Pandemia y cultura

Pandemia y cultura

Mal que bien la actividad retorna entre nosotros a los teatros de ópera, las salas de conciertos o a sus sucedáneos, las orquestas presentan sus temporadas con todas las reservas del mundo, todos a la espera de lo que las disposiciones acerca de la pandemia vayan deparando aquí y allá. Unas disposiciones que pueden llevar a que, en este caso por mor de la Xunta de Galicia, un teatro en A Coruña pase de más de ochocientas butacas de aforo a que sólo se le permita operar con sesenta. Y unas disposiciones también que, gusten o no y las dicte quien las dicte, no pueden ser teóricamente asumidas con aparente disciplina pero puestas en práctica sin el necesario sentido común, como sucedió el día 20 de septiembre en las representaciones de Un ballo in maschera en el Teatro Real. Si los cantantes de aquella función coruñesa filmaron un video de protesta poniendo un ejemplo de doble rasero —los aviones llenos y los teatros vacíos— esta vez fueron los espectadores de las zonas altas del Real los que manifestaron ruidosamente su disgusto ante lo que consideraban —apoyado después con unas fotografías que no desmentían su malestar—una discriminación que seguramente no era tal sino, simplemente, mala organización.

Disposiciones y actitudes nos llevan directamente a algo tan palmario como las prioridades. No está la cultura y, por tanto, tampoco lo está la música, entre las de nuestros gobernantes, los mismos que se felicitaban de la solidaridad canora de los balcones o de las iniciativas de cantantes y grupos —de rock, por supuesto, pues el clásico, no siendo Dudamel o Lang Lang les importa un bledo— haciendo videos y renunciando a presuntos derechos de autor o de reproducción en favor de víctimas y sanitarios.

Como sucede con la sanidad pública o con la educación pública, la cultura no es un asunto estratégico para nuestros políticos, que la circunscriben a lo que operacionalmente puedan hacer los agentes implicados bajo una mirada de cierta conmiseración y un gesto de evidente desinterés, a no ser que esté por medio alguna aparición televisiva. De vez en cuando, a lo largo de estos meses de crisis, el Ministro de Cultura ha anunciado medidas de apoyo recibidas por el sector con un entusiasmo perfectamente descriptible. Lo que le ha faltado a Rodríguez Uribes es involucrarse, levantar la voz alguna vez, no reunirse sino unirse a los distintos elementos implicados, desde empresarios hasta artistas, no dar la cara sino ponerla para recibir solidariamente las mismas bofetadas que el sector ha ido recibiendo de la enfermedad, del destino, de la economía y de la política. Hoy por hoy, ser ministro de Cultura en España no es nada, ni siquiera una contrariedad, y actitudes como esta dan la razón a quienes se han opuesto ya desde hace tiempo a la existencia del Ministerio —recordemos con aprensión la etapa Wert-Lassalle, que hubiera sido el epítome del amateurismo si no la igualara la actual.

No se trata de pedir que nos caiga del cielo un Jacques Lang porque ni esto es Francia ni el momento es el mismo. Pero sí de preguntarse si valió la pena la defenestración de Guirao y de desear que alguien apto para tal fin investigue por qué se produjo, qué hizo el almeriense, a quién fastidió tanto como para recomendar su no continuidad en el nuevo gabinete Sánchez. Nunca sabremos si esto hubiera sido lo mismo pero sí es fácil intuir que algo más de presencia y de valor —lo demostró en el episodio frustrado de fusión de Real y Zarzuela— ya hubiéramos tenido. Menos mal que, en el terreno de la música, subordinados como la directora general del INAEM o el director del CNDM han sabido explicar la situación cuando se les ha requerido.

Esto del mundo de la música echando de menos un ministro de verdad tiene algo de patético, de indigencia congénita, de asunción irreparable de una vida en precario. Todavía no se ha terminado esta crisis terrible y falta aún hacer el balance definitivo en el que pérdida de espectadores, de ingresos, de aportaciones públicas y privadas puedan poner al sector al borde de la quiebra a pesar de que muchos de sus protagonistas estén echando el resto para que eso no suceda. El fracaso puede ser clamoroso. Pero, claro, la coartada no puede ser más perfecta. Así, cualquiera es ministro. ¶

[Foto: Javier del Real / Teatro Real]

 

(Editorial publicado en el nº 366 de Scherzo, de octubre de 2020)