Otomo y Yuasa: antigüedad y modernidad

YOSHIHIDE OTOMO:
Inu-Oh. Yukihiro Goto, biwa. Yoshihide Otomo, guitarra. Kumiko Takara, percusión japonesa. Avu-chan y Mirai Moriyama, vocales. ANIPLEX (1 CD)
¿Una ópera-rock para ambientar la amistad de un trovador de biwa ciego y un bailarín con malformaciones congénitas en pleno siglo XIV? ¿Estamos locos? Para el enfant-terrible de la animación japonesa, Masaaki Yuasa, no. Si los otros grandes tótems del anime actual, Shinkai y Hosoda, poseen un estilo visual claramente reconocible con tendencia hacia las relaciones románticas y familiares, respectivamente, lo diferencial de Yuasa, más allá de sus afinidades argumentales, radica en su capacidad para experimentar con el propio formato. Inu-oh es una suerte de locura visual que aprovecha las numerosas incógnitas respecto de los inicios y desarrollo del arte popular japonés para dar paso a una línea temporal completamente disonante, no ya con la representación histórica, sino con la pura lógica del argumento y la expectativa narrativa.
Otomo traspasa las barreras de la temporalidad sujetándose sobre un anacronismo que conjuga el uso de instrumentación tradicional del teatro noh —biwa, tsuzumi, shamisen, nohkan— con otra moderna amparada en guitarras eléctricas, bajo y batería. Despojada de su naturaleza elegante, la biwa ejerce de conector de ambas sensibilidades, secularizada de su asociación a las clases pudientes, iconografía a la que contribuyó decisivamente Toru Takemitsu en sus filmes.
Esta mezcla entre antigüedad y modernidad nunca es superficial, sino que Otomo y Yuasa la implementan de manera orgánica. Su gestualidad encierra aún mucho más, remitiendo a un mundo más allá de sus fronteras culturales. Y es que las canciones —a la manera de conciertos de masas actuales— funcionan no sólo acentuando el sentido épico de las composiciones, sino que muestran su propia cercanía a la forma de recitación musical del noh, estableciendo una relación estrecha entre sus puntos de contacto ideológicos.
Miguel Ángel Ordóñez


