OVIEDO / La temporada en el Campoamor da comienzo con una ‘honda tristeza’ sobre el escenario

Oviedo. Teatro Campoamor. 11-IX-2026. Jacques Imbrailo Beatriz Díaz, Ana Ibarra, María Heres, Anna Tobella, Marina Pardo, Montserrat Seró, Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez, Cilma Ramírez. Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria. Dirección escénica: Joan Anton Rechi. Escenografía: Sebastian Ellrich. Vestuario: Gabriela Salaverri. Iluminación: Alberto Rodríguez. Sorrow: Kindertotenlieder y Suor Angelica.
La 79ª temporada de ópera comenzó el pasado 11 de septiembre con una nueva producción de la Fundación Ópera de Oviedo. Consta de un original planteamiento: agrupa bajo un mismo título y un único relato escénico los Kindertotenlieder de Gustav Mahler y la ópera Suor Angelica de Giacomo Puccini, dos obras distintas que comparten un mismo eje temático: el dolor por la pérdida de un hijo. Aunque no es infrecuente la búsqueda de renovación de la ópera por diferentes vías, como la fusión de géneros, esta propuesta plantea su originalidad en la suma de estas dos maravillosas obras.
La unión del ciclo de canciones sinfónicas de Mahler, pensado para salas de conciertos y sin acción teatral, con la breve ópera de Puccini, condujo al público a través de una intensa emoción devenida de la temática principal, sorrow —honda tristeza. La propuesta rompe Il trittico del compositor de Lucca con la elección de Suor Angelica, la única ópera que no se había interpretado en la 76ª temporada, cuando en 2023 se cantaron Il tabarro y Gianni Schicchi. El programa genera un contraste interesante al fusionar a dos compositores coetáneos vinculados a mundos habitualmente separados por el consumo musical: el sinfonismo y la ópera. Sabemos que, aunque las estadísticas culturales suelen agrupar al público general bajo la misma etiqueta de espectadores de “música clásica”, la sociología de la cultura demuestra que se trata de dos grupos que además tienen, con frecuencia, perfiles diferentes. El traspaso de esta “frontera” ofrece una lectura fresca y renovada del canon operístico.

El resultado ha sido excelente. El director de escena, Joan Anton Rechi, realiza un espectáculo presentado en blanco y negro, tanto en la escenografía como en el vestuario, con la excepción de unas rosas rojas, pequeñas ofrendas sobre pequeños ataúdes blancos, y un jardín móvil para Suor Angelica. Es una propuesta delicada y unificada, con una íntima transición entre ambas obras en la que se parte de un templo —una “catedral de agua”, según narra el propio Rechi en las notas al programa, donde se cantan Kindertotenlieder— que se convierte en una sala blanca, el convento. Las blancas y elevadas estructuras que enmarcan una iglesia con aspecto “galáctico” se convierten en un pequeño y opresivo monasterio en blanco que ocupa en altura solo la mitad de la caja del escenario, con luces led que acentúan la frialdad. La propuesta de Ellrich resulta limpia, clarificadora, y acompaña a la acción, aunque el resultado tiene un aspecto futurista que puede resultar chocante. El agua con formas caleidoscópicas que se mueve en un vídeo al fondo de la escena no mejoraba la impresión. Una cinta transportadora que creaba interesantes movimientos a la escena generó algo de ruido que resultó molesto.
El vestuario de Salaverri fue una maravilla que contrastaba con el entorno por su estilo clásico, ambientado en la mitad del siglo pasado. Destacaron los hábitos de las monjas, casi todas vestidas de blanco, diferenciadas por sutiles líneas en negro que permitían distinguir a los distintos personajes.

Rechi convierte al barítono solista de las canciones en un sacerdote, mientras aparecen personajes de Suor Angelica y un pequeño grupo de danza en las distintas canciones, que se van sumando a una simbólica acción de lamento por la muerte de los niños. Jacques Imbrailo realizó una interpretación sobria y elegante, en una voz unificada y redonda, que se fundió con la orquestación de Malher, que mezcla aquí momentos camerísticos —la mayoría— con otros de expansión instrumental propios una obra posromántica. En contraste, la asturiana Beatriz Díaz, en su papel protagonista de la ópera de Puccini, fue de menos a más desde el punto de vista teatral y vocal, consiguiendo una interpretación desgarradora y plena vocalmente en su aria “Senza mamma”. Su participación fue ovacionada en los aplausos finales.
El resto del elenco estuvo muy equilibrado. Todas las cantantes, muchas de ellas asturianas o vinculadas a Asturias, realizaron en general estupendas interpretaciones, tanto dramáticas como vocales, que hicieron disfrutar al público. Los breves momentos cómicos dieron un agradable respiro al dolor que subyace en toda la obra. Anna Ibarra, en su papel de tía de sor Angelica, estuvo fantástica al construir un personaje severo acompañado de una voz contundente en los graves.
La OSPA estuvo muy bien dirigida por Diego Martin-Etxebarria, quien supo destacar la riqueza tímbrica de ambas obras y acompañar a los cantantes. La orquesta realizó en general una muy buena interpretación. Felicitamos a la dirección de la Fundación por esta propuesta de renovación que nos ha permitido disfrutar de dos obras maestras en una escena unificada que funciona muy bien.
Miriam Perandones
(fotos: Iván Martínez)


