de los Konzertvereinigung de la Wiener Staatsoper estuvo sublime con un empaste, una afinación impoluta (como en toda la obra) y una dicción latina clarísima con a la sensación de que las voces que se persiguen unas a otras cantando “Sanctus, Sanctus, Sanctus”.
En el Agnus Dei encontramos uno de los momentos más íntimos. La soprano (Iwona Sobotka) y la mezzosoprano (Marianne Crebassa) lo cantaron de forma conmovedora a capella y al unísono, sin adornos gratuitos. Luego, el coro repitió la frase de forma idéntica y creó un contraste de texturas de una pureza sobrecogedora. En la penúltima sección, Lux Aeterna, la mezzo, el tenor y el bajo (Maharram Huseynov), que también tuvo una actuación notable, cantaron de forma impecable el misterio de la luz eterna. Mientras la sección avanzaba, Verdi introduce un trémolo muy marcado en la cuerda grave, subrayado impecablemente por los vientos en el “cum sanctis tuis in aeternum” para conseguir momentos de incertidumbre y misterio.

Estremecedor Libera me
El Réquiem no iba a terminar en paz. En el estremecedor Libera me, se creó un estado de angustia existencial. Era la gran escena de la soprano solista y Sobotka aprovechó la ocasión para lucir sus filados y medias voces, a pesar de que su dicción latina deja mucho que desear. Aquí Muti deja prácticamente desnuda a la soprano creándole un parlato irregular, casi una declamación litúrgica, muy lejos del recitativo convencional. Tras esos instantes de desolación absoluta, Muti consiguió levantar la enorme fuga con una gran energía hasta conseguir un inmenso fresco sonoro, gracias a un coro excelente y una formidable orquesta.
Tras la tormenta, la obra termina de manera idéntica a cómo empezó. El coro y la soprano murmuraban en un pianissimo extremo (ppp) sobre las palabras “Libera me, Domine” La música no ofrece una resolución gloriosa, sino que se extingue lentamente en un susurro tembloroso, como flotando en el aire.
Muti no intenta convertir esta misa de difuntos en una obra contemplativa dentro de la tradición centroeuropea. Más bien la entiende como un drama humano ante la incertidumbre de la muerte. Eso explica los violentos contrastes, incluso en los momentos más íntimos siempre está latente la amenaza del Dies rae. No se trata simplemente de cantar o tocar fuerte. Muti construye el fortissimo desde el silencio (la nada) manteniendo siempre un pulso firme y trata al coro como si fuera el personaje de una ópera verdiana, como acertadamente apunta Robert Levine. Para ello, exige una dicción clara en las poderosas y flexibles voces del sensacional coro vienés que dirige Ernst Raffelsberger. Y además ahí estaba la Filarmónica de Viena, una orquesta con la que el maestro mantiene una relación idílica desde que la dirigió en Salzburgo por primera vez en 1971.
El maestro napolitano consigue con esta legendaria orquesta una envidiable combinación de precisión, calidez y una sonoridad poderosa. Todo ello es posible gracias a unas cuerdas aterciopeladas, maderas de gran expresividad y unos metales potentes, pero nunca hirientes. A diferencia de sus interpretaciones anteriores de los años 90, con lecturas mucho más rápidas y agresivas (Dies Irae), el Muti maduro ha ensanchado más el sonido y consigue que la música respire con más sosiego, otorgándole a la obra una articulación única de principio a fin. Con el concierto del pasado martes vivimos un momento muy especial, al parecer los dos anteriores no fueron lo mismo. El éxito fue inenarrable.
Antonio Moral
(fotos: SF – Marco Borrelli)


