ROMA / Ollé impresiona con su propuesta de ‘Madama Butterfly’

ROMA / Ollé impresiona con su propuesta de ‘Madama Butterfly’

Roma. Circo Massimo. 20-VII-2021. Puccini, Madama Butterfly. Corinne Winters, Adriana Di Paola, Sharon Celani, Saimir Pirgu, Andrzej Filonczyk, Pietro Picone, Raffaele Feo, Luciano Leoni, Arturo Espinoza, Claudia Farneti, Daniele Massimi. Orchestra y Coro del Teatro dell’Opera de Roma. Director musical: Donato Renzetti. Director de escena: Àlex Ollé.

Madama Butterfly es una de esas óperas icónicas que no pueden faltar en el repertorio de un teatro de ópera que se precie, razón por la cual se ha dicho y se ha hecho todo sobre ella. Es difícil ofrecer una lectura ‘nueva’. Al menos, esto es lo que pensábamos antes de ver la puesta en escena de Àlex Ollé, de la volcánica La Fura del Baus.

Se trata de una propuesta didáctica que sabe no ser oleográfica: ilustra el libreto sin superponer una lectura que lo fuerce, sino que lo lee en clave moderna. Cio-Cio-San vive en un barrio de chabolas, en uno de los muchos suburbios del mundo, con los rascacielos de la metrópoli al fondo, engullendo las favelas. La procesión de los que son desalojados de sus chabolas para dar paso a los nuevos edificios de la especulación inmobiliaria es punzante. Hay un hermoso contraste entre la primera escena (la boda) y un cóctel refinado a la sombra de la exuberante vegetación de un club de campo, con un evocador sabor colonial, sobre un césped perfecto. Pero la fiesta se arruina por la repentina irrupción de unos pandilleros procedentes de esas favelas. Es una muestra de cómo una lectura inteligente puede actualizar la crítica social del dúo Ollica-Giacosa sin mancillar el libreto.

La interpretación resulta un tanto dicotómica. En el primer acto, la orquesta suena plana. Es un motor que ha de ponerse en marcha. En el segundo acto, sin embargo, muestra todo el patetismo que hay en Puccini. La dirección de Renzetti sitúa la partitura en los fermentos de la Mittleuropa de principios de siglo.

Lo mismo ocurre con las voces, que no emocionan, no provocan ese chasquido que hace que el público saque los pañuelos de los bolsillos: es una actuación correcta, pero fría. El dramatismo de los preámbulos llega inesperadamente en el segundo acto, cuando Corinne Winters (Cio-Cio-San) consigue elevar la estatura de su personaje. El Pinkerton de Pirgu es frío. Frío calculador. Sin embargo, vocalmente no resulta del todo satisfatorio, no es la suya una voz para el recuerdo. El Cónsul de Andrzej Filonczyk y la Suzuki Adriana Di Paola son mucho más incisivos.

La actuación al aire libre se ve penalizada por una amplificación un tanto débil al principio, y por el tráfico de los coches, con infrecuente proliferación de sirenas de ambulancias.

Marco incomparable el de Circo Massimo, esta vez en lugar de las grandiosas ruinas de las Termas de Caracalla, escenario habitual de la temporada de verano de la Ópera de Roma. Lamentablemente, las ruinas imperiales del Palatino no están iluminadas.