PARÍS / Un ‘Príncipe Igor’ actualizado por Barrie Kosky 

PARÍS / Un ‘Príncipe Igor’ actualizado por Barrie Kosky 

París. Opera de Paris, Bastille. 28.XI.2019. Borodin, El Príncipe Igor. Ildar Abdrazakov, Elena Stikhina, Pavel Cernoch, Dmitri Ulianov, Dimitri Ivashchenko, Anita Rachvelishvilli, Adam Palka, Andrei Popov, Vassili Efimov, Marina Haller, Irina Kopilova. Orquesta y Coro de la Opera Nacional de París. Dirección: Philippe Jordan. Puesta en escena: Barrie Kosky. Escenografía: Rufus Diwiszus. Figurines: Klaus Bruns. Luces: Franck Evin. Coreografía: Otto Pichler.

De El Príncipe Igor apenas se conocen las Danzas polovsianas; el resto de la ópera se conoce poco, con excepción tal vez de la obertura. Sin embargo, se trata de una ópera política que se cuenta entre las más representativas del alma rusa, con unos coros suntuosos…

Es preciso señalar que su autor, Alexander Borodín (1883-1897), acaparado por sus obligaciones como médico y químico, ha sido eclipsado por dos de sus compañeros del Grupo de los Cinco, Modest Musorgski y Nikolai Rimski-Kórsakov. De hecho, Borodin, autor también del libreto inspirado en Vladímir Stasov, dejó inacabada su única ópera, de tal manera que las versiones de las que se hace uso varían considerablemente. La que ha propuesto la Opera de París para su primera producción propia de este título se basa en la versión original de 1890 en cuatro actos, de los que el tercero, que no es obra de Borodín, ha sido suprimido, y a la que se le ha añadido el segundo monólogo de Igor orquestado por Pavel Smelkov. Esta versión hace uso de las orquestaciones de Rimski y Glazunov. Se ha mantenido el trío entre Igor, su hijo y Konchakovna del acto suprimido, mientras que la obertura transcrita por Glazunov se desplaza entre los actos segundo y cuarto…

El reparto es de gran nivel, incluyendo esos dos soldaduchos oportunistas, que recuerdan a Misail y Varlam de Borís Godunov de Musorgski, y que garantizan divertidos entreactos. Vencido por los tártaros, herido en su honor, privado de la mujer que ama, el Igor de Ildar Abdrazakov es un ser desgarrado, implacable, que no deja de tener relación con Borís. Junto a este Igor excepcional está la sublime Iaroslavna de Elena Stikhina, luminosa actriz de timbre colorido, voz amplia y deslumbrante musicalidad. Espléndidamente interpretado por Vasili Efimov, Ovlur se convierte aquí en un inocente a la manera del de Borís. Kopilova es una joven polovsiana muy frágil y de timbre juvenil, Anita Rachveslishvili una ardiente Konchakovna y, a pesar de su manera de decolorar en los cambios de registro entre el agudo y el grave, lo que produce la sensación de dos voces diferentes, la mezzosoprano georgiana impacta por su fuerza y su convicción. Es una pena que el Príncipe Galitski quede limitado solo al segundo acto, ya que Dmitri Ulianov brilla en el papel de este bruto pagado de sí mismo.  Pavel Cernoch es un vivaz príncipe Vladímir.

La amplitud de la escritura coral de Borodín permite que el Coro de la Opera de París se luzca al transmitir con excepcional ductilidad los lamentos y el heroísmo del pueblo. La orquesta de la Opera de París brilla en todo su esplendor, consiguiendo sonoridades exuberantes, avivada por la dirección enérgica, firme y a la vez flexible de Philippe Jordan, extrayendo de esta partitura toda su riqueza y abundancia de timbres, su violencia, su dolor.

Animada por una dirección de actores minuciosa, variopinta y atlética, la puesta en escena de Barrie Kosky, que sin duda alguna sabe mover multitudes, presenta un Príncipe Igor según el espíritu de los tiempos al trasponer a nuestra época la epopeya que relata las consecuencias de la batalla perdida en 1185 por los rusos frente a los polovsianos, con imágenes llenas de clichés explotados ad nauseam, que se hunden en un universo sórdido y atormentado por oligarcas, repugnantes en su vulgaridad, y de soldadesca con ropa de maniobras de una trivialidad primitiva, que hacen uso de sus kalachnikovs con deleite, y convierten al generoso jan tártaro, vencedor de Igor, en un sádico carcelero. Una violencia corroborada por la brutalidad de la coreografía de Otto Pichler para las Danzas polovsianas.