NUEVO BAZTÁN / Concerto 1700: voces y ecos del barroco

Nuevo Baztán (Madrid). Iglesia de San Francisco Javier. 21-VI-2025. Concerto 1700. Daniel Pinteño, violín y dirección artística. Ester Domingo, violonchelo. Pablo Zapico, guitarra barroca. Ignacio Prego, clave. Obras de Domenico Scarlatti, Facco, D’Alai, Albero, Ledesma, Murcia y Herrando.
El antiguo poblado de Nuevo Baztán, fundado por Juan de Goyeneche a principios del siglo XVIII, es un bello ejemplo del urbanismo ilustrado y, por tanto, del espíritu de una época que empezaba a dar las mentes más lúcidas del pensamiento español —así Jovellanos algo después— y sabía imbricar lo racional con lo castizo a través de unas músicas que formaban parte del devenir cotidiano de quienes mandaban en la sociedad de entonces, pero también de ese otro público que vivía la incipiente zarzuela o la cada vez más triunfante tonadilla escénica.
La exposición Ecos del Barroco. La banda sonora del Madrid de Goyeneche, organizada por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Comunidad de Madrid y comisariada por la musicóloga Judith Ortega, recoge de forma sucinta pero intensa algunas valiosas ilustraciones de aquella época en la que el barroco se despliega definitivamente como estilo muy de la tierra —la provincia de Madrid está llena de muy interesantes ejemplos—, la Ilustración asoma, aunque la perdiéramos enseguida y hasta la fecha, y la música se vive intensamente.
La iglesia de San Francisco Javier de Nuevo Baztán, de magnífica acústica y en obras de restauración, ha acogido un par de conciertos como actividad complementaria a la exposición que, en realidad, acaban siendo tan ilustrativos como esta, por mor del repertorio abordado, la hilazón que muestra entre las influencias externas —la italiana— en la música de la corte, la calidad de lo que en esta se hacía y la cantidad de piezas que acababa suscitando. La conclusión es sencilla y hoy, a la vista de esos mismos materiales, perfectamente indiscutible, y es que España, su corte y su público, no andaba tan lejos de lo que se hacía en otros lugares; que la musicología ha rendido en tal aspecto un servicio impagable y que la calidad de nuestros intérpretes ha resultado decisiva para que hoy escuchemos estas partituras de modo muy distinto a ese chovinismo que en otro tiempo y vía otras voces se nos acababa proponiendo como único baremo valorativo. Hoy, al fin, sabemos que nuestra música de finales del XVII y principios del XVIII es buena de verdad, como lo era antes de que llegáramos a esa conclusión pero, por fas por nefas, no lo parecía.
Así, pues, en la todavía fresca mañana de lo que sería un tórrido día de Santa Cecilia, Concerto 1700 nos proponía un programa tan apasionante como entretenido —una cosa no quita la otra y entretenerse no es sinónimo de dispersión sino de atención animosa— con obras de Domenico Scarlatti, Giacomo Facco, Mauro D’Alai, Sebastián de Albero, Juan de Ledesma, Santiago de Murcia y José de Herrando, lo que abarcaba una horquilla temporal entre 1673 y 1722 en cuanto a fechas de nacimiento y cubría muy bien lo que antes comentábamos, de la influencia italiana a la consolidación en lo propio, pasando, incluso, por la exportación al Nuevo Continente. Fundamental para el éxito de un concierto como este ha sido la labor de los musicólogos que han rescatado y editado las correspondientes partituras: Daniel Pinteño, Guillermo Turina, Ana Lombardía y Raúl Angulo.
Todo convino en una asombrosa sensación de belleza en la escritura y de autoafirmación por parte de Concerto 1700, cuatro músicos que uno por uno y por junto representan eso que nos hace recordar un día y otro a nuestro inolvidable Eduardo Torrico, que tanto trabajó para que este reconocimiento del repertorio hispano se hiciera realidad y tanto apostó por músicos como estos. Daniel Pinteño es un violinista a la vez exquisito y arrojado, capaz de ornamentar con enorme inteligencia y de dirigir con ese criterio que sirve también para distinguir entre los aparentemente invariantes de estas músicas aquello que las distingue en función de las musas y su brazo. Su arte lució esplendoroso en la Sonata a violino solo de Juan de Ledesma, para este crítico lo más sorprendente del programa, quintaesencia de esa suma a la que antes hacíamos referencia de galantería cortesana y sarao popular —por muy filtrado que llegara a los salones, ya sabemos que la aristocracia española de la época era así.
Ester Domingo estuvo soberbia en la Sinfonia di violoncello solo de Giacomo Facco. Pablo Zapico convirtió el Grabe de Santiago de Murcia en una música doliente, en una elegía en la que no cabía más emoción en menos tiempo. Y de Ignacio Prego, qué vamos a decir a estas alturas: pues que su Sonata nº 11 de Sebastián de Albero fue antológica. El concierto se abrió con la Sonata para violín y bajo K89 de Scarlatti y se cerró con la Toccata V en re mayor de José de Herrando y, ya como encore, con un fandango anónimo pletórico de gracia. Consignar también que, según señaló Pinteño en sus comentarios sobre la marcha, la Sonata nº 1 de Mauro D’Alai recibía probablemente su primera interpretación casi trescientos años después de su estreno y de su, se supone, breve carrera.
Luis Suñén


