¿Quo vadis, crítica?

En este mes de junio se cumplen 40 años de la primera reseña de un concierto firmada por quien ahora escribe estas líneas. Aniversario que no significa más que la constatación de una bobada: lleva uno la torta de años en esto de contar lo que acontece en la música. Y este momento particularmente convulso que vivimos, donde los cambios se suceden a velocidad supersónica, y no siempre para mejor, puede ser oportuno para una reflexión, personal por supuesto, sobre cuál es el panorama actual y la perspectiva futura de este singular oficio de escribir sobre música, bien como obra o bien como interpretación, escuchada en vivo o grabada.
El papel del crítico musical es, creo, el más ingrato y peor recompensado de cuantos se incluyen en los roles de quienes nos dedicamos a escribir sobre música. Es también uno de los más exigentes (sobre todo cuando atañe a la inmediatez del evento en vivo), porque requiere conocimiento, buen oído, mucha concentración (lo que se escapa no tiene vuelta atrás) y aguda capacidad de expresión. Todo ello, claro está, si la tarea ha de ser desempeñada con equilibrio y honestidad y resultar accesible para el grueso del público. Conviene aquí recordar que el público incluye a los profesionales, aunque éstos sean minoría, pero si la crítica se expresa con abundancia de elevada terminología técnica, solo la entenderán ellos… y eso excluirá a más del noventa por ciento de quienes la leen… que no tienen (ni tienen por qué, para qué engañarnos) la formación musical técnica de los profesionales.
La labor demanda también mucha mano izquierda, especialmente cuando se trata de reflejar, con el debido respeto, pero suficiente fidelidad, lo que no siempre ha sido positivo en un evento musical. Muchas veces una diplomática insinuación o un expresivo silencio deja la cosa suficientemente clara sin que se sobrepase la frontera de lo gratuitamente hiriente. Por mucho que puedan resultar divertidas cáusticas mordacidades como aquella que antaño dedicó Harold Schonberg, el crítico del New York Times, cuando comentó “Anoche, en el Carnegie Hall, Jack Benny interpretó a Mendelssohn. Mendelssohn perdió”.
Tiene mucho mejor perspectiva quien se aleja de la reseña y se centra en la actividad divulgadora, más reposada, agradecida y desprovista de la capacidad de herir sensibilidades, aunque al final del presente artículo les reservo al respecto de esta labor una no muy esperanzadora sorpresa. Es fácil que el crítico, por el contrario, incluso siendo cuidadoso, despierte iras y odios encendidos. El bueno de Schonberg, desde luego, lo hizo con la afirmación mencionada.
Los críticos son, a menudo, despreciados por innecesarios, especialmente por algunos profesionales. Pero, ay, esos mismos los buscan con denuedo luego cuando necesitan que su actividad tenga la necesaria repercusión pública. Porque al final, quiérase o no, el artista necesita al público. Hace muchos años, cuando el que suscribe empezaba en estos menesteres, la crítica vivía buenos momentos. Recuerdo la época en que en los medios de prensa diaria (ABC, El País, muchos otros) tenían varios críticos en plantilla. Se cubrían todos o casi todos los eventos de relevancia. Había también críticos ilustres y muy bien formados e informados en la prensa internacional. Recuerdo bien la agudeza de Edward Greenfield o el conocimiento de Stanley Sadie, por ejemplo.
Pero en estos momentos, conviene preguntarse eso de ¿Quo vadis, crítica? ¿Hacia dónde vamos? En buena parte del meollo se encuentra esa pregunta peligrosa: ¿Para qué, más allá del mero componente informativo, que puede despacharse en un par de líneas? ¿Es útil ese componente de opinión, de análisis? Para algunos cabe imaginar que sí. Poniéndome en el lugar de “destinatario”, que es el que tuve durante muchos años desde que de chaval me sumergí en este mundo de la clásica, debo confesar que aprendí mucho de bastantes críticos de la época (el aprendizaje incluyó, claro está, cosas que no debían hacerse), de cómo apreciarlas, cómo detectar lo que se destacaba o ponía en cuestión, cómo explicarlas. Porque aquellos críticos escribían bien, muy bien, de hecho. Otra cosa que parece estar, con honrosas excepciones, en decadencia.
Pero ¿tiene cabida este planteamiento en el momento actual, y más aún en el futuro?
Permítame el lector de estas líneas que exprese una mezcla de escepticismo y pesimismo sobre el particular, porque tal vez el curso de la crítica no haga sino seguir el de la cosa musical misma, incluso el que globalmente sigue la sociedad. Hace muchos años se me antojó preocupante, aunque en su momento me pareció un simple hecho puntual, comprobar que artistas que entonces empezaban su carrera se preocupaban más de la apariencia que del contenido. Aquel Lang Lang adolescente, confesando en sus principios que estudiaba frente a un espejo para analizar su lenguaje facial, era todo un aviso de hasta qué punto la apariencia iba a tomar el lugar preferente, incluso el único, en la lista de prioridades. “Mal empezamos si en lugar de perseguir la penetración en la esencia de las obras, como se le supone a un adolescente que empieza su carrera, hacemos del estudio la preparación de una actuación teatral de mímica”, reflexioné.
Pero también pensé que quizá aquello era un hecho puntual. Lamentablemente el tiempo ha demostrado cuán equivocado estaba, y hemos asistido (y continuamos haciéndolo) al triunfo de la apariencia, sea ésta de postura, de vestimenta, o de lucir el físico (que de eso también hay). Artistas sin mucho que decir, pero con mucho que mostrar, llenan salas, mientras otros, notablemente más interesantes, pero también más discretos, no consiguen hacerlo.
¿Qué tiene esto que ver con el estado de la crítica? Mucho, diría yo. Porque si al público se le lleva hacia la apariencia, el asombro ante la perfección ejecutora y el refulgente brillo de lentejuelas o charol, lo más probable es que en paralelo decrezca el interés por una escucha más concentrada en la enjundia. Si la crítica, en lugar de resaltar la inanidad de lo insustancial, la exalta, mal asunto. La apariencia, el negocio, la venta de entradas, además, necesita propaganda, es decir, “artículos de futuro”. Lo pasado, pasado está. Y la consecuencia es… que la crítica deja de interesar. Pasan, en cambio, al primer plano de interés “los previos”: reportajes, entrevistas, artículos con el perfil del artista de turno, ANTES del concierto. Después, aquí paz y allá gloria.
Hay una buena cantidad de artículos, especialmente en la prensa anglosajona, que anuncian el responso por la crítica musical. La reducción de las reseñas (incluido el despido de los críticos correspondientes) en la prensa diaria está ya ocurriendo a nivel internacional, incluso en países mucho más avanzados musicalmente que el nuestro. El gerente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera se quejaba amargamente no hace mucho de que los conciertos de su orquesta (una de las mejores del mundo) estaban siendo cada vez peor cubiertos por la prensa diaria. La web del Institute of Arts and Ideas (una ONG con base en el Reino Unido fundada en 2008 por la filosofo Hilary Lawson) publicó recientemente un sesudo análisis firmado por Guy Dammann (crítico musical del Times Literary Supplement e Investigador en la Universidad de Uppsala) y Elisabeth Schellekens (Catedrática de Estética en la misma Universidad). El título del artículo ya pone en guardia de lo que viene: “El fin del crítico y el auge de los nuevos guardianes – ¿Quién vigila a los guardianes?”
La entradilla del artículo solo acrecienta la piloerección: “Se deplora con lamento el declive del crítico profesional, considerándolo equivalente a la muerte de la crítica. Aunque resulta tentador celebrar esto como una victoria democrática de Internet, Guy Dammann y Elisabeth Schellekens sostienen que el control cultural no ha desaparecido, sino que simplemente ha cambiado de forma. La autoridad ha pasado de los editores de los periódicos de gran formato a una red de algoritmos, podcasters y foros especializados. La crítica no ha muerto; simplemente ha evolucionado. Nuestros guardianes modernos tienen un aspecto totalmente diferente, pero nuestra dependencia de ellos demuestra que seguimos necesitando desesperadamente la crítica para asimilar nuevas ideas y cohesionar nuestra cultura.”
El problema de este planteamiento es, justamente, que responde bien a lo que estamos viviendo, al menos a una parte. Se junta, como diría el castizo, el hambre con las ganas de comer. Esa “victoria democrática de internet” (por mucho que algunos podamos pensar que ni es victoria ni es democrática) se da la mano con la creciente pérdida de espíritu crítico en buena parte del público, trufada con ese mal de nuestros días que es la suma de inmediatez, brevedad y simpleza. Suma que con frecuencia aboca a la banalización. En el imperio de los 280 caracteres como límite de extensión, o de los videos de un par de minutos en Tik-Tok o Instagram, ¿quién va a echar un cuarto de hora para leer una crítica más o menos seria, argumentada e informada? La respuesta es: cuatro gatos.
Añadamos al cóctel el hecho de que los propios promotores centran su interés en la venta de entradas, de forma que es “lo previo” lo que gana: entrevistas, reportajes. De hecho, un crítico de un medio importante en nuestro país, en un reciente diálogo informal con el que suscribe, se refería, respecto a cobertura de un evento, a entrevista y reportaje en igualdad de términos con la reseña del susodicho. Por mucho que nos pueda parecer, con toda la razón, que no es lo mismo llamar la atención sobre un evento entrevistando al artista de turno que reseñar cómo ha discurrido su actuación. Lo primero se acerca a la publicidad. Lo segundo es un análisis de esa actuación. Pero se hacen equivalentes. “Lo hemos cubierto” (falta añadir “da igual cómo”).
La cosa, como cabría esperar, está teniendo sus consecuencias. En septiembre de 2025, un artículo de Norman Lebrecht en The Critic, publicado posteriormente en SCHERZO comentaba el despido, apenas un par de meses antes, de los críticos de clásica y de pop del New York Times, que al mismo tiempo también daba puerta al crítico jefe de teatro. Apuntaba Lebrecht, con razón, que el motivo esgrimido para el cese resultaba más alarmante que el cese mismo. Un memorándum de la editora de cultura del NYT, Sia Michel, advertía que “las nuevas generaciones de artistas y público están pasando por alto las instituciones tradicionales” —el New York Times—, mientras que “los smartphones han balcanizado las comunidades de fans”. Lo que los lectores anhelan, en opinión de Michel, son “guías de confianza que les ayuden a entender este panorama tan complicado”. No me pregunten qué es eso, a mí me suena a buenismo políticamente correcto, qué le vamos a hacer.
¿Quo vadis, crítica? En España también hemos asistido, como señalaba antes, al progresivo declive de esta actividad. Hace años, decía, los grandes diarios generalistas cubrían casi todo lo que ocurría; hoy apenas dos o tres de los editados en Madrid publican crítica, y el porcentaje de eventos reseñados está muy lejos del de antaño. El resto, sencillamente, ignora el asunto o se limita a los “previos”: reportajes y entrevistas. La crítica parece estar, en suma, en peligro de extinción, y no parece haber voluntad de salvarla. Peor aún: la irrupción de la inteligencia artificial puede agravar el problema. La IA puede ser una herramienta útil para redactar y estructurar textos, pero, como en tantos otros ámbitos, conviene echarse a temblar si se cede a la tentación de sustituir con ella a quienes escriben sobre música, suponiendo —y quizá sea mucho suponer— que éstos estén suficientemente preparados para hacerlo (aunque también pueda ser mucho suponer que la IA lo esté).
Lo mismo cabe decir de la divulgación, invadida ya con demasiada frecuencia por la simpleza y la obsesión por la brevedad y el simplismo, hasta alcanzar a veces tonos casi infantiles. Solo faltaba que se propusiera la intervención de la IA en los programas de mano, y ya la tenemos aquí: las orquestas estadounidenses están valorando sustituir las notas de los programas de concierto por “material generado mediante IA”. Para echarse a temblar. En fin, cuarenta años desde aquella primera crítica publicada por el firmante en junio de 1986 en Scherzo. Desde luego, no viviré otros cuarenta; pero, si esta actividad sigue acercándose a su desaparición a este ritmo, quizá sí alcance a ver su responso.
Rafael Ortega Basagoiti


