SALZBURGO / ‘Così fan tutte’, el sabor amargo del amor

Salzburgo. Grosses Festspielhaus. 22-VIII-2026. Elsa Dreisig (Fiordiligi), Victoria Karkacheva (Dorabella), Bogdan Volkov (Ferrando), Andrè Schuen (Guglielmo), Lea Desandre (Despina), Johannes Martin Kränzle / Christopher Maltman (Don Alfonso). Dirección de escena: Christof Loy. Dramaturgia: Niels Nuijten. Escenografía: Johannes Leiacker. Vestuario: Barbara Drosihn. Iluminación: Olaf Winter. Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor (Huw Rhys James, director). Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Christoph Koncz. Mozart: Così fan tutte.
Così fan tutte fue uno de los pocos espectáculos que se salvó de la quema en el año de la pandemia (2020) cuando el Festival de Salzburgo tuvo que ser cercenado para poderse realizar, como otros muchos festivales de verano, en las condiciones restrictivas que imponían las autoridades sanitarias de cada país. La ópera de Mozart se logró representar sin descanso y con un importante recorte de música (arias y recitativos), dejándola en unas 2 horas y 15 minutos aproximadamente. Se volvió a representar en las mismas condiciones al año siguiente y solo ahora en 2026 se ha recuperado para ser repuesta más o menos en su integridad.
Aunque ahora se decía que la obra maestra mozartiana se ha escenificado con los cortes habituales, no es del todo cierto porque se han suprimido algunos números importantes: el segundo de los tríos iniciales “È la fede delle femmine”, la primera aparición del coro “Bella vita militar” del Acto I y diversos cortes en el Finale I “Ah, che tutta in un momento…”, con el fin de aligerarlo. En el Acto II se cortó el cuarteto “La mano a me date”, además de numerosos recitativos que unas veces se cortan y otras no. También hubo otro cambio significativo: el aria más habitual de Guglielmo “Non siete ritrosi” no se cantó y en su lugar Andrè Schuen, que estuvo inconmensurable durante toda la función, interpretó el aria, “Rivolgete a lui lo sguardo” K 584, que Mozart compuso originalmente y que sustituyó justo antes del estreno vienés de 1790. Además, es bastante más larga.
En la función del pasado sábado, 22 de agosto, la penúltima de las seis programadas hasta el día 29, el veterano barítono-bajo Johannes Martin Kränzle se vio obligado a cancelar en el último minuto, aunque tuvo que actuar para salvar la representación. Afortunadamente, Christopher Maltman, de voz imponente, cantó desde el foso. Así que creo que salimos ganando, aunque siempre que esto ocurre se produce un cierto desequilibrio espacial en la escena y, dependiendo del momento, a veces resulta un tanto raro.

En estas dos últimas funciones no dirigía ya Joana Mallwitz, que la estrenó el 6 de agosto, a causa de su embarazo. En su lugar bajó al foso el joven director austriaco Christoph Koncz, que está realizando una interesante carrera, y que en su debut salzburgués realizó un trabajo muy serio, ofreciendo una lectura más tradicional que su colega alemana (según hemos podido leer en las críticas del estreno), muy bien concertada con los tempi justos, sin forzar las dinámicas, ahora tan de moda, ni apretar el acelerador en los finales para causar un mayor efecto en el respetable. Pero claro, también hay que tener en cuenta que allí estaba la Filarmónica de Viena con una plantilla clásica (bastante reducida), que ha tocado esta obra cientos de veces, no solo en el festival sino también en la Staatsoper vienesa durante sus temporadas.
En el reparto, muy similar al del estreno de 2020, solo cambió Dorabella. Entonces fue Marianna Crebassa, que este año cantaba el Réquiem de Verdi con Muti, y ahora ha sido reemplazada por la mezzo rusa Victoria Karkacheva, ganadora del Concurso Viñas en 2020. Se trata de una voz interesante de mezzosoprano lírica con un registro medio-grave sólido que contrasta perfectamente con Fiordiligi, cantando muy bien sus dos arias “Smanie implacabili” y “È amore un ladroncello”.
Fiordiligi requiere una soprano lírico-spinto con agudos estratosféricos y saltos extremos. Fue un rol ideal para la voz elegante y flexible de Elsa Dreisig. Esta refinada cantante francodanesa es una soprano de corte más lírico que spinto, que destaca por su timbre luminoso y una gran facilidad para las agilidades, las notas rápidas, los saltos de octava, que demanda su aria “Come scoglio”, y unos graves más que suficientes para abordar con garantías el peliagudo papel de Fiordiligi. Dreisig, que acababa de incorporarse a los escenarios en esta producción tras el parón maternal, fue con toda justicia la triunfadora de la velada, delineando un personaje muy rico en matices e introduciendo una ambigüedad psicológica muy interesante en la atracción hacia Ferrando.
Ferrando fue cantado por el tenor ligero Bogdan Volkov, que mostró un buen estilo mozartiano, bello legato y gran delicadeza en su aria “Un’aura amorosa” que resolvió con mucho gusto. Su segunda aria del Acto II “Tradito, schernito”, de dificultad extrema e intención dramática totalmente distinta, la resolvió con seguridad y mucho aplomo. Esta aria, una de las más complicadas escritas por Mozart para el registro de tenor, se asienta de manera persistente sobre la zona de transición vocal (el célebre pasaggio), lo que requiere una técnica impecable de colocación para que el sonido no se estrangule ni pierda proyección. Por su parte Andrè Schuen, como Guglielmo, destacó por su timbre noble, denso y melifluo. Su color es cálido y aterciopelado, con un mordiente oscuro y rico que dota a Guglielmo de una presencia vocal robusta, seductora y varonil.
La soprano francoitaliana Lea Desandre como Despina encarnó una sirvienta muy vital y divertida con una voz perfectamente adecuada al personaje. Y Christopher Maltman, que sustituyó cantando desde el foso al indispuesto Johannes Martin Kränzle mientras éste actuaba en el escenario, fue un Don Alfonso realmente extraordinario de voz oscura e imponente. Las episódicas intervenciones del coro tuvieron lugar siempre detrás del escenario, dejando todo el protagonismo a los personajes.
La producción de Christof Loy, su primer Mozart en Salzburgo, es una de las mejores que hemos visto en los últimos años en el festival. No hay más elementos escenográficos que una gran pared blanca con dos grandes puertas palaciegas, que solo se abre hacia la mitad del segundo acto para dejarnos ver sobre un fondo negro un frondoso árbol muy bien iluminado, situado en el centro de la escena. Es justo en el momento que Ferrando y Guglielmo irrumpen en el jardín disfrazados de extranjeros para cortejar de forma cruzada a sus respectivas parejas (Fiordiligi y Dorabella). Se trata de un recitativo seco muy divertido y lleno de ironía: Dorabella dice: “Che vezzosi arboscelli!” (¡Qué hermosos arbolitos!) y Gugliemo le responde “Certo, certo, son belli: han più foglie che frutti” (Cierto, cierto, son bellos: tienen más hojas que frutos.).
Con esta escena desnuda Loy consigue una eficacia actoral increíble, sacando lo mejor de cada uno de los seis personajes de este genial dramma giocoso, tratándolo no como una simple comedia de enredos, sino como un experimento psicológico cruel y agridulce sobre la desilusión amorosa y la madurez. Por otra parte, Loy trabaja muy bien los largos silencios y las pausas creando momentos de extraordinaria eficacia dramática en la acción. Los personajes visten de forma elegante y sobria durante toda la ópera en una gama estricta de blancos, negros y grises, que solo se rompe cuando ellos se disfrazan de albaneses, aquí representados como dos jóvenes vestidos alegremente con pantalones cortos y ropas de vivos colores en verde y rojo.
El libreto de Da Ponte propone un final ambiguo y formal en el que, tras descubrirse la farsa de los disfraces, las parejas perdonan el engaño y se resignan a unirse de nuevo cantando a la razón. Sin embargo, el desenlace que plantea Christof Loy en su aclamada producción de Salzburgo descarta por completo el final feliz tradicional, dotándolo de un sabor amargo. El imponente muro blanco que domina el escenario sirve para arrinconar emocionalmente a los personajes. En el momento del coro final, en lugar de abrazarse, festejar o emparejarse formalmente, los cuatro jóvenes se quedan completamente separados en el espacio escénico, sumidos en una profunda soledad y estupefacción. ¡Cómo la vida misma!
Antonio Moral
(fotos: SF/Monika Rittershaus)


