Quizá hay esperanza, gracias a Newton

Supongo que no hace falta que les recuerde la cantidad de etapas que la sociedad actual ha recorrido en el camino hacia la supina estupidez intelectual. Lo está haciendo con una diligencia que hubiera encontrado sin duda uso más provechoso en propósitos de mayor altura de miras. Pero ya me lo comentaba el gran director estonio Paavo Järvi, cuando charlé con él, largo y tendido, hace más de un año: “Es un momento muy interesante de la historia. Por un lado, estamos muy evolucionados en cuanto a tecnología y, al mismo tiempo, si nos fijamos en lo que está ocurriendo a nuestro alrededor… diríamos que estamos volviendo a los tiempos menos positivos de la historia.” Es la manera diplomática de decir que cada vez está la humanidad más cerca del desierto intelectual, que a su vez es la forma amable de decir que nos estamos volviendo tontos del todo.
En la cosa musical, los hechos dan, de manera incontestable, la razón a Järvi. Por eso hemos visto intentos, consumados o no, de sabotear la participación de estudiantes en la interpretación del Ave Verum de Mozart, en Lourdes, bajo la dirección de Muti, por “atentar contra la laicidad del estado”. Hemos asistido después, atónitos, a la cancelación de la interpretación de Israel en Egipto de Haendel, porque, según la nota emitida por el Coro RIAS, que lo iba a cantar, “en el oratorio, hay un poder unilateral y omnímodo, que está representado principalmente por el coro”, aludiendo después a la actual guerra en Oriente Medio. Haendel, censurado porque en esa parte del mundo se ha liado parda. No les hago la lista de las barbaridades canceladoras ocurridas o intentadas en el mundo de la ópera, o las acontecidas con el trasfondo del color de la piel, desde las famosas “apropiaciones culturales” a las censuras de obras debussyanas con títulos pretendidamente racistas. La relación es, simplemente, demasiado larga. Y, sobre todo, fatigosa en extremo. Al que suscribe, al menos, le agota.
En los últimos días, una nueva pirueta demostrativa de la penosa pobreza de espíritu y abrumadora bajura de miras (sí, bajura, porque hablar de altura en este caso es, indiscutiblemente, un disparate) nos ha sacudido de nuevo. Se hacía eco Norman Lebrecht en su blog de una noticia aparecida en el diario finés Helsingin Sanomat. La susodicha tiene su lado bueno y su lado malo. Empecemos por el malo, por aquello de que los malos tragos, cuanto antes, mejor. Es la noticia en sí: un colegio de secundaria de Uusima ha cancelado un concierto en el que se iba a interpretar El Mesías de Haendel a cargo de la Orquesta Barroca Finlandesa [en la foto] y el Coro de Cámara de Helsinki, “por temor a que sus temas religiosos pudieran ofender a algunos alumnos”.
Profundizando en el despropósito, el diario finés apunta a que la cancelación pudo tener su origen en otro incidente, asimismo demencial, denunciado recientemente en Hämeenlinna. Allí se recomendó a la ciudad el pago de una indemnización de 1.500 euros “por discriminación contra un alumno de primaria no religioso, porque el concierto de 2022 incluía canciones religiosas sobre temas como la muerte, la crucifixión y la expiación de los pecados a través del cristianismo”, según el demandante.
Ya estoy viendo la lluvia de exabruptos y juramentos varios que habrán salido de la boca de más de uno. Muy justificados, desde luego. Incluso es posible que alguno haya salido en arameo. Pero así estamos. Con estos bueyes hay que arar, que decía el clásico. Y se preguntarán ustedes: ¿de verdad hay lado bueno?
Pues miren, igual sí. Quiero pensar, tras ver lo que les voy a relatar ahora mismo que, en medio de esa desertización del intelecto antes aludida hay, como se dice ahora de forma harto cursi, brotes verdes. El brote verde de la ocasión es que, albricias (no vaya a ser que si pongo “alabado sea el Señor” alguien se ofenda y la tengamos), se ha producido una reacción pública, de la que también han participado, nunca es tarde si la dicha es buena, los políticos. Sí, levántense, que ya entiendo que se habrán caído de la impresión, porque eso de que un político reaccione con sentido común va siendo noticia de primera plana (de hecho, qué cosas, lo ha sido). En este caso, la ministra Sanni Grahn-Laasonen, antes encargada de Cultura y ahora con la cartera de Seguridad Social, lo expresaba con una contundente pregunta retórica: “¿Qué clase de sociedad es ésta en la que no se permite a los escolares escuchar un concierto barroco y aprender sobre historia cultural?”
La pregunta se contesta sola, claro. Y con una palabra malsonante que empieza por m y tiene que ver con el desecho digestivo. Esta sociedad está, lo he defendido bastantes veces, profundamente enferma. Su enfermedad se llama estupidez. Estulticia que nos viene asolando, con demoledora energía, desde hace ya años. Pero, gracias al cerebro de Isaac Newton, tenemos esperanza en que surta efecto su tercera ley, el principio de acción y reacción. Aplicado a lo que nos ocupa, bien podría apodarse ley de la testarudez. Tanto más cabezotas sois, apóstoles autoerigidos de lo políticamente correcto, en el empeño de desertizar nuestros cerebros, tanto más porfiaremos quienes no tragamos con ese singular evangelio. Lo haremos, es más, con persistente y granítica tozudez, exactamente en la dirección contraria y con la misma fuerza. Incluso, tal vez más allá de Newton, ojalá sea posible, con una fuerza superior. En lenguaje más castizo: que se trague vuestras milongas Rita, la cantaora. Que la razón prevalezca sobre esta fanática e intelectualmente desecadora simpleza parece, creo, un propósito loable. Así que, a ello.
Rafael Ortega Basagoiti


