¿Qué es una mano?

¿Qué es una mano?

Hace cien años se publicó el Tratado lógico-filosófico de Ludwig Wittgenstein, destinado a ser un texto canónico en la filosofía del siglo XX. Se dio a conocer en Inglaterra, por gestión de Bertrand Russell, ya que en los países germánicos no hallaba quién lo hiciese. En rigor, lo desconcertante del texto, abundante en metáforas y expuesto a ser considerado mera literatura, explica estas dificultades. Escrito en los años de la guerra mundial, en parte desde sus mismas trincheras, su estructura fragmentaria y, en cierto modo, despedazada, resultaba ser la enésima figura de aquella Europa.

En efecto, Wittgenstein opta por un pensamiento en pedazos, sin estructuración de conjunto, a menudo contradictorio y autocrítico hasta la acidez. Por aquellos años, algunos filósofos proponían proseguir la tarea sistemática del siglo anterior. El más notorio y rotundo fue Husserl. También lo intentaron cumplidamente Hartmann, Jaspers y en cierta medida Cassirer. En otros casos, como Croce, Sartre, Heidegger y Ortega y Gasset, hay un esquicio de sistema, pero, paradójicamente, sólo concretado en amplios fragmentos.

El estilo de Wittgenstein resultaba poco institucional. En realidad, el pensamiento fragmentario exhibía una prolongada tradición, a partir de los presocráticos, pero de Aristóteles en más se impuso el criterio de que la filosofía era ambiciosa hasta cubrir toda la realidad y habría de formularse en un lenguaje profesional, digamos que ostensiblemente técnico. En nuestro hombre, por el contrario, filosofar es admitir los propios límites y exhibirlos como parte del discurso. Es así que se le atribuye la siguiente escena. Preguntó a sus alumnos: ¿Qué es una mano? En lugar de desarrollar una descripción, se calló la boca, levantó un brazo y mostró una mano.

La viñeta contiene, de algún modo, la epistemología wittgensteiniana, es decir su ‘saber del saber’. Tenemos del mundo las noticias que nos proporciona el lenguaje, que sólo nombra géneros y no objetos radicalmente concretos. De lo demás conviene callarse. Por eso, con rapidez, nuestro escritor fue incorporado a la filosofía analítica y al positivismo lógico: la filosofía es un ejercicio de explicar palabras por medio de palabras, a partir del código de una lengua. En este cruce es donde Wittgenstein fija, acaso sin proponérselo, un tema radical del pensamiento: la escisión entre lo que la palabra puede y no puede decir, la diferencia entre lo efable y lo inefable. En la existencia misma del lenguaje se advierte el candente fenómeno. Cuando hablamos gesticulamos, aplicamos tonos, sonidos levemente musicales, modulaciones que atrapan los empujes de nuestros sentimientos e impulsos (o pulsiones, si se prefiere). No son racionales, pero producen efectos razonables. Ahí tenemos la música, la pintura, la arquitectura, decisiones formales intuitivas que se resuelven con signos y técnicas extremadamente racionales.

Hay otras derivas de Wittgenstein. Se puede afirmar que con su mano inefable está privilegiando lo irracional y proponiendo una mística. Es cierto que, en lo personal, él tuvo siempre inquietudes religiosas, pero habría que ver si trascienden sus tareas como pensador, más allá de la anécdota biográfica. En plan frívolo, se intentó señalarlo como una excepción a su gremio: era hermoso y homosexual. A estas someras líneas rememorativas no les caben ninguna de las dos cosas, ni el retrato de familia ni la definición categórica de Wittgenstein en la historia intelectual del siglo XX. Más bien diría que, a mano alzada, nos detiene para meditar, nos aconseja que no nos desmesuremos, tal vez nos pida que lo leamos como quien dice: “Aquí estoy”.