REGGIO EMILIA / Mozart vitalista y vibrante por Il Pomo d’Oro y Emelyanychev

Reggio Emilia. Teatro Municipal Valli. 13-XII-2023. Il Pomo D’Oro. Solista: Aylen Prytchin, violín. Director: Maxim Emelyanychev. Obras de Mozart.
En la semana en que Il Pomo D’Oro, el conjunto historicista italiano fundado en 2012 y al que hemos visto con frecuencia en España, afronta la grabación del tercer volumen de la serie de sinfonías mozartianas para el sello Aparté, hemos podido escuchar, en vivo, el concierto ofrecido en el Teatro Muncipal de Reggio Emilia, bonita ciudad de la región de Emilia Romaña. Procede hacer un paréntesis y decir que, en la cosa musical, los italianos dan, qué quieren que les diga, mucha envidia. El coqueto Teatro Municipal de Reggio Emilia es un edificio construido a mediados del XIX con una estética neoclásica, y que cuenta con un aforo nada despreciable (poco menos de 1.200 localidades; hablamos de una ciudad de menos de 180.000 habitantes). Es más: en ese teatro tienen una temporada que para sí la quisiera más de una ciudad de bastante más tamaño en España: Don Carlo y Otello de Verdi, Anna Bolena de Donizetti o la curiosa combinación de Dido y Eneas de Purcell con Los siete pecados capitales de Weill.
Pero no se crean que la cosa acaba ahí. En cuanto a conciertos, acaba de pasar por allí la Orquesta de Cámara de Europa con Pappano y Beatrice Rana, y tras el concierto que se comenta en esta reseña, podrán ver, entre otros, a Patricia Kopatchinskaja, Pierre-Laurent Aimard, Hilary Hahn, Veronika Eberle o Steven Isserlis, y a orquestas como la Filarmónica de la Scala o la del Festival de Budapest, con su titular, Ivan Fischer, al frente. Y en campo más pretérito, los Tallis Scholars. Total, nada. Lo dicho, ya quisiera más de una ciudad equivalente en nuestro país tener un teatro tan bonito y una temporada tan atractiva.
Claro que el público, al menos por lo visto ayer, responde perfectamente: el teatro estaba ayer hasta arriba. El programa, el que ocupará la tercera entrega del ciclo mozartiano que la agrupación italiana y su director llevan a cabo: Sinfonías nº 35 y 36 y Concierto para violín y orquesta nº 3 K 216. El solista para la ocasión, que además fue concertino en las dos sinfonías, fue el ruso Aylen Prytchin (Leningrado, 1987), músico coetáneo del director, Emelyanychev, apenas un año más joven.
Colaborador asiduo de Currentzis y el propio Emelyanychev (han grabado para este mismo sello las Sonatas de Brahms), Prytchin mostró un sonido de apreciable belleza y muy considerable presencia. La afinación, siempre dispuesta en Mozart a enseñar las costuras de cualquiera, resultó muy segura, y el arco evidenció buena agilidad y flexibilidad. Siguiendo una costumbre ahora la mayor parte de las veces perdida, Prytchin interpretó también la mayor parte de los tutti, y siguiendo lo que el mismo Emelyanychev hace desde el piano (su grabación del Concierto K 488, es buena prueba de ello) adornó con gusto algunas entradas y semicadencias, y diferenció, bien con ellos, o con matices y acentos, o con ambos, las diversas presentaciones de un motivo recurrente.
No rehuyó riesgos en cuanto a la determinación ejecutora de algunos ataques (y en su mayoría, con acierto), y su Mozart presentó así un equilibrio saludable entre elegancia y vitalidad, entre desparpajo, contraste y buena capacidad cantable, esto último especialmente perceptible en un bonito segundo movimiento, muy bien dibujado. Lo fue también la cadencia (como había sido la del primero). Y muy sonriente el último, con los episodios contrastantes (Andante y Allegretto) del Rondó presentados con buen contraste y sonriente atmósfera, y el segundo con apropiada rusticidad. Curiosa, aunque plausible, y muy bella, la decisión de que en algunos pasajes de este último fuera acompañado por los solistas de cuerda y no por las secciones enteras respectivas.
Antes y después del Concierto K 216 escuchamos, respectivamente, las Sinfonías nº 35 “Haffner” y nº 36 “Linz”, vecinas en la cronología (apenas un año de diferencia, 1782-83) y testimonio del enorme talento del genio (lo de la Linz escrita en cuatro días… en fin, no hay palabras). A Emelyanychev (tendrán ocasión de leer más sobre el tema cuando se publique la entrevista que le realicé ayer mismo antes del concierto) le encanta Mozart. Y se nota. Se nota también la amalgama de influencias que impregnan su quehacer. Es joven, y su procedencia mozartiana más inmediata viene del mundo historicista, muy directamente de su colaboración con Currentzis en el campo operístico. Pero su formación inicial es más, por así decirlo, tradicional (aunque a mí el término no me gusta nada, pero es el que suele usarse), con Rozhdestvenski al fondo, un maestro de exquisita musicalidad, por cierto. Todo ello más allá de que, naturalmente, el titular de Il Pomo D’Oro exprese también su admiración por esa tercera vía que en orquestas modernas introduce elementos, instrumentos y pautas históricamente informadas, pauta que a mí me parece perfectamente lógica, aunque a los más radicales talibanes del historicismo les provoque sarpulllidos, y a la que abrió la puerta, qué raro, ese enorme músico llamado Harnoncourt.
El resultado es que el Mozart de Emelyanychev con el excelente conjunto italiano despliega energía, vitalidad, contrastes, multitud de matices y acentos (cómo él mismo apunta, que Mozart apenas escribiera, y de vez en cuando f o p no significa que no haya nada entre ellos, y mucho menos que no haya nada más allá de ellos) y eso que hemos dado en llamar fantasía. Fantasía que equivale a imaginación, pero no caprichosa. Fantasía para no repetir dos veces exactamente lo mismo, para introducir aquí una mínima pausa, allí hacer un acorde menos (o más seco) que la vez anterior, o un mínimo ritardando, o mil detalles más. Es el suyo un Mozart que canta y sonríe, donde las aristas y acentos están, pero donde no hay intrusiones exageradas.
Si en otras interpretaciones del ambiente historicista se ha escuchado en este repertorio fuerte protagonismo de trompas y trompetas rotundas y agresivas, o timbales de contundencia abrumadora, no es el caso aquí. Los vientos están, pero no tapan, como el timbal, que también participa de la imaginación (su contribución en el da capo del minueto en la Haffner fue realmente excelente). Otra cuestión es que, en algún momento, la preferencia personal hubiera buscado, sin llegar a la exageración, un punto más de presencia del viento y el timbal. Pero, en todo caso, hablamos de matices mínimos sobre una concepción de envidiable atractivo. La ejecución, aunque eso ya lo sabemos los que les hemos visto en Madrid varias veces, es espléndida en todas las familias, incluyendo unas trompetas y trompas naturales de envidiable seguridad.
Con el mismo rigor con que cuida el maestro ruso la letra (se ejecutaron todas las repeticiones, incluidas las prescritas en el D.C. de los minuetos), mima la claridad, fluidez y naturalidad de su discurso, y es llamativa, en ese sentido, la forma en la que se escuchan los segundos violines. El precioso dibujo de estos en el segundo tiempo de la Haffner es solo un ejemplo. Los tempi parecen siempre lógicos: decididamente vivos (y por ello exigentes) cuando deben serlo, como en los trepidantes finales de ambas obras, dichos sin concesión, pero rápidos, aunque nada arrebatados cuando no procede, como en el Allegro con spirito inicial de la Linz. Parece vivirse buena atmósfera en el grupo, y resultó simpático que Emelyanychev pasara, desde su posición, una página de la partitura del primer atril de violines, algo que el que suscribe no había visto hasta ahora.
Lo cierto, en todo caso, es que esa atmósfera en la que director y orquesta parecen encontrarse en comunión sobre una misma idea, llega al público con intensidad y calor: un Mozart que transpira vitalidad, energía, abundancia de contrastes, pero en el que todo ello convive, de manera perfectamente natural, con una fina sensibilidad para el canto y el matiz, con una expresividad que llega con impacto inmediato al oyente. Un Mozart, como debe ser, vibrante y convincente. Puede que en momentos puntuales todos tengamos determinados puntos o detalles que haríamos de otra manera, pero es difícil no sentirse arrastrado por esta forma, extraordinariamente convincente y hermosa, de hacer esta música genial. Un magnífico concierto, que promete un gran disco. La breve experiencia (una huelga de trenes en Italia obligó a acelerar los planes de vuelta) en la sesión de grabación del día siguiente nos mostró el trabajo minucioso de Emelyanychev y sus músicos, y el también inestimable del productor Nicolas Bartholomée, un veterano y detallista profesional en las lides discográficas, lo que refuerza la sensación de que el tercer volumen de la serie, promete.
Rafael Ortega Basagoiti


