SALZBURGO / Christian Thielemann y Augustin Hadelich respiran al unísono en Brahms

Salzburgo. Grosses Festpielhaus. 22-VIII-2026. Orquesta Filarmónica de Viena. Violín: Augustin Hadelich. Director: Christian Thielemann. Johannes Brahms: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 77. Sinfonía nº 1 en sol en Do menor, op. 68.
Los conciertos matinales de la Filarmónica de Viena en general, y con Christian Thielemann en particular, despiertan una gran expectación en el Festival de Salzburgo cada año. Las entradas de agotan con mucha anticipación a pesar de los precios, que no son nada baratos (de 50 € a 260 €). El concierto (ofrecido por la ORF y grabado por Unitel) no truncó las expectativas que había despertado entre los melómanos asistentes al festival de música más famoso del mundo. Fue un grandísimo concierto íntegramente dedicado a Johannes Brahms con dos de sus obras más queridas y divulgadas: el Concierto para violín y orquesta y la Sinfonia nº 1.
Orquesta, director y solista, Augustin Hadelich, convirtieron el programa de Johannes Brahms en un gran acontecimiento musical. Hadelich combina la soberanía técnica con la nobleza musical; Thielemann modela estas obras con una fuerza de atracción increíble, junto a sus queridos ‘Wiener’, quizás los músicos que mejor entienden e interpretan estas músicas, renovando su brillo una y otra vez y confirmando que la magia y la belleza de la música aún son posibles de emocionarnos en un mundo cada vez menos sensible y estandarizado.
Y esto sucedió en todo el concierto, pero especialmente con Augustin Hadelich, que fue capaz de parar el reloj cuando tocó de propina Träumerei (Ensueño), de Robert Schumann, en un arreglo propio para violín del original para piano de las Kinderszenen, op. 15 (Escenas de Niños). Tras unos interminables segundos de silencio y tensión absolutos, la sala correspondió con una de las ovaciones más cerradas que el firmante de esta crónica ha escuchado en un concierto en vivo ante más de dos mil espectadores. Hadelich volvía al Gran Palacio de Festivales (Großes Festspielhaus) tras su debut oficial en agosto 2023, donde interpretó una gran versión del Concierto para violín de Alban Berg junto a la Filarmónica de Viena, bajo la batuta del director Andris Nelsons. Pero aquí, en el concierto de Brahms y sobre todo en esa propina mágica, tocó el cielo.
Augustin Hadelich (Cecina, Toscana, 1984) toca un instrumento extraordinario, el Guarneri del Gesù de 1744, conocido como “Leduc”, que perteneció a Henryk Szeryng. (hasta 2019 tocaba un Stradivarius). Y lo hace sin esfuerzo aparente, aunque saca un sonido rotundo sin necesidad de ejercer una presión excesiva sobre las cuerdas. Lo hace con una gran inteligencia musical, un control técnico extraordinario y una elegancia natural. Nunca hace ostentación de su manera de tocar y tampoco hace aspavientos gratuitos como tantos colegas de su cuerda. Posee una mano izquierda de gran precisión y limpieza. La afinación es impecable, incluso en los pasajes más expuestos, y gracias a su nuevo instrumento es capaz de sacar “un sonido extraordinariamente cálido, muy humano y más lírico, especialmente apropiado para el repertorio romántico” (ver su reciente entrevista en Scherzo).

El programa oficial estaba dedicado íntegramente a Johannes Brahms. Su único concierto para violín es una de las grandes piezas de la literatura para violín, por lo que no faltan grabaciones excepcionales ni ejecuciones en vivo de altos vuelos. Todos los más grandes solistas lo tienen en su repertorio, pero no todos alcanzan una interpretación de la calidad que hemos escuchado este último fin de semana en Salzburgo. Claro que no todos los días, además de un enorme violinista, se cuenta con un director como Christian Thielemann que aprovecha la calidez de las cuerdas de la Filarmónica de Viena para que Hadelich pueda comenzar su solo de manera tan sutil. Hadelich sabe que las batallas musicales aún están por llegar. No tiene prisa alguna y eso se nota. Hoy ya nos convence por su nobleza sonora, la limpieza en la articulación y su visión de futuro.
En los momentos endemoniadamente difíciles de este concierto (dobles cuerdas, octavas, cambios de posición, acordes complejos, etc.), Hadelich consigue que nos olvidemos de que estamos escuchando uno de los conciertos técnicamente más difíciles de la literatura para violín solista. El complicado pasaje en Re menor ya hacia el final del movimiento suena aquí sombrío y velado, convirtiéndose no obstante en la rampa de lanzamiento perfecta para abordar su propia cadenza, bastante más extensa, que la Joachim (que es la que suelen tocar la mayoría de los violinistas), con abundantes dobles cuerdas y un carácter bastante monumental.
Thielemann y Hadelich respiran al unísono, hablan la misma lengua. El violinista y el director coinciden en su capacidad para conectar mediante sutiles libertades agógicas (de tempo) y una virtuosa mezcla en la paleta de colores tonales. Quizás donde mejor se apreció esto fue en el estremecedor Adagio. El floreciente fraseo de Hadelich y la dirección atenta y contenida de Thielemann se fundieron en un movimiento conmovedor. El movimiento final se convirtió después en una fiesta folclórica repleta de ritmos elásticos y jubilosas melodías de danza al estilo zingaresco. Brahms indica Allegro giocoso, pero añade ma non troppo vivace. El violinista por tanto no debe correr. La música debe sonar alegre y festiva, pero ha de mantener un peso específico, dramático y robusto, típico de la escritura brahmsiana, que el director ha de cuidar muchísimo para no dejar que la densa instrumentación de la obra eclipse el violín. Y en esto hay que reconocer que Thielemann es un auténtico maestro

Algo similar ocurrió con Christian Thielemann al enfrentarse de nuevo a la Primera Sinfonía de Brahms, de la que es capaz de extraer una intensidad (casi) trágica en el sonido de las excelsas cuerdas vienesas, que suenan con inusitada calidez y unos graves reforzados, que terminan por contagiar a las maderas más oscuras (fagotes y contrafagot) y a los metales (trompas y trombones) y por supuesto a las cuerdas graves (violonchelos y contrabajos) dándole a toda la interpretación un peso colosal.
Cuando hacia el final del primer movimiento emerge el tema coral en todo su esplendor, produce un efecto embriagador gracias a la brillantez de las cuerdas que consiguen arrastrar a las otras secciones instrumentales con gran flexibilidad interna. Los movimientos centrales se benefician especialmente de este enfoque relajado, que prioriza la belleza sonora del conjunto. Thielemann varía constantemente el pulso dentro de una misma sección. Tiende a expandir el tempo y ralentizar en los pasajes líricos o transiciones (como los motivos de fanfarria en el primer movimiento), acelerando con vehemencia en las secciones de clímax dramáticos y lo podemos apreciar perfectamente en su característico lenguaje corporal, unas veces inclinado hacia adelante, otras apoyando la espalda en el quita miedos del podio.
El cuarto y último movimiento (Adagio – Più Andante – Allegro non troppo ma con brio), el director alemán lo aborda como el clímax absoluto y definitivo del drama, transformándolo en una experiencia de una intensidad colosal que sumerge al oyente, ya desde los primeros compases del Adagio, en una oscuridad misteriosa. Entre los silencios de la introducción, Thielemann manipula los pizzicatos de las cuerdas con aceleraciones repentinas y nerviosas, que generan un contraste drástico. Cuando la tormenta cesa y emerge el célebre solo de trompa (¡y qué solo!), Thielemann ensancha el tempo al máximo, permitiendo que el sonido de la trompa flote sobre un trémolo de cuerdas extremadamente etéreo, logrando que el coral posterior de los trombones suene con la solemnidad de un órgano de catedral. Tras el plácido homenaje de Brahms a la Oda a la Alegría de Beethoven, ya en el tramo final de la obra es donde Thielemann desencadena una pasión frenética, casi salvaje. Incrementa el tempo de manera drástica en el Più Allegro, empujando a la orquesta al límite de sus posibilidades físicas con el fin de conseguir una grandiosidad arquitectónica abrumadora en el triunfante coral que cierra la sinfonía. ¡Memorable!
Antonio Moral
(fotos: SF/Marco Borrelli)


