Pisendel, el virtuoso camaleón

Johann Georg Pisendel (1687-1755) ha pasado a la historia como uno de los más extraordinarios violinistas de la época barroca, pero en las últimas décadas hemos ido descubriendo que fue también un excelente compositor. Tras formarse en la capilla de corte de Ansbach con Pistocchi y Torelli, viajó en 1709 a Leipzig no sin antes pasar por Weimar, donde conoció a Bach, que tal vez pensara en él cuando escribió sus Sonatas y Partitas para violín solo. En Leipzig, estuvo involucrado en las actividades del Collegium Musicum de Telemann, al que también conoció en persona. En 1712, ingresó como primer violín en la renombrada orquesta de la corte de Dresde, donde estudio composición con Heinichen y coincidió con otros magníficos músicos como Jan Dismas Zelenka, que a las labores de compositor sumaba las de contrabajista.
Junto con otros músicos de la corte sajona, Pisendel siguió al Príncipe Elector a París (1714) e Italia (1716-17). Aquellos viajes ampliarían de manera considerable sus horizontes musicales. En Venecia, pudo perfeccionarse con Vivaldi, quien le dedicó diversos conciertos y sonatas. Los contactos entre los dos músicos se mantuvieron también tras el regreso del violinista a Dresde; desde allí Pisendel no dejó de pedir a Vivaldi música para su orquesta, en la que a partir de 1728 y hasta su muerte desempeñó el cargo de Konzertmeister.
Tanto esfuerzo al servicio de la música de otros hizo que Pisendel tuviese poco tiempo para cultivar la suya propia. Su catálogo —conformado básicamente por sonatas y conciertos con el violín como protagonista— es muy reducido de acuerdo a los estándares productivos de la época y sólo en los últimos años ha empezado a tener la difusión que merece (entre los más activos impulsores de su obra cabe mencionar también al grupo español Scaramuccia). Pero hay otro aspecto que tal vez afecte injustamente a su grandeza como compositor. Más que elaborar una voz propia, Pisendel supo hacer suyas las virtudes de todos los compositores a los que tocó y conoció. En sus creaciones, Pisendel es una especie de camaleón, capaz de reflejar todas las sugestiones que recibía sin que por ello su personalidad y originalidad se vieran rebajadas. No en vano, se le atribuye ahora una Sonata para violín en Do menor considerada hasta hace poco obra de Johann Sebastian Bach (BWV 1024), mientras que la bella Sonata para violín en Sol menor, de talante italiano, estuvo asignada con anterioridad a Francesco Geminiani.
Un ejemplo apabullante de la capacidad de Pisendel para compatibilizar influencias dispares creando un organismo plenamente personal es el primer movimiento (Vivace) de su Concierto para violín en Re mayor. La estructura del concierto, con su alternancia entre solo y tutti, es vivaldiana así como vivaldianas son las enérgicas progresiones del ritornello inicial. Sin embargo, el impulso rítmico se detiene enseguida para dar paso sorpresivamente, tras una cadencia solista, a un largo episodio [1’10”] que se configura casi como un movimiento lento dentro del movimiento rápido. Esta tendencia a introducir affetti abruptos abriendo paréntesis más o menos largos en el discurso musical es habitual en la música de Zelenka, compañero de Pisendel en la orquesta de Dresde. En otro episodio solista [3’05”], la escritura del violín evoca en cambio a Veracini, otro grandísimo violinista que durante un tiempo permaneció en la corte de Dresde y con quien Pisendel se las tuvo tiesas. El desarrollo de este Vivace viene a ser algo así como un collage de ingredientes dispares que nunca decae en la heterogeneidad estilística y cuyo anómalo crecimiento conforma en cambio un panorama de indudable atractivo.
Tampoco le temblaba a Pisendel el pulso a la hora de intervenir en la música de otros compositores. En el Concierto RV 568 de Vivaldi, escrito para la orquesta de Dresde, Pisendel reemplazó el movimiento lento original en Do mayor por otro en Do menor basado en otro concierto vivaldiano, el RV 202. La reelaboración de la línea solista a través de ornamentaciones cada vez más densas hace de este nuevo “Largo” un ejercicio de reescritura absolutamente personal, donde el violinista alemán convierte la distendida cantabilidad del original vivaldiano en un laberíntico recitativo emocional. Abajo pueden escuchar la versión original de Vivaldi y, a continuación, la profusa ornamentación de Pisendel.
Quienes quieran deleitarse con la pirotecnia de Pisendel pueden acudir al tercer movimiento (Allegro) de su Sonata para violín en Re mayor. Las dotes técnicas que hicieron de él, y con toda razón, el más extraordinario violinista de su época, sobresalen en esta página en donde el apabullante virtuosismo (escuchen a partir de 2’37”) siempre va de la mano con una clara musicalidad y una capacidad constante para sorprender al oyente con giros inesperados. El esquema en tres movimientos y la escritura solista evocan el género del concierto, por lo que no ha de extrañar que el propio Pisendel ampliara más tarde esta sonata y la convirtiera en un verdadero concierto con orquesta.
Aunque influido por Vivaldi, Pisendel no renunció nunca a la riqueza de colores que le ofrecía la plantilla de la orquesta de Dresde, como en el Concierto para violín en Sol mayor, obra llena de relieves, recovecos, impulsos y remansos, que se antoja como una transposición musical del exuberante y fastuoso barroco monumental de Dresde, impulsado por Augusto el Fuerte y Federico Augusto II.
Si la Sonata en Do menor, entre los cromatismos de su primer movimiento y el contrapunto del segundo, sitúa a Pisendel en una posición de retaguardia, la Sinfonía en Si bemol mayor coloca al músico en la avanzadilla del estilo galante, germen de la sinfonía preclásica. En todas estas obras, Pisendel luce un cosmopolitismo admirable, en donde se fusiona lo mejor de los estilos italiano, alemán y francés.
Stefano Russomanno


