ROMA / ‘Siegfried’: La espada, la cruz… y el amor

Roma. Sala Santa Cecilia del Auditorio Parco della Musica. 24-X-2026. Clay Hilley (Siegfried), Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (Mime), Michael Volle, (el Viandante), Wolfgang Koch (Alberich), Falk Struckmann (Fafner), Anna Kissjudit (Erda), Elisabet Strid (Brünnhilde), Lysa Menu (Pájaro del bosque). Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Dirección de escena: Vincent Huguet. Dirección musical: Daniel Harding. Richard Wagner: Sigfrido.
Poner en pie una tetralogía escenificada –la primera en Roma desde 1961–, en un gran auditorio pensado para la música sinfónico-coral –elegantísimos el edificio de Renzo Piano y la Sala Santa Cecilia–, con la orquesta sobre el escenario y los cantantes detrás de la misma, moviéndose a varias alturas –nunca al nivel del escenario, y a veces muy por encima de éste–, tratando de traspasar el muro de sonido, es un reto formidable que requiere un esfuerzo ingente por parte de todos: del director musical, que debe calibrar las dinámicas con mimo, y de los cantantes, muy expuestos sin el concurso de la caja escénica. La nueva entrega del Anillo romano a cargo de la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, su titular Daniel Harding –podremos verles el año próximo en Santander y San Sebastián interpretando la Sexta de Mahler y el Réquiem de Verdi con Xavier Anduaga, Rachel Willis-Sørensen, Teresa Romano y Giorgi Manoshvili–, el director de escena Vincent Huguet y un extraordinario y homogéneo reparto, ha demostrado la solidez del ambicioso proyecto.
La propuesta escénica de Huguet, con decorados de Pierre Yovanovitch, gravita alrededor de tres encarnaciones del poder vinculadas a Roma y a la historia de Italia. Si La Valquiria causó sorpresa con su vistosa recreación del Imperio Romano, con Wotan/Júpiter como emperador decadente y profusión de túnicas, mantos, sandalias y brazaletes, en este Sigfrido ubicado en el Estado Vaticano el Viandante es un Papa renacentista vestido de damasco blanco, color de los Papas desde el dominico Pío V; Mime un franciscano; Alberich un caballero teutón; Fafner un rey; el Pájaro del Bosque un trasunto del arcángel Gabriel de la Anunciación de Fra Angelico; y Brünnhilde… ¡una monja que despierta al amor en brazos de Siegfried! El ocaso de los dioses de 2027 se anuncia en el imperio colonial italiano durante el fascismo, y El oro del Rin de 2028 –esa temporada se representará la tetralogía completa– en la “nueva era de imperios” en la que ya estamos inmersos. El trabajo de Huguet demuestra una vez más la universalidad del mito, y que lo verdaderamente esencial es mantenerse fiel a la dramaturgia de la obra sin imponerle una postiza y bastarda; a sus personajes y a su conflicto fundamental: amor frente a poder. El mundo puede cambiar, pero la lucha entre deseo, dominio, libertad y amor permanece invariable. Se respetan además los símbolos fundamentales: espada, yelmo mágico, lanza… Históricamente el poder se ha revestido de símbolos diferentes a lo largo del tiempo, sea una lanza o una férula papal. Wotan/Viandante es el personaje prescrito por Wagner… vaya vestido de –pongamos por caso– Nerón o Julio II. ¿Acaso no recurrió Wieland Wagner a una estética helénica en su primer Anillo del Nuevo Bayreuth? La escenografía de Pierre Yovanovitch presenta una monumental estructura blanca de varios niveles, con escaleras, columnas y criptas que evocan el Vaticano renacentista, entre restos de la Roma imperial –bustos de emperadores y elementos arquitectónicos clásicos–. El decorado único, una arquitectura simbólica dominada por la iconografía romana y cristiana, se transforma a lo largo de los tres actos, desde la fragua de Mime hasta el bosque y la pirámide funeraria donde duerme Brünnhilde. Su incomprensible despertar, aderezado por un gesto involuntariamente cómico de Siegfried en los prolegómenos fue, por cierto, la escena peor resuelta de toda la velada.

En su primer Sigfrido, Daniel Harding fue el principal artífice del éxito. La dirección analítica, atenta al detalle, transparente y de gran imaginación tímbrica –soberbios Murmullos del bosque, casi impresionistas– del maestro británico, derrocha ahora una intensidad ausente hace años. Obtuvo una respuesta sobresaliente de la orquesta, que exhibió un sonido suntuoso y brillante, muy apoyado en los graves, con una cuerda dúctil y luminosa y maderas coloridas. Trompas y tubas Wagner no estuvieron muy finas. Como en La Valquiria del año pasado, la función fue in crescendo tras un primer acto algo monótono hasta la escena de la forja. Harding brilló en los momentos puramente orquestales y acompañó magistralmente a sus cantantes, tendiéndoles una alfombra roja y modulando constantemente las dinámicas, si bien en ocasiones puntuales no pudo evitar taparles por su desfavorable ubicación en escena.

Es difícil reunir un conjunto de cantantes tan sólido como éste de Roma, que combina voces veteranas y experimentadas con otras jóvenes y pujantes en la escena internacional. El gran triunfador fue el incombustible Michael Volle, Viandante de voz aun fresca, irreprochable autoridad vocal y escénica a sus 66 años, y dicción y capacidad para el matiz ejemplares, que encarnó a un dios reflexivo y vulnerable. Clay Hilley fue un Siegfried plausible: es cantante antes que actor, a la antigua usanza, pero, dentro de sus limitaciones escénicas, le encontré más motivado y voluntarioso que en otras ocasiones. La voz, grata, bien emitida y timbrada, es ideal para el papel. Va bien al agudo, con volumen sobrado y seguridad, y además mostró un canto variado, intención en el fraseo y atinadas medias voces. Consciente de lo inclemente del papel y de sus propias fuerzas, nos hizo un Windgassen, dosificándose con inteligencia. Menos adecuada para la parte se me antoja la soprano sueca Elisabet Strid, juvenil Brünnhilde lírica en exceso, de bella voz, bien emitida, mas falta de volumen y carácter. En territorio wagneriano tendría un lugar asegurado como Elsa; Brünnhilde le viene muy grande y pasa factura. El sobrio Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, de voz muy bien proyectada, fue un Mime modélico, deliciosamente cantado, excelente en escena y sin excesos melodramáticos ni patetismo impostado. De auténtico lujo cabe considerar el Alberich tonante y de presencia amenazadora, de Wolfgang Koch, más barítono que bajo, aun es gran forma vocal. Otrora activo Wotan, Koch ha encontrado refugio dorado en papeles baritonales de carácter –Scarpia, Barak, Alberich, Klingsor, Amfortas…– en su segunda juventud. Para este firmante fue una grata sorpresa reencontrarse con el rocoso y veteranísimo Falk Struckmann, voz impactante, de enorme volumen, imponente Fafner humano a sus 68 años. Caracterizado como un rey avaricioso, Struckmann demostró una vez más sus grandes dotes como actor. La jovencísima –30 años– contralto húngara Anna Kissjudit, quien ya ha cantado Fricka y Erda en Bayreuth y Berlín, fue una Erda telúrica, vocalmente imponente aunque su dicción resultó ininteligible. No lució de manera acorde con su calidad vocal el Pájaro del bosque de la joven soprano francesa Lysa Menu, voz de pequeño formato que resultó ser la más perjudicada por su ubicación en las partes más elevadas del escenario y el volumen de la orquesta. Sus intentos de forzar la voz para hacerse oír perjudicaron la calidad de su timbre y emisión.
Conmemorando los 25 años de su inesperado fallecimiento a los 54 años, puede visitarse en los amplios pasillos del Auditorio Parco della Musica una interesante exposición vindicativa del arte del polifacético músico e intelectual Giuseppe Sinopoli, quien fuera director titular de la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia y responsable del único Anillo –en versión de concierto– programado por la institución hasta ahora. Impresa sobre una fotografía del director puede leerse una certera frase de Sinopoli: “Aconsejo a los directores de escena escuchar y estudiar el Anillo como músicos antes de ponerlo en escena”. Viendo este Anillo romano tengo la impresión de que Vincent Huguet ha seguido su consejo.
Miguel Ángel González Barrio


