REIKIAVÍK / Mijaíll Pletnev deslumbra en Islandia

Reikiavík. Harpa. 19-X-2026. Sala Eldborg. Mijaíl Pletnev, piano. Obras de Bach, Schumann y Grieg.
Antes de la era de Internet, cuando comprar un disco suponía una decisión meditada debido a los escasos recursos de muchos jóvenes aficionados a la música, las tiendas de discos eran auténticos lugares de descubrimiento y aprendizaje. En una de aquellas improvisadas tertulias matutinas de los sábados en Real Musical, la estrella fue una grabación del sello soviético Melodiya. De una tacada descubrimos las Piezas líricas de Edvard Grieg y a un pianista extraordinario, un entonces casi desconocido Mijaíl Pletnev, ganador del Concurso Chaikovski de 1978. En una época en la que las grabaciones procedentes del bloque del Este eran difíciles de conseguir en España y el acceso a la información musical estaba a años luz de las facilidades que ofrece hoy Internet, aquel vinilo nos abrió la puerta a un repertorio fascinante y nos enseñó una forma de interpretarlo marcada por una sensibilidad, imaginación y naturalidad imborrables.
Con los años, Pletnev se inclinó cada vez más por la dirección de orquesta —Ibermúsica nos lo trajo a Madrid en 1992 con Pogorelich, y la extinta Promúsica hizo lo propio en 1999 con Lugansky—, por lo que pudimos verle sentado al piano en muy pocas ocasiones. Un par de recitales en 2001 y 2003 para el ciclo de esta casa, y otra visita al año siguiente, donde nos emocionó con una imponente Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov junto a Neeme Järvi y la Orquesta del Festival de Verbier, fueron sus únicas visitas a Madrid. Tardé años en encontrarme de nuevo con él —en el Victoria Hall de Ginebra, en 2017, también acompañando a Lugansky— y ya no volvería a verle más hasta ahora. A pesar de que su ciudad natal —Arcángel, en el norte de Rusia, a orillas del mar Blanco— comparte prácticamente latitud con Reikiavík, tampoco los islandeses han visto a Pletnev de manera habitual. Hacía varios años que no venía por aquí y, aun así, planteó un programa sin la más mínima concesión a lo fácil o a lo archiconocido.
Los cuatro números seleccionados de El clave bien temperado, uno del Libro I —en sol menor, BWV 861— y tres del Libro II —en re mayor, BWV 874; en sol mayor, BWV 884, y en si bemol menor, BWV 891—, fueron toda una declaración de principios. Pletnev se olvidó de cualquier reconstrucción historicista, sacando el máximo partido del instrumento. Con un sonido bellísimo, nos dio un Bach elocuente, de articulación excepcional, de diáfano contrapunto, con un discurso pleno y muy expresivo. Hubo virtuosismo elegante de una claridad meridiana tanto en el BWV 874, con el que arrancó, como en el BWV 884, tercero de la serie. El BWV 861 transmitió una enorme sensación de paz, con unos trinos de quitar el hipo, mientras que en el BWV 891 aunó ambas cualidades con una admirable concentración sonora, construida a partir de dinámicas mínimas y en la que mantuvo de manera admirable la tensión sin recurrir al énfasis.
Terminó la primera parte con la compleja Kreisleriana, op. 16, de Robert Schumann, quizás la única obra del programa perteneciente al gran repertorio. Es una obra intrincada, en la que el sajón supo plasmar como pocos esa eterna dualidad entre exaltación y melancolía con que E. T. A. Hoffmann caracterizó a su personaje, y que exige por igual una técnica excelente y una musicalidad de primer nivel. Pletnev nos ofreció un auténtico retrato psicológico donde la fantasía, la agitación nerviosa y la introspección se sucedían con inquietante naturalidad. Su labor de construcción fue admirable. Contrastada, sí, pero dentro de un orden, con una elegancia absoluta, un sonido cuidado al máximo y una naturalidad apabullante. No hubo estridencias ni poses extrañas. Algunas transiciones estuvieron deliberadamente llevadas al límite, pero en modo alguno sonaron caprichosas. Todo parecía responder a su lógica interna. Los episodios más vehementes surgían con una fuerza súbita, casi imprevisible, para disolverse después en momentos de íntima contemplación. Desde las intrincadas dificultades de Äußerst bewegt o Sehr rasch hasta la bella tranquilidad que demostró en Sehr innig und nicht zu rasch o en el segundo de los Sehr langsam, el ruso nos abdujo. Las miradas de todo el público fijas en él, ni una tos, todo envuelto en la penumbra de una sala apenas iluminada. Demostró como pocos pueden hacerlo, con una personalidad única, que no es necesario irse a los extremos para transitar por caminos no habituales o poco explorados, para tener un discurso coherente y personal. Una interpretación para el recuerdo.
La segunda parte estuvo dedicada a dieciséis de las 66 Piezas líricas que Grieg compuso entre 1867 y 1901. Música de gran repercusión en Rusia durante todo el siglo XX, la frecuentaron pianistas legendarios como Goldenweiser, Gilels o Richter, o más recientemente Berezovsky o Gavrilov. Y entre ellos Pletnev, que grabó una amplia selección para Melodiya a principios de los ochenta y volvió a estas páginas con el cambio de siglo, esta vez para Deutsche Grammophon.
Lejos de presentar las piezas como simples miniaturas de salón, Pletnev construyó con ellas una auténtica secuencia poética. Cada página tuvo identidad propia, pero al mismo tiempo formó parte de un recorrido expresivo cuidadosamente calculado. La canción nacional tuvo más alegría que solemnidad. Con El viajero solitario o la imponente Días olvidados fue directamente al corazón con una delicadeza espeluznante llena de nostalgia y melancolía. En todas ellas, con un sonido cuidadísimo y apropiado. La gama de colores fue inagotable, capaz de pasar de la transparencia más delicada a una plenitud casi orquestal sin perder nunca naturalidad. Las melodías cantaron con una libertad que evitó cualquier sentimentalismo, mientras que las evocaciones folclóricas aparecieron integradas con absoluta elegancia en el discurso. También hubo espacio para la filigrana sonora —una Mariposa cuyo imperceptible vuelo pudimos seguir o un Nocturno de levedad imposible—, y para las formas más clásicas —el Minueto de la abuela o el Vals-Impromptu, interpretados con un rubato exquisito—. Quizás nos faltaron algunas de las piezas más conocidas, como Fantasma o Erótica, que en sus manos nos hubieran llevado al último cielo, e incluso alguna de las que grabó en el pasado, como el Día de boda en Troldhaugen o La marcha de los troles, pero no se puede tener todo en una tarde. Terminó la selección con un vertiginoso y divertidísimo Duendecillo (Småtrold), cuyas diabluras casi nos invitaron a sumarnos a ellas.
Con el público puesto en pie, pensé para mí que ahora sí era el momento de La marcha de los troles, pero Pletnev volvió a sorprendernos huyendo de «lo lógico» con otra obra de Grieg, que no por casi desconocida dejó de sonar imponente en sus manos: Del carnaval, la última de sus Escenas de la vida campestre, plena de energía, de una amplia paleta de colores y donde nos encontramos al Pletnev más virtuoso. El público pedía más y el ruso, al final, sí concedió un bis de los llamados «populares». Aun así, el Nocturno en mi bemol mayor, op. 9, n.º 2, se alejó mucho de lo habitual. Un tempo larguísimo y un rubato extremo desembocaron en una magistral filigrana sonora que nos dejó literalmente planchados en nuestras butacas.
Aunque el público pedía más, Pletnev dijo adiós y dejó en el recuerdo un recital portentoso, alejado de lo común, tanto en las obras como en la interpretación. Una de esas escasas oportunidades de disfrutar de un artista que continúa abordando las obras como si aún hubiera algo nuevo que descubrir en ellas. Y aún más. Como mencioné al principio, para muchos aficionados de mi generación, las Piezas líricas de Melodiya fueron la puerta de entrada tanto al compositor noruego como al joven pianista ruso. Escucharlas hoy, casi medio siglo después, interpretadas por el mismo músico en la madurez de su carrera, fue como cerrar un círculo que nos permitió comprobar que algunas cosas esenciales permanecen inalterables: el magisterio del color, la capacidad para convertir cada miniatura en un pequeño mundo autosuficiente y, sobre todo, esa rara facultad de hacer que una música conocida parezca recién descubierta.
Pedro J. Lapeña Rey


