SALZBURGO / Orquesta Filarmónica de Berlín, la máquina perfecta

Salzburgo: Grosses Festpielhaus. 23-VIII-2026. Orquesta Filarmónica de Berlín. Director titular: Kirill Petrenko. Edward Elgar: Variaciones Enigma, op. 36. Piotr Ilich Chaikovski: Sinfonía nº 4 en Fa menor, op.36.
Ningún festival de música del mundo es capaz de ofrecer lo que brinda Salzburgo en un solo día. Por ejemplo, el pasado domingo se podía escuchar por la mañana (12 h) en la misma sala (Grosses Festpielhaus) a la Orquesta Filarmónica de Viena con Christian Thielemann y por la tarde (20:30 h) a la Filarmónica de Berlín con Kirill Petrenko. Entre tanto, en la Felsenreitschule a las 17 horas, se ofrecía la ultima representación de Saint François D´Assise de Olivier Messiaen (de nuevo con la Filarmónica de Viena en el foso), además de otros conciertos de cámara en el Mozarteum y otros espacios. Ya hacia el final del festival, la Filarmónica de Berlín ofrece todos los veranos, como marca la tradición, un par de conciertos con programas diferentes. Uno de los programas es el mismo que se interpreta dos o tres días antes en la Philharmonie berlinesa como inauguración de la temporada de la orquesta. El otro suele ser uno de los programas ofrecidos durante la temporada anterior en Berlín o en las giras de la orquesta.
Las Filarmónica de Viena (Wiener Philharmoniker) y Filarmónica de Berlín (Berliner Philharmoniker) son consideradas (quizás) como las dos mejores orquestas de música clásica del mundo. Aunque comparten un prestigio absoluto, tienen identidades, sonidos y estructuras internas radicalmente opuestas. Por eso, es muy interesante poder disfrutar (y comparar), con pocas horas de diferencia, a dos de las orquestas con más tradición en la vieja Europa. Además, Los Berliner tienen que ir a tocar, como hacen los equipos de fútbol, al terreno de juego del rival: los Wiener, con los que mantienen una sana (y a veces no tanto) pugna artística de más de siglo y medio. La Filarmónica de Viena posee un sonido cálido, sedoso, empastado y dentro de la gran tradición centroeuropea. La Filarmónica de Berlín es una máquina perfecta de sonido potente, virtuoso, brillante y de gran flexibilidad técnica. Poder escuchar una sinfonía de Brahms con los vieneses y Thielemann en el podio es una experiencia sonora indescriptible. Escuchar en vivo a Kirill Petrenko, director titular de la Filarmónica de Berlín, con una sinfonía de Chaikovski es electrizante por la grandiosidad sonora que consiguen sus músicos.
Los Wiener mantienen una afinación particular, ligeramente más alta (445 Hz) y el uso de instrumentos propios que no han cambiado en más de un siglo. Esto les da un color único, especialmente en las cuerdas y los vientos-madera: el famoso sonido vienés. Los Berliner por su parte, afinan algo más bajo (442) y hacen gala de un virtuosismo global. Es conocida por ser una orquesta de “solistas” con instrumentos actuales. Cada músico individualmente tiene un nivel técnico excepcional, lo que produce un sonido masivo, transparente y de una precisión milimétrica. Pues bien, este año pudimos escuchar solo el primero de los dos programas de la gira de verano de la orquesta, que incluía las Variaciones Enigma de Edward Elgar y la Cuarta de Chaikovski, una obra que dirigía por primera vez Petrenko al frente de los berlineses. El maestro austriaco de origen ruso tiene una estrecha relación con el repertorio romántico ruso, del que es un gran especialista. Con Berlín ya había dirigido y registrado interpretaciones muy aclamadas de otras dos piezas del compositor (como la Quinta o la Sexta sinfonías).

A Petrenko se le puede considerar como un artesano del sonido y algunas de sus facetas más destacadas son: por un lado, intentar (y lo consigue muchas veces) obtener una precisión milimétrica de los mil y un detalles que encierra la partitura, como consecuencia de los intensos ensayos que somete a la orquesta, no dejando nada al azar (por eso, a veces se le crítica de ser un tanto cerebral). Por el otro, al contar con una orquesta que no conoce límites, consigue unas dinámicas bestiales con unos clímax impactantes y unos pianísimos casi imperceptibles. Tiene una técnica muy completa con movimientos elásticos de los antebrazos, con los que marca el ritmo. Con la palma de la mano atenúa el sonido de los diferentes grupos instrumentales y con el dedo índice solicita las puntuales intervenciones de los solistas. Unas veces se agacha para menguar súbitamente el sonido o bien da saltos con ambos brazos volando por encima de la cabeza para empujar a la orquesta en un determinado crescendo.
El pasado domingo, en la primera de las dos veladas en el festival, con todas las entradas agotadas, Petrenko contrapuso dos grandes obras del romanticismo tardío: Las Variaciones Enigma, como aperitivo antes del descanso, y la Cuarta sinfonía de Piotr Ilich Chaikovski como plato principal. En la obra de Elgar, la Filarmónica de Berlín nos cautivó con su sonido impoluto, oscuro y lleno de carácter. Hay que destacar la sección de violas, que tiene un protagonismo excepcional a lo largo de toda la obra, y que aquí sonaron maravillosamente aterciopeladas.
En la Variación VI (Ysobel) el viola solista de origen chino Diyang Mei alcanzó su momento estelar con un pasaje que Elgar quiso enfatizar con difíciles intervalos de salto entre cuerdas. Los violonchelos, que marcan el ritmo y la base armónica desde el inicio mismo, son junto con las violas, el corazón emocional de las Variaciones Enigma aportando unas texturas densas y melancólicas. En la Variación XII el cello solista (Bruno Delapierre) hizo un alarde de virtuosismo. En la Variación IX “Nimrod”, la más popular (se ha convertido en una especie de himno nacional no oficial de los británicos), Petrenko consiguió de la orquesta un murmullo casi inaudible, un pianissimo estremecedor de las cuerdas que luego fueron creciendo de forma orgánica en un bellísimo y noble crescendo hasta conseguir un clímax orquestal conmovedor.
La Cuarta de Chaikovski también nos deparó intensas descargas emocionales. Petrenko no tiene en absoluto la intención de suavizar nada de esta música melodramática en el mejor sentido de la palabra. Su interpretación es descaradamente emocional y, sin embargo, nada sentimental. La obra abre con los metales (trompas y trompetas) a pleno pulmón que aquí sonaban como cortantes y con un ritmo de polonesa rígidamente marcial. Precioso el vals de las cuerdas, donde los violines han de tocar el tema principal con un toque de melancolía algo inestable. En el segundo movimiento, Andantino, destacó sobre todo el sensacional solo del oboe (Albrecht Mayer) y el acompañamiento aterciopelado de los violonchelos.
Creo que nunca habíamos escuchado el pizzicato del tercer movimiento con una sincronización tan perfecta y un control de las dinámicas tan extraordinario. En el último movimiento, Allegro con fuoco, asistimos a una especie de torbellino salvaje que nos dejó a todos clavados en los asientos con unos violines que acometieron los frenéticos pasajes de semicorcheas a una velocidad endiablada. El peligro interpretativo de este movimiento es correr demasiado y que la orquesta se descontrole o ensucie la articulación. Esto nunca ocurrió con Petrenko que ejerció un control absoluto en todo momento. El final fue apoteósico y el público, que abarrotaba la sala, salto literalmente de sus asientos nada más terminar la obra, correspondiendo con un encendido aplauso de toda la platea puesta en pie, hasta que Noah Bendix-Balgley, concertino de la orquesta, dio la orden de abandonar el escenario, porque si no el público se hubiera tirado aplaudiendo toda la noche. ¡La verdad, no era para menos!
Antonio Moral
(fotos: SF/Marco Borrelli)


