“Nunca tuve la intención de incomodar a nadie”; en el 90 cumpleaños de un genial radical, Helmut Lachenmann

Si los 80 años pillaron a Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935) a pleno rendimiento en una celebración numerosa de conciertos, encuentros y viajes, los 90 que festeja justo hoy reproducen (si no, incluso agrandan) aquella vivencia. Porque el compositor alemán se encuentra, pleno de facultades, atendiendo los muchos conciertos que, fundamentalmente en Centroeuropa, se han venido y se vienen celebrando en torno a su música.
Con un catálogo que, sin embargo, apenas ha crecido en los últimos años, Lachenman decidió hace tiempo que, en líneas generales, había dejado dicho ya cuanto había necesitado. En la última década sólo ha alumbrado un par de obras, esto sí, de un considerable peso por la ambición de cada una y por su carácter de síntesis. Tanto My melodies (2016-18), para ocho trompas y orquesta, como Mes Adieux (2022), para trío de cuerdas; ahondan y amplifican de forma más radical el carácter sumatorio que ya había avanzado en su tercer cuarteto de cuerdas, Grido, del año 2001.

Estas 90 velas permitirán además revisar discográficamente algunas importantes páginas de su catálogo por medio de dos nuevas grabaciones de muy reciente aparición. De un lado, el Cuarteto Diotima (en el sello Pentatone) se suma a la nómina de formaciones que, con anterioridad, han fijado en disco la música para cuarteto de Lachenmann (se piensa en conjuntos como Arditti, JACK y Stadler) De otro, la colección Música Viva que documenta registros de concierto de la serie homónima de la emisora bávara BR está a punto de publicar un álbum orquestal, dirigido por Sir Simon Rattle, con las obras Harmonica y Klangschatten – mein Saitenspiel.
Obras, unas y otras, que aun atesorando en algunos casos décadas, son igualmente queridas por el compositor, toda vez que representan “momentos concretos” de su vida. Sobre su fama, por lo demás plenamente vigente, de autor de música difícil y poco accesible para según qué públicos, Lachenmann se expresa de forma tajante y provocadora: “Mi música siempre ha sido y es tan accesible como el Bolero de Ravel. Fue la audiencia burguesa la que siempre ha sido inaccesible para mí”.

El compositor reconoce que, “bajo criterios comerciales” su quehacer no es atractivo. “Mi obra ha sido y continúa siendo una invitación para abrir nuestros oídos y nuestra mente (…) Soy tan fiel a mí mismo como lo fueron a sí mismos Mozart y Beethoven”. Ninguna gracia ni simpatía le causa el término provocador. “Jamás he tenido la intención de incomodar a nadie, solo he seguido mis propias visiones musicales”.
Sin embargo, cuando en el reproductor suena, tomemos por caso, una música como la de Harmonica -antes aludida por la nueva grabación- se toma en consideración cómo pocas músicas posteriores (esta es de 1981) han ido mucho más lejos en técnicas instrumentales y en un lenguaje salvajemente abigarrado y, sorprendentemente, tan férreamente controlado. Aun así, Lachenmann insistirá: “Mis obras no son más transgresoras ni radicales que las de Monteverdi, Bach, Beethoven o Schoenberg. Todos ellos fueron censurados y respetados, queridos y odiados. Vivimos en un mundo en el que muchas personas pagan altísimas sumas de dinero para hacer turismo o incluso para viajar a la luna. Sin embargo, cuando van a una sala de concierto prefieren lo de siempre, el refugio de lo conocido. Esa no es la actitud con la que enfrentarse al arte, mis obras tienen las mismas notas que la Sinfonía Júpiter de Mozart. Claro que la sonoridad es diferente, también los contextos, para nosotros, y para los oyentes, han cambiado”.
Ismael G. Cabral


