POTSDAM / Locura de amor en el ‘Orlando generoso’ de Steffani, con Dorothee Oberlinger al frente
Una vez más, resultan dignos de admiración el fino instinto y la pasión por el descubrimiento que demuestra el Musikfestspiele Potsdam Sanssouci bajo la dirección artística de Dorothee Oberlinger. Este verano, el festival ha presentado una auténtica rareza: una ópera del compositor Agostino Steffani, nacido en 1654 y maestro de capilla en la corte de Hannover. Su Orlando generoso, que se estrenó en 1691 en el teatro de ópera del palacio hanoveriano, pudo escucharse ahora como producción escénica de esta edición del festival.
El libreto de Ortensio Mauro se inspira en el Orlando furioso de Ariosto y relata las peripecias de varias parejas condenadas a la falta de comunicación. Entre ellas, Ruggiero y Bradamante, cuya unión trata de impedir el poderoso mago Atlante, y la princesa china Angelica, hija de Galafro, que mantiene un amor secreto con Medoro. Orlando, perdidamente enamorado de Angelica, se precipita a la locura, víctima de una pasión imposible.
La directora de escena germano-británica Jean Renshaw ha trasladado la acción al presente, despojándola por completo de cualquier colorido histórico o exótico, y llenando la escena de smartphones y armas de fuego. La sobria escenografía diseñada por Alfred Peter se limita a mostrar, entre dos muros blancos, una gran mesa, que terminará convirtiéndose en escenario para los interludios coreografiados. Protagonizadas por Brunello (Martin Dvořák) y Melissa (Katharina Weidenhofer), estas escenas estarán repletas de contorsiones corporales extravagantes y simuladas agresiones físicas. Para estos interludios se recurre a otras páginas de Steffani: la Sonata da camera à 3 y fragmentos de su ópera Niobe, regina di Tebe, que en 2010 conoció un montaje memorable en la Royal Opera House de Londres.

Dorothee Oberlinger, junto a su asistente Olga Watts y la propia directora de escena, se encargó de recuperar y preparar el material de la versión representada. Al frente de su Ensemble 1700, ubicado al fondo del espacio escénico, Oberlinger supo hacer brillar la música multicolor de Steffani, de espléndidos dúos, arias dolientes y una instrumentación de gran riqueza.
La producción alcanzó un nivel excepcional gracias a un reparto ejemplar. Los cantantes, ataviados con uniformes, trajes de negocios o vestidos de gala —cada vez más manchados de sangre y suciedad—, se entregaron a la interpretación con una intensidad sostenida y un derroche físico llevado al límite. El renombrado contratenor Terry Wey delineó desde su aria de presentación, In quest’alma, el conflicto interior de Orlando con una claridad conmovedora, y deslumbró con arabescos de coloratura vertiginosos. Su aria de la furia resultó electrizante, impulsada por la orquesta con gran tensión dramática, mientras que su dúo final con Angelica adquirió una fuerza imponente gracias al empuje rítmico del conjunto. En contraste, supo dotar los numerosos lamentos del personaje de una sensibilidad íntima y un fraseo de exquisita delicadeza.

En el desfile de contratenores brilló asimismo el danés Morten Grove Frandsen, un Ruggiero de voz plena y esmaltada, perfectamente integrada en los dúos con Bradamante y Angelica, y que afrontó con solvencia la vehemente aria de los celos. Por su parte, el español Gabriel Díaz encarnó a Galafro con una voz de madurez imponente. En la escena final, cuando Bradamante y Ruggiero se han separado y su hija huye con Medoro, el tirano queda solo y desorientado: una interpretación de gran actualidad del supuesto lieto fine.
Entre las sopranos destacó la francesa Hélène Walter, que perfiló la personalidad de Angelica con una voz rica en armónicos y de cálida expresividad, capaz de momentos de lirismo desbordante gracias a su temperamento dramático. No le fue a la zaga la israelí Shira Patchornik como Bradamante, entregada a un compromiso vocal absoluto. Impresionó por su ataque fulminante en el aria Troppo rapido y conmovió con la delicadeza de S’hò perduto ogni mio bene. La mezzosoprano Natalia Kowalek, de apariencia andrógina y timbre perfectamente adecuado para el papel, fue un Medoro travestido ideal, cuyas arias se desplegaron con una pasión arrebatadora y una admirable riqueza en los matices.
El bajo Sreten Manojlović dotó al cínico Atlante de una voz profunda y poderosa, confiriendo a las arias Non voglio cedere y Ombre del cieco abisso una contundencia imponente. Al término de la segunda función, celebrada el 24 de junio, el público ovacionó largamente a todos los intérpretes, agradecido por la recuperación de esta joya olvidada y fascinado ante el altísimo nivel musical alcanzado.
Bernd Hoppe


