MADRID / Un trepidante Prokofiev cierra el primer concierto de la Filarmónica de Nueva York

Madrid. Auditorio Nacional. 13-XII-2026. Ibermúsica 2026-27. Orquesta Filarmónica de Nueva York. Director: Gustavo Dudamel. Orfeó Català. Director: Xavier Puig. Cor de Noies de l’Orfeó Català. Directora del coro: Montserrat Meneses. Cantores del Cor Infantil de l’Orfeó Català. Directora del coro: Glòria Coma i Pedrals. Obras de Di Castri, Adams y Prokofiev.
Se abrió por todo lo alto la temporada 26-27 de Ibermúsica, con una orquesta que se presentó por primera vez en el ciclo hace más de cincuenta años (1973) pero que hacía ya la friolera de dieciséis (desde 2010) que no actuaba en la serie: la Filarmónica de Nueva York (NYPO). Fundada en 1842, es la más antigua del grupo llamado “big five”, las cinco grandes orquestas de los Estados Unidos (las cuatro restantes son las Sinfónicas de Boston y Chicago, la Orquesta de Filadelfia y la de Cleveland).
Aunque por su podio han pasado las batutas más ilustres, desde Mahler a Lorin Maazel (que justamente presidió el estreno de la obra de John Adams que se escuchó hoy también) o Kurt Masur, pasando por Mengelberg, Toscanini, Bruno Walter, Mitropoulos, Bernstein o Boulez, la historia de la centuria neoyorquina no ha estado exenta de algunos sobresaltos, y las últimas etapas, lideradas por Alan Gilbert (2009-17) y Jaap van Zweden (2018-24), no han resultado especialmente brillantes.
En septiembre de 2026 (es decir, anteayer como aquel que dice) se inició el mandato del venezolano Gustavo Dudamel como director titular y artístico, tras una trayectoria exitosa como titular en Los Ángeles, que corrió en paralelo con otra, bastante menos afortunada, al frente de la ópera de París. Dudamel, ya lo hemos apuntado en ocasiones anteriores, tiene talento y carisma, y aunque esos ingredientes no lo son todo, sí tienen especial impacto. La ocasión era especial, qué duda cabe, y la sala llena hasta arriba (con ese programa) y hasta la presencia del ministro Urtasun eran buena muestra de ello.
Algunos se sorprenderán, y otros se complacerán, en que los programas planteados por el maestro de Barquisimeto tengan poco de convencional. En el primero, objeto de este comentario, ocupaban la primera parte sendos estrenos en Madrid: Invisible House, obra encargada por la orquesta (y por la Filarmónica de Los Ángeles), compuesta por la canadiense Zosha Di Castri (Calgary, 1985), y On the transmigration of souls, de John Adams (Worcester, 1947), la partitura compuesta en memoria de las víctimas del terrible atentado del 11 de septiembre de 2001.
En la segunda parte, una sinfonía que pudimos escuchar, en enero, en este mismo ciclo, a Gustavo Gimeno con la Sinfónica de Toronto, la Quinta de Prokofiev, y que puede considerarse más habitual… sin que tampoco sea de todos los días. El dato es bien explícito: diez interpretaciones en este ciclo en los últimos cuarenta y tres años. Lo dicho, programa, pues, de poca o ninguna concesión.

Invisible House, cuyo estreno absoluto tuvo lugar en Nueva York hace apenas un mes, es una página de 15 minutos inspirada en las raíces ucranianas de Di Castri. Partitura que une melodías folclóricas (debidamente, permítaseme la expresión, distorsionadas) con la inspiración de versos del poeta de origen ucraniano Ilya Kaminsky. Lo señala con acierto Benjamín G. Rosado en sus excelentes notas: “Invisible House puede escucharse, al mismo tiempo, como una llamada urgente a la acción, una plegaria, una liberación de lo salvaje y un canto ritual que busca reconectar con un hogar ancestral perdido”.
Y más allá, la propia Di Castri apunta, como nos recuerda Rosado, que “La partitura evoca no sólo la vida interior que construimos para resistir la agitación del mundo, sino también esos espacios de encuentro colectivo que no siempre dependen de un lugar físico…La música recoge asimismo la tradición del canto popular polifónico ucraniano, caracterizado por una emisión abierta, brillante y poderosa, concebida para resonar a través de los paisajes rurales y trasladada aquí al lenguaje de la orquesta”. El título procede del poema de Kaminsky titulado We Lived happily during the war, y el texto de los primeros versos de ese poema es bastante explícito:
Vivíamos felices durante la guerra,
Y cuando bombardeaban las casas de otros,
protestábamos, pero no lo suficiente; nos oponíamos, pero no lo suficiente.
Yo estaba en mi cama, y a mi alrededor Estados Unidos se derrumbaba: casa invisible tras casa invisible tras casa invisible.
Sin embargo, la impresión que dejó la escucha, al menos a quien esto firma, es la de que el intento de crear cierta atmósfera con ritmo y colorido orquestal (abundante y bien utilizada percusión) atractivos, parece más acertado en cuanto a acercar esas raíces folclóricas que a que eso conecte con los tiempos tempestuosos que los versos reflejan. No hay, o al menos quien suscribe no lo apreció, alusión a especial desolación o estremecimiento, a tensión o esfuerzo resiliente, en una música que se antoja de cinematográfico pero no del todo emocionante discurso. La orquesta, firmemente dirigida por Dudamel (esta vez, con partitura), respondió admirablemente, pero la acogida del público resultó gélida, con apenas tibios y educados pero cortos aplausos al final.
Otro asunto bien diferente es On the Transmigration of Souls, obra compuesta por John Adams en homenaje a las víctimas del 11-S, que estrenó en su día (como comentamos antes) Lorin Maazel y que fue distinguida con un Pulitzer y tres Grammy. Lo cuenta con claridad Rosado en sus notas: “Desde su casa de Berkeley, en California, Adams quedó impresionado por la violenta ventisca de papeles que provocó el impacto del primer avión contra la Torre Norte. “Todos esos documentos y memorandos y cartas, faxes, hojas de cálculo y otros registros de la actividad humana me sugirieron una densidad de textura que quería capturar en la música, pero casi en cámara lenta, como una imagen congelada”, explica el compositor.”
Y en efecto, al abundante coro y una orquesta de amplio y variadísimo contingente se une una cinta grabada que suena en altavoces repartidos por toda la sala. Se escuchan en ella el tráfico, las sirenas, frases, nombres, y una voz que responde a cada ausente con un sobrecogedor “missing” (desaparecido), sobre un fondo de metales (trombones y tubas) especialmente ominoso. El coro nos lleva a fragmentos de mensajes que en si mismo ponen un nudo en la gargante (“te quiero”, “te echamos de menos”, “nunca te olvidaremos”). La quintaesencia del dolor. Algún apabullante crescendo orquestal brinda la dosis esperable de desgarro, pero en su mayor parte la obra se mueve en el estremecimiento, la congoja, incluso cuando el coro lanza una de sus más rotundas entradas sobre las palabras “quería desenterrarlo, se exactamente dónde está”.
Adams pretendió conseguir la atmósfera y, como compositor diestro en el género operístico, lo consiguió plenamente. Las voces en los altavoces listando a todas las víctimas de la tragedia sobre el suave canto del coro, el doliente y desvanecido final sobre las palabras “I love you”, de nuevo con el sonido inquietante y suave del viento, pone el toque final a una obra cuyo impacto es difícil de negar y que, creo, es de las que hay que escuchar en vivo. La mezcla de sobrecogimiento y desconcierto que supone la escucha simultánea de esas voces en los altavoces (nunca estridentes, por cierto, sino habladas desde la serena tristeza) con lo que llega desde el escenario es algo que, creo, solo puede experimentarse en su plenitud mediante la escucha en vivo.

Formidable prestación del Orfeó Català (con sus tres formaciones), una de cuyas componentes sufrió un desvanecimiento que requirió atención “in situ” aunque sin que el concierto se interrumpiera. Espléndida también la orquesta (los metales y la percusión son una maravilla). Y, claro está, la respuesta del público (algunos en parte algo desconcertados por lo ocurrido a la componente del coro) fue totalmente distinta, mucho más calurosa. Es lo que tiene cuando se despiertan las emociones. Dudamel dirigió con vibrante y sentida implicación, y la orquesta, para la que la partitura sin duda tiene un significado especial (con toda lógica), respondió admirablemente.
La segunda parte la ocupaba la Quinta sinfonía de Prokofiev. Como ya comentamos en su día cuando Gimeno la dirigió en este mismo ciclo, pocos dirían que fue escrita en pleno horror de la segunda guerra mundial, en 1944. Hay muchos momentos, además del plácido inicio, en el que dominan bonitas melodías de carácter lírico, y la obra encuentra también ocasión para el reciclaje (el trio del allegro marcato está tomado de su propio ballet, La Cenicienta). También hay espacio para la espectacular, brillante grandeza (el tramo final del primer movimiento), el misterio, un punto lúgubre (tercer movimiento, el que tal vez se asoma más a la atmósfera que sería esperable en el contexto temporal en el que se alumbró la obra) y una exuberancia que se mezcla con momentos en los que se sugiere una grotesca amargura. La coda, tremenda, es de arrebatadora intensidad.
Gustavo Dudamel es maestro que transmite energía y vibración, arrastra con facilidad orquestas y público, y se mueve como pez en el agua en las páginas de gran colorido orquestal y rítmico, aunque en ocasiones pueda echarse de menos la medida última de la sutileza o la especial nitidez de texturas. Dirigió la sinfonía de Prokofiev, siguiendo su costumbre (hoy rota en las obras de Di Castri y Adams), de memoria (la tiene espléndida), con ese gesto de diáfana expresividad y precisión en el ritmo.
Dibujó con tino la afabilidad lírica del comienzo, aunque en este Andante inicial a menudo los brillantes metales de la Filarmónica neoyorquina predominaron demasiado sobre la cuerda. Como cabía esperar, el pasaje más movido de ese primer movimiento fue el de resultado más redondo en lo que a la expresión se refiere, algo que también puede decirse de su rotundo final (que despertó aplausos). Vibrante, con contagioso impulso de ritmo (dibujado con exquisita precisión por la cuerda neoyorquina) el allegro marcato, quizá, junto al tramo final de la obra, uno de los momentos más conseguidos de una interpretación en todo caso muy notable. Brillaron aquí madera, trompas y trompetas.
Lo mejor del Adagio, correctamente planteado pero que pudo haberse asomado más a la faceta más sombría que contiene, fue el clímax, adecuadamente dramático, pero el più lento poco antes del final quedó estupendamente delineado, y la conclusión, irreprochablemente matizada. Sobresaliente el allegro giocoso final, amable en el fugaz recuerdo al primer tiempo, luego presidido por un vigor rítmico y una agilidad y trepidación envidiables. Lucieron aquí el magnífico y ágil empaste de la cuerda, exigida, y las maderas (formidable el solista de clarinete).
Dudamel, como cabía esperar, imprimió toda la energía y electricidad esperables en el arrebatado final de la obra, con la orquesta, como en toda la velada, respondiendo a las mil maravillas. El entusiasmo, ahora sí, estaba servido. Éxito de los grandes, que provocó el regalo (deliciosamente tocado por la cuerda neoyorquina) del segundo movimiento, el Vals, del Divertimento de Bernstein.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Todd Rosenberg)


