PARÍS / Un ‘Rapto en el serrallo’ demasiado austero

París. Théâtre des Champs-Elysées. 6-VI-2026. Jessica Pratt, Amitai Pati, Ainte Jerkunica, Brenton Ryan, Manon Lamaison, Uli Kirsch. Chœur de Chambre Accentus. Insula Orchestra. Dirección musical: Laurence Equilbey. Puesta en escena: Florent Siaud. Mozart, El rapto en el serrallo.
Al tratarse de un singspiel, equivalente alemán de la ópera cómica francesa, la acción de El rapto en el serrallo se desarrolla principalmente a través de los diálogos hablados, y la música, que no incluye ningún recitativo acompañado, se subdivide en veintiún números con arias y conjuntos. Mozart basa su música en el exotismo del Imperio otomano, recientemente derrotado militarmente por Austria a las puertas de Viena. Por ello, hay referencias a la música turca con triángulo, platillos y tambor grande, a imitación de las fanfarrias de los jenízaros utilizadas para animar a la tropa turca. Al igual que muchas comedias de la época, numerosos elementos están tomados de la commedia dell’arte.
Los personajes de la ópera presentan algunos estereotipos turcos, sobre todo Osmin, el siniestro guardián del serrallo del pachá Selim, que profiere sus amenazas con la voz grave y profunda de su bajo. Su presencia intimidante y vengativa sirve de contrapunto al tema principal, que es el de la clemencia, tema que Mozart retomará en su última ópera, La clemencia de Tito, en 1791. También se preanuncia a Così fan tutte a través de la duda de los hombres sobre la fidelidad de sus prometidas, así como numerosos elementos de La flauta mágica, compuesta nueve años más tarde, en particular el virtuosismo de las voces femeninas, digno de la Reina de la Noche, y el de Osmin, que no dista mucho de Sarastro… Recordemos que el Pachá solo se expresa mediante la palabra y que, por ello, el papel es interpretado por un actor. La ópera narra las aventuras provocadas por el intento del noble español Belmonte, ayudado por su criado Pedrillo, de secuestrar a su prometida Constanza —que lleva el nombre de Constanza Weber, con quien Mozart se casaría poco después—, capturada en alta mar por piratas y vendida al pachá Selim, quien la mantiene prisionera en su serrallo bajo la vigilancia de su mayordomo Osmin, en compañía de su sirvienta Blondine, prometida de Pedrillo. Mientras las dos parejas de enamorados se creen perdidas, tras haber sido descubierto el intento de fuga por el impetuoso Osmin, la clemencia de Selim las libera por casualidad.

Al frente de sus formaciones —la Insula Orchestra, con sonoridades demasiado sombrías y en la que los instrumentos de viento no siempre suenan bien, y el Coro de Cámara Accentus, siempre brillante y homogéneo—, Laurence Equilbey presenta un singspiel alejado de la vida trepidante de la partitura, sin humor ni flexibilidad, que tiende con insistencia hacia la seriedad, más serio que buffo. La primera parte se hace larga, y hay que esperar hasta mediados del acto II para poder disfrutar por fin de la obra. Más aún tras la reanudación de la función, interrumpida momentáneamente por un corte de electricidad que sumió al Théâtre des Champs-Élysées en la penumbra, de modo que, al reanudarse, la luz acabó por… llegar al escenario y sacar al público de su letargo, como si el equipo artístico encontrara de repente la energía necesaria para entrar por fin en la acción y en la música, apenas perturbada por los efectos sonoros electrónicos creados por Samuel Hercule.
La puesta en escena de Florent Siaud sigue la misma línea, enmarcada en una escenografía de Romain Fabre que evita cualquier tentación de color local, transformando el harén turco en una residencia de diseño de una frialdad clínica, mientras que el pachá, auténtico gurú, y sus secuaces, vestidos con trajes y provistos de auriculares como si fueran guardias de seguridad de centros comerciales, y su «jefe » Osmin acaba abatido por orden de Selim, quien exige a sus antiguos cautivos que canten sus propias alabanzas. El reparto carece de cohesión; los mejores intérpretes son el Osmin del bajo croata Ante Jerkunica, con una voz profunda y matizada, aunque sin alcanzar las profundidades de su predecesor, el finlandés Martti Talvela, quien sigue siendo inigualable, pero que se expresa con una articulación alemana impecable, la Konstanze de la soprano australiana Jessica Pratt, con una voz sólida, carnosa y matizada, y el Pedrollo del tenor estadounidense Brenton Ryan, así como el Selim del actor alemán Uli Kirsch.
Bruno Serrou
(fotos: Vincent Pontet)


