PARÍS / Las dos caras de la modernidad

PARÍS / Las dos caras de la modernidad

París. Opéra Garnier. 11-X-2019. Ikeda, At the hawk’s well. Ballet de la Ópera de París. Coreógrafo: Alessio Silvestrin. Director de escena: Hiroshi Sugimoto. • Ballet de la Ópera de París. Blake, Blake Works I. Coreógrafo y director de en escena: William Forsythe.

Desde hace años tradición y modernidad han ido siempre de la mano en el Ballet de la Ópera de París, compañía pionera en ofrecer a su público desde los clásicos más académicos hasta las piezas más rompedoras. Una de sus nuevas propuestas At the Hawk’s well, con la que además abren esta temporada, es una fallida producción encargada al polivalente artista Hiroshi Sugimoto, cuya obra gira en torno a la fotografía, la escultura, la instalación y la arquitectura. Cabe destacar esto último, Sugimoto no es coreógrafo. De hecho, el coreógrafo de esta pieza es Alessio Silvestrin, cuyo nombre se relega hasta la tercera línea del programa. Ahí radican los problemas de esta producción: lo último que importa es la danza. Sobre el escenario se proyectan vídeos grabados por Sugimoto, que también es el encargado de la escenografía y la iluminación. La música electrónica corre a cargo de Ryoji Ikeda y el vestuario del diseñador californiano Rick Owens, pero poco se habla del coreógrafo de la pieza más allá de destacar que es “discípulo” de William Forsythe, autor que firma el segundo ballet de la noche, Blake Works I.

At the hawk’s well es una pieza críptica basada en la obra de teatro homónima del Nobel de Literatura William Butler Yeats, en la que el folclore irlandés se ve desde una perspectiva japonesa. Esta obra nace de la fascinación del autor irlandés por el teatro Nô, que conoció de la mano del poeta Ezra Pound cuando estaba editando sus traducciones. Con esta adaptación a la danza, según explican en el programa, Sugimoto “pretende invitar al público a cuestionarse las nociones del ser, el tiempo, la muerte y la identidad”, algo que no queda muy claro si consiguió. Lo que sí está claro es que esta pieza invitó al público a la reflexión. Un público que intentó dilucidar qué estaba viendo y su sentido, algo que quedó realmente patente al caer el telón, cuando se hizo un tenso y largo silencio, al que siguieron unos muy discretos aplausos.

Vestuarios imposibles con los que los bailarines sufrieron más que bailaron, pelucas que recordaban al look del diseñador del vestuario, y una música y luces que en momentos podían producir ataques epilépticos (literalmente advertido en el programa de mano), hicieron de esta una pieza presuntuosa con una narrativa difícil de seguir para el público. Sus caras al salir en el descanso fueron un poema. Esta velada —que se puede disfrutar hasta el 15 de octubre— se presentaba como un programa en el que tradición y modernidad van de la mano. En el primer caso se trató del maridaje entre danza y cultura japonesa mientras que, y para alegría del público, el segundo fue una armoniosa unión entre clasicismo y contemporaneidad.

Y es que, la segunda parte de la velada fue más que memorable gracias a la reposición de Blake Works I del estadounidense William Forsythe. Estrenado en julio de 2016, este ballet supuso la vuelta del emblemático coreógrafo a la compañía parisina tras un impasse de más de 15 años sin poder ver una de sus obras sobre el escenario de la Ópera Garnier.

Forsythe, reconocido por sus elecciones musicales más bien estridentes —firmadas en su mayoría por Thom Williems con quien ha colaborado en 60 de sus ballets—, confía esta vez en el cantante y compositor de pop electrónico James Blake, que este año publicó una canción con la cantante Rosalía, para ofrecer una oda a la danza académica al son de melodías puramente actuales. Porque al final este Blake Works I es eso, un ballet puramente académico, un homenaje a la tradición y técnicas clásicas —con claras referencias a Petipa y Balanchine—, pero visto desde una perspectiva contemporánea. Forsythe en estado puro.

Un ballet con el que tanto los bailarines como el público disfrutaron de lo lindo. Alegría y comodidad es lo que desprendían los bailarines desde los primeros segundos de esta pieza, hecho que contrasta evidentemente con la patente incomodidad del primer ballet de la noche. A pesar de las dificultades técnicas que presenta enfrentarse a las coreografías del norteamericano, Forsythe siempre saca lo mejor de los bailarines y ellos mismos destacan su satisfacción por poder interpretarlas. Este hecho quedó más que evidenciado con la implicación y la precisión con la que los 21 intérpretes bailaron sobre las tablas de la Ópera Garnier ataviados con un vestuario muy “à la balanchine”.
De entre todo el elenco cabría destacar a la pareja principal formada por Hugo Marchand y Léonore Baulac, protagonistas ya del estreno de esta pieza en 2016 cuando prácticamente no llegaban al cuarto de siglo, y que tres años después de su estreno siguen creciendo exponencialmente como artistas. Ellos son la punta de lanza de esta nueva generación de oro de bailarines cuya fuerza, calidad y carisma brilla en este Blake Works I y, seguramente, seguirán dando grandes noches en el coliseo parisino.

Al final, este programa además de dejar al público extasiado gracias a Forsythe y esta nueva generación de artistas, sirve para evidenciar las dos vertientes de la modernidad actual: las obras que se hacen desde la pretensión y las están basadas en el respeto, el buen gusto y están hechas con fundamento. Que cada uno elija la que prefiera.