Precocidad francesa

Precocidad francesa

Los franceses hace ya tiempo que consiguieron no solo ser los más numerosos, sino los más fiables interpretando música antigua. Concretamente, música barroca. Pero de un tiempo a esta parte también han logrado algo incluso más digno de admiración: ser los más precoces. Hoy ya no es nada infrecuente ver a músicos franceses menores de treinta años dirigiendo a sus propios grupos en cualquier rincón del mundo o grabando para los sellos discográficos más prestigiosos.

Raphaël Pichon, por ejemplo, creó el Ensemble Pygmalion cuando tenía 22 años y solo unos meses después sus grabaciones de las Misas luteranas de Bach para el sello Alpha dejaban estupefacto al más pintado. Antes, a Pichon le había dado tiempo a formar parte de los Petits chanteurs de Versailles, a estudiar violín, piano y clave, y a cantar como contratenor a las órdenes de directores como Ton Koopman, Jordi Savall, Gusta Leonhardt, Paul Agnew, Jean Tubéry, Vincent Dumestre, Sébastien d’Hérin o Gilbert Bezzina, con quien grabó La Giuditta de Alessandro Scarlatti para el sello Dynamic (único testimonio superviviente de su etapa contratenoril).

Thomas Dunford comenzó a tocar profesionalmente el laúd con algunas de las más prestigiosas formaciones francesas cuando apenas tenía 14  años. Cuentan que, en los descansos de los ensayos, le daba a los videojuegos sin parar, que es lo propio de un chaval de esa edad. Dunford acaba de cumplir los 31 años, pero hace ya algún tiempo que fundó su propio grupo, Jupiter, del que precisamente ahora Alpha publica su primer registro, con obras de Antonio Vivaldi (advertencia: no se les ocurra perderse esta grabación por nada del mundo).

En la aventura de Jupiter, a Dunford le acompaña desde el principio su amigo de niñez Jean Rondeau (tres años menor que él), acaso el mayor prodigo clavecinístico surgido en lo que llevamos de siglo XXI. Empezó a tocar el clave con 6 años y no hubo que pasar mucho tiempo para que empezara a dar conciertos en público.

Caso parecido al de Rondeau es el de otro clavecinista, Justin Taylor. Tiene solo 27 años, pero ya le ha dado tiempo para hacer un buen número de grabaciones tanto a solo como con el grupo que creara, Le Consort, en 2017. Solo unos meses más tarde, Le Consort ganaba el primer premio del Concurso Internacional de Música Antigua del Valle del Loira, cuyo jurado estaba presidido ni más ni menos que por William Christie. Precisamente el segundo premio de aquel concurso fue para un grupo español hoy ya plenamente consagrado: L’Apothéose.

Pero ningún caso de precocidad es equiparable al del violonchelista, violagambista y director Valentin Tournet [en la foto], de quien acaba de aparecer su primera grabación, en el sello Château de Versailles Spectacles. Tournet tiene 23 años y fundó con 20 La Chapelle Harmonique, que hoy triunfa dentro y fuera de Francia. A nada que se molesten en navegar por YouTube, comprobarán que hay vídeos suyos tocando la viola da gamba (y muy bien, por cierto) cuando solo tenía 9 años.

Sin embargo, el punto de inflexión en la incipiente carrera de Tournet sirve para explicar el porqué de la precocidad de estos grandes intérpretes franceses. Con 16 años, Tournet se presentó un buen día en el Palacio de Versalles y pidió ser recibido por Laurent Brunner, director de Château de Versailles Spectacles y de la Opéra Royal. “Me llamo Valentin Tournet y quiero dirigir la Pasión según San Juan”, le espetó. Lejos de darle largas, Brunner se interesó por la propuesta: “¿Y por qué quiere un muchacho de 16 años dirigir la Pasión según San Juan en Versalles?”. “Pues porque la vengo cantando, tocando y dirigiendo desde que tenía 13 años; me la sé de memoria”, respondió Tournet sin inmutarse.

Otro cualquiera se lo habría tomado a broma, pero Brunner se puso a buscar patrocinadores (lo siento: odio la palabra sponsor) para acometer un proyecto que, en principio, parecía de locos. Aparecieron los patrocinadores y fue un éxito. En diciembre del pasado año, Tournet dirigió en la Capilla de Versalles un programa bachiano: el Magnificat BWV 243a y las Cantatas BWV 61 y 63 (obras que figuran en el disco que ha grabado, brutalmente bueno). Y no se crean que se pusieron a sus órdenes cantantes del montón. Más bien,  todo lo contrario: las sopranos Marie Perbost y Hana Blaziková, la contralto Eva Zaïcik, el tenor Thomas Hobbs y el bajo Stephan MacLeod. Es decir, la créme de la créme de la interpretación bachiana. Para la presente temporada. Tournet tiene programadas tres actuaciones en Versalles: este mes de noviembre, Les indes galantes de Rameau, en el Teatro; y en la Capilla, el Magnificat BWV 243 y las cantatas BWV 61 y 147 (diciembre) y los Motetes (mayo).

¿Por qué los programadores franceses confían en directores tan jóvenes y por qué los programadores españoles huyen como de la peste cuando huelen algo que tenga que ver con juventud? La respuesta es bien sencilla: en Francia hay filántropos que están deseando ayudar a la gente que empieza. En Francia la música vive del dinero de particulares. En España, en cambio, la mayor parte de la música está subvencionada con dinero del Estado central, de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos. En España el programador no está por ayudar a los jóvenes, porque los jóvenes no tienen nombre y, si el que toca no tiene nombre, no va público a escucharlo. En Francia se apuesta por la cultura y en España se apuesta por las salas llenas, aunque sea a costa de programar año tras años a los mismos de siempre tocando las mismas cosas de siempre.

Desgraciadamente, es impensable que España surjan filántropos como en Francia. En primer lugar, porque llevamos décadas mareando la perdiz de la Ley de Mecenazgo, sin que nadie se atreva a apretar el gatillo de la escopeta para cazarla. En segundo lugar, porque los ‘millonetis’ españoles no están por la labor de apoyar causas intangibles. La música suena y, nada más haber sonado, se evanesce (salvo que quede grabada). Si los ‘millonetis’ españoles invierten en cultura, lo hacen en cuadros o en esculturas, no porque les gusten más las artes plásticas, sino porque un cuadro o una escultura se revaloriza con el paso de los años y, si viene una crisis económica, siempre tienen la opción de vendérselo a otro ‘millonetis’ que tenga más dinero que ellos. Me lo explicó hace años uno de los empresarios más exitosos (y famosos) de este país, mientras me mostraba la gran colección de pintura contemporánea que atesora en el sótano del edificio que es sede social de su empresa: “El día que vengan mal dadas, vendemos los cuadros y no hemos perdido un euro”. Pero la música no se puede revender.