Rued Langgaard (1893-1952)

El oyente inquieto pero desprevenido que, atraído por la desaforada magnitud de su catálogo (432 obras) y por los intrigantes y sugerentes títulos de muchas de sus partituras (Desde las profundidades, Música del abismo, In Ténebras Exteriores, Diluvio de sol, La mansión del trueno, Delirio, Superstición, Aplastad al infame, Res absùrda!?, Enterrado en el infierno, La hora del fin…) se aventure a internarse sin ayuda de guía en ese territorio inexplorado hasta hace pocas décadas —pero todavía con muchos rincones por recorrer— que constituye el legado de Rued Langgaard podría llegar a la conclusión de que bajo ese nombre se esconden varios compositores.
O, peor aún, albergar serias dudas sobre la estabilidad mental de un músico atormentado, extravagante, antiacadémico, confuso y desconcertante en muchas ocasiones pero también asombrosamente atractivo en su imprevisible zigzagueo estilístico que le hace saltar del anacrónico pastiche neorromántico al más exaltado delirio expresionista, el collage o la anticipación de rasgos minimalistas y new age.
Único hijo de una pareja de músicos de fuertes convicciones religiosas, Langgaard nació en Copenhague, donde disfrutó de una completa formación como pianista, organista y compositor sin apenas salir de casa. De naturaleza introvertida, susceptible y solitaria, realizó su primera aparición pública como organista e improvisador a los once años, en presencia de un entusiasmado Grieg.
En 1908 se estrenaba su primera obra a gran escala, la cantata Musae Triumphantes, aplaudida por el público pero denostada por la crítica (algo que acabará siendo casi constante en su carrera). Entre 1908 y 1913, las numerosas visitas a Berlín en compañía de sus padres permitirán al joven Langgaard entrar en contacto con los directores Arthur Nikisch, Karl Muck y Max Fiedler, hacer acopio de nuevas partituras y escuchar, en las mejores condiciones posibles, músicas ignoradas en su tierra natal.
En 1913, la Filarmónica de Berlín dirigida por Fiedler estrenaba la Sinfonía nº 1 “Pastoral de los acantilados” (1908-1911), gigantesco fresco descriptivo para gran orquesta en cinco movimientos y más de una hora de duración que hubiera debido señalar el inicio de una carrera fulgurante… pero no fue así. Pese a que el éxito acompaña la recepción de algunas de sus obras en ciudades como Estocolmo, Oslo, Berlín, Karlsruhe, Heidelberg, Stuttgart, Viena, Praga o París, Langgaard nunca recibirá el apoyo del establishment musical danés liderado por Nielsen, hacia el que nunca ocultó su animadversión.
Los innumerables intentos por conseguir un puesto permanente de organista en alguna iglesia de Copenhague se verán reiteradamente frustrados hasta que en 1940 se convierta, por fin, en organista y maestro de coro en la catedral de Ribe (Jutlandia), una suerte de marginación definitiva de la vida musical capitalina.

El afán por lograr que sus composiciones obtengan mayor aceptación obligará a Langgaard, llevando al paroxismo el ejemplo bruckneriano, a efectuar en muchas de sus partituras, y de modo casi compulsivo, incontables revisiones, modificaciones y reorquestaciones, cambios de título y trasvases de secciones o movimientos entre diferentes obras —el caso de la Sinfonía nº 5 es paradigmático—, que junto con la adición de fechas erróneas a los manuscritos y el escaso número de obras publicadas en vida convirtieron la catalogación de su legado en un auténtico rompecabezas.
Si las huellas de Liszt, Wagner, Mahler y Strauss son perceptibles, con mayor o menor intensidad, en los años iniciales de su carrera —poema sinfónico Esfinge (1909-1910), Sinfonía nº 2 “Despertar de la primavera” (1912-1914)—, la voluntad de alejarse de las formas convencionales dará paso a un segundo período creativo de excepcionalidad intensidad en el que se agolpan algunas de sus composiciones más audaces y visionarias. La Sinfonía nº 4 “Caída de la hoja” (1916), el ciclo pianístico Insektarium (1917), en el que el intérprete debe golpear la tapa del piano y tocar directamente sobre las cuerdas, la Sonata para violín y piano nº 2 “El gran Maestro viene” (1920-1921), el disonante Cuarteto de cuerda nº 3 (1924) o la Sinfonía nº 6 “Los cielos desgarrados” (1919-1920) y la ópera Anticristo (1921-1923), no escenificada hasta 1999, en las que da rienda suelta a sus ideas apocalípticas, ilustrando el combate cósmico entre las fuerzas del bien y del mal.
En la cumbre de su producción, su obra más profética y fascinante, “a la que velan las brumas negras e impenetrables de la muerte”: Música de las Esferas (1916-1918), máxima expresión de sus inquietudes metafísicas y visionarias que hizo exclamar con humor a Ligeti, cuando examinó la partitura en 1968: “Acabo de descubrir que soy un imitador de Langgaard”.
Recientemente dos de las orquestas más importantes del mundo han fijado su atención en este incomprendido “outsider extático”, como le llamó el musicólogo sueco Bo Wallner: la Filarmónica de Viena grababa hace cuatro años dos de sus sinfonías; la Filarmónica de Berlín acaba de interpretar el pasado mes de junio, por segunda vez desde su remoto estreno, la Sinfonía nº 1. Parece que hubiera llegado el momento de rebatir al propio Langgaard cuando en 1936 expresaba con amargura: “Lo que soy ha pasado”.
Juan Manuel Viana
Caja
Discografía:
Sinfonías nº 1-16. Drapa. Esfinge. Solistas, C. y O.S.N. Danesa. Dausgaard. DACAPO 6.200001 (7 CD)
Sinfonías nº 2 y 6. O.F. Viena. Oramo. DACAPO 6.220653 (1 CD)
Cuartetos de cuerda, vols. 1-3. Cuarteto Nightingale. DACAPO 6.220575-77 (3 CD)
Obras para piano, vols. 1-4. Berit Johansen Tange. DACAPO 8.226025, 6.220565, 6.220631 (4 CD)
Messis. In Ténebras Exteriores. Flemming Dreisig. DACAPO 6.220528-29 (2 CD)
Música de las Esferas. Cuatro Imágenes Sinfónicas. Sjöberg, C. y O.S.R.N. Danesa. Rozhdestvensky. CHANDOS 9517 (1 CD)
La hora del fin. Del Cantar de los Cantares. Interdicto. Solistas, C. y O.S.R.N. Danesa. Rozhdestvensky. CHANDOS 9786 (1 CD)
Anticristo. Solistas, C. y Orquesta S.N. Danesa. Dausgaard. DACAPO 6.110402 (1 DVD)


