PALERMO / ‘Rigoletto’ por John Turturro: medianoche en Mantua

Palermo. Teatro Massimo. 23-X-2026. Ludovic Tézier (Rigoletto), Francesco Demuro (Duque de Mantua), Giuliana Gianfaldoni (Gilda), George Andguladze (Sparafucile), Martina Belli (Maddalena), Cassandre Berthon (Giovanna), Gaetano Triscari (Monterone). Coro y Orquesta del Teatro Massimo. Dirección musical: Gianna Fratta. Dirección escénica: John Turturro, repuesta por Lisa Capaccioli. Giuseppe Verdi: Rigoletto.
La producción de Rigoletto de John Turturro ha regresado al Teatro Massimo de Palermo, donde se estrenó en 2018 y unos meses más tarde en el Regio de Turín. Quien esperase del célebre actor y director una propuesta tan singular e iconoclasta como sus colaboraciones con los hermanos Coen habrá quedado decepcionado. El montaje de Turturro es decididamente tradicional, tanto en su apariencia como en la caracterización de los personajes. Sin embargo, esta reposición, a cargo de Lisa Capaccioli, ofrece un marco escénico de gran eficacia para los intérpretes, que justifica su recorrido internacional, con unas relaciones entre los personajes siempre bien definidas.
La escenografía, dominada por grandes estructuras renacentistas bañadas en una iluminación azul oscuro diseñada por Alessandro Carletti, evita afortunadamente la acumulación de elementos y apuesta por imágenes sencillas y expresivas, que dejan amplio espacio para la interacción entre los cantantes. El dormitorio de Gilda, situado en una buhardilla, está presidido por una imagen de Jesús, María y José, mientras que la arquitectura angulosa de la casa de Sparafucile anuncia el desorden moral que está por llegar. Rigoletto aparece inicialmente vestido como un bufón de vivos colores, pero su indumentaria va transformándose a medida que se desmorona su vida personal. Quizá la idea más reveladora sea la presencia opresiva del coro, cuya integración escénica constituye un escollo para tantos directores de ópera. Esta presencia sugiere ciertos paralelismos entre Rigoletto y Macbeth, reforzados por la caracterización de Maddalena como una bruja atormentada, con continuos tics faciales, en lugar de la habitual mujer fatal. Aunque difícilmente permite imaginar una carrera paralela de Turturro como director de ópera, su producción, inspirada al parecer por la afición operística de su familia, se suma al Gianni Schicchi de Woody Allen como un homenaje ameno y realizado con oficio al gran repertorio operístico italiano.

Para esta reposición, el Teatro Massimo había previsto varios repartos alternativos, y la función inaugural reunió a un trío de lujo formado por Ludovic Tézier, Francesco Demuro y Giuliana Gianfaldoni. Como Rigoletto, Tézier volvió a demostrar su absoluto dominio vocal de los grandes papeles verdianos. Su característico timbre, de un matiz casi lacrimoso, adquiría en el registro central una densidad que recordaba a la de un bajo, antes de elevarse hacia unos agudos magníficamente sostenidos, con un legato impecable y una emisión de extraordinaria firmeza. El barítono evita además los efectos vocales forzados en los que tantos intérpretes incurren durante el «Cortigiani, vil razza dannata» del segundo acto. Su única debilidad importante, al menos para quien esto escribe, se manifestó en la segunda mitad del aria, donde faltó una verdadera sensación de vulnerabilidad, en parte porque el cantante evitó sostener las frases melódicas por debajo del mezzo forte. Sus momentos más logrados y conmovedores llegaron quizá en la escena final con Gilda, donde su magistral actuación reflejó la incredulidad, la ira y la tristeza ante la destrucción de su felicidad. La intensidad y el patetismo de su canto dieron entonces al personaje una auténtica dimensión trágica.
A su lado, Gianfaldoni ofreció una Gilda muy estimable y resolvió admirablemente la difícil transición desde la inocencia lírica inicial hasta la mayor intensidad dramática que exige el personaje después de su secuestro. Fue también protagonista de una de las ideas escénicas más llamativas de Turturro: durante el relato de su rapto, su vestido blanco se abría para dejar ver una falda interior de color rojo escarlata, una imagen que aludía tanto a la pérdida de su virginidad —y a la ambigüedad de lo sucedido realmente con el Duque— como a su posterior muerte. La falda roja reaparecía así en la escena final, en la que Gilda surgía primero como un fantasma junto a Rigoletto antes de interpretar el resto de la escena de manera convencional. Gianfaldoni alcanzó sus mejores momentos en los dúos con Tézier, cuyo dominio vocal pareció estimularla, aunque desde el principio había demostrado la belleza de sus pianissimi, quizá algo calculados, y una notable seguridad técnica. Una dicción no siempre suficientemente nítida no empañó una interpretación de gran transparencia, que contrastó bellamente con las voces de sus compañeros y se vio reforzada por su convincente actuación escénica.

Francesco Demuro tuvo una noche más complicada como Duque de Mantua. Las dificultades en la zona de paso durante el primer acto llevaron a anunciar, después del descanso, que el tenor se encontraba indispuesto, lo que, como sucede tantas veces, pareció devolverle de inmediato la confianza. Cantó el «Parmi veder le lagrime» con una hermosa fluidez melódica y recibió cálidos aplausos, aunque el re agudo sostenido con el que concluyó «Possente amor» no llegó a producir el efecto esperado. La voz de Demuro, de tesitura elevada, posee una combinación poco habitual: el cuerpo y la calidez de un tenor lírico junto al brillo de un tenor rossiniano. Su timbre contrastó eficazmente con la voz oscura de Tézier y sugirió un Duque despreocupado, pero también dotado de cierta inocencia esencial. ¿Se comportaría de manera tan reprobable si fuera plenamente consciente de sus actos? En «La donna è mobile» mostró su mejor nivel, con unos agudos luminosos, mientras que en el cuarteto del tercer acto, el carácter expresivo de su canto y su juego de seducción con Maddalena parecieron revelar a un hombre que quizá comenzaba a comprender sus propios errores.
George Andguladze y Martina Belli resolvieron convincentemente los papeles de Sparafucile y Maddalena. El primero ofreció una interpretación quizá algo discreta en cuanto a presencia vocal, pero llena de carácter, mientras que Belli supo sacar partido a la perversa caracterización que Turturro había concebido para su personaje. Cassandre Berthon se mostró segura como Giovanna y los restantes papeles secundarios estuvieron bien defendidos, especialmente el Monterone de Gaetano Triscari. También el coro del Teatro Massimo ofreció una actuación de notable nivel.

Buena parte del éxito de la velada se debió asimismo a la dirección precisa y de gran impulso rítmico de Gianna Fratta. Aunque hubo algunos problemas ocasionales de afinación, especialmente en las maderas, que afectaron sobre todo a los pasajes de Gianfaldoni, la directora supo extraer toda la riqueza de los colores orquestales más sombríos de la partitura de Verdi, en perfecta consonancia con la propuesta escénica. La excelente acústica del Teatro Massimo y una sala prácticamente llena contribuyeron al disfrute de una función que, finalmente, solo se vio empañada por un problema: los teléfonos móviles. Numerosos espectadores los utilizaron repetidamente para hacer fotografías y grabar vídeos, sin que los acomodadores intervinieran en ningún momento. Al comienzo del cuarteto, nada menos que seis personas sentadas en una misma fila, dos por delante de la mía, sacaron sus teléfonos para grabar, y varios espectadores repitieron la operación numerosas veces a lo largo de cada acto.
Quizá estemos asistiendo al nacimiento de una nueva y lamentable costumbre en el teatro de ópera, a la que tendremos que aprender a resignarnos. Pero mientras el uso de estos dispositivos siga estando prohibido, el teatro debería hacer cumplir sus propias normas. Por respeto a los demás espectadores, desde luego, pero también a unos artistas que han dedicado años a su preparación y que han superado incluso las dificultades profesionales provocadas por la pandemia de la covid para poder actuar ante un público atento, compuesto por rostros y no por pantallas iluminadas. Tézier, Demuro y Gianfaldoni merecían algo mejor. Fue la única nota negativa de una excelente velada de ópera tradicional.
Ditlev Rindom
Foto: Rosellina Garbo


