NUEVA YORK / Una nueva Eurídice en el Met

NUEVA YORK / Una nueva Eurídice en el Met

New York, Metropolitan Opera, 30.XI.2021. Aucoin, Eurydice. Erin Morley, Joshua Hopkins, Jakub Józef Orliński. Barry Banks, Nathan Berg. Director musical: Yannick Nézet-Séguin. Dirección escénica: Mary Zimmerman. Escenografía: Daniel Ostling (decorados), Ana Kuzmanic (vestuario).

“Siempre me han gustado las palabras”, recuerda una melancólica Eurídice, la heroína del título de la nueva ópera de Matthew Aucoin, una nueva versión del mito de Orfeo cuyo texto es obra de la galardonada dramaturga Sarah Ruhl. “Palabras, libros e historias. Las palabras eran mi música. A Orfeo, sin embargo, nunca le gustaron las palabras. Él tenía su música”. Se trata de una concisa declaración del problema al que se enfrenta esta nueva novia, muerta inesperadamente el día de su boda y ahora en el inframundo, al analizar su relación: ella es un ratón de biblioteca, él es un músico. Es un problema al que también se enfrenta Aucoin, un joven de 31 años dotado de gran talento -en cierto modo el Orfeo de la Eurídice de Ruhl- al crear un universo musical para su obra de 2003, tan tersa como verbalmente evocadora. Antes del estreno de la ópera en Los Ángeles en enero de 2020, Aucoin confesó la clave de la inspiración que le había provocado la obra de Ruhl: “Tocas casi cualquier palabra y hay pozos de emoción debajo de ella. La palabra es consciente de lo que no puede decir, y eso invita a la música a completar la frase”. Pero, ¿realmente necesitaban las frases de Ruhl, tan bellamente perfiladas, una compleción? Y si Aucoin estaba tan inspirado por sus palabras, ¿por qué no dejar que el público las escuchara más? Esos pozos de emoción brotan orquestalmente más a menudo que vocalmente, y gran parte de Eurydice está tan marcada por la música instrumental que la línea vocal queda oscurecida y las palabras resultan inaudibles. Demasiado a menudo -tal vez erróneamente- tuve la impresión de que a Aucoin, como a Orfeo, no le gustan las palabras; él tiene su música.

De hecho, muchas de las mejores partes de Eurydice son puramente orquestales: el preludio, tan atractivo desde el punto de vista sonoro, así como la ingeniosa danza nupcial, son dos ejemplos. Pero entre medias hay un tramo -un tramo crucial, que nos presenta a la entonces feliz pareja- en el cual, al menos en la noche a la que asistí, los propios cantantes, por no hablar de sus palabras, tuvieron dificultades para imponerse. Este problema continuó de forma intermitente a lo largo de la velada, especialmente para la soprano Erin Morley en el papel principal, pero también para el barítono Joshua Hopkins, en el rol de un algo incapaz Orfeo (un papel sorprendentemente pequeño), y para el contratenor estrella de nuestros días, Jakub Józef Orliński, en el papel del doble de Orfeo, más divino y alado (y descamisado la mayor parte del tiempo), papel que Aucoin inventó para proporcionar un “halo” alrededor de la voz del barítono, un truco que podría funcionar en un teatro mucho más pequeño, o en una grabación, pero que en el Met, de tamaño tan descomunal, simplemente no se percibió. Aucoin tuvo más fortuna escribiendo para el personaje de Hades, encarnado por un divertido Barry Banks, con sus cuernos y su cola, y para el irónico trío de Piedras del Inframundo, Grande, Pequeña y Ruidosa, encarnadas por Ronnita Miller, Stacey Tappan y Chad Shelton, con sus maravillosos y extravagantes trajes diseñados por Ana Kuzmanic. Sus escenas funcionaban porque sus palabras resultaban audibles.

También lo hicieron, y de forma especialmente relevante, las del bajo-barítono Nathan Berg, en el papel del padre de Eurídice, muerto pero todavía amoroso, que navega entre los dolores y placeres confundidos del recuerdo y con la idea de reunirse con la hija que ama, aunque no la reconozca. Impulsado por la partitura de Aucoin, que hace de su personaje el más interesante de la ópera, Berg acaba imponiéndose como el núcleo emocional de Eurydice.

Erin Morley lució un encantador aspecto, y su voz sonó encantadora siempre que la música se lo permitía. También Hopkins, aunque con mucho menos que hacer. Yannick Nézet-Séguin, en los momentos en los que no incrementaba de forma exagerada los peores instintos compositivos de Aucoin (es decir, el aplastamiento de los cantantes), conjuró maravillosos sonidos y ruidos de la siempre brillante orquesta del Met, sonidos cuyo mérito, es justo reconocerlo, hay que atribuir a Aucoin: a pesar de sus evidentes guiños al léxico musical de Glass/Adams, lo mejor de su partitura evocaba lo que espero que se convierta en una voz puramente aucoiniana, sin préstamos. Y gracias a la directora de escena Mary Zimmerman y a su espléndido equipo, el espectáculo resultó visualmente grato. ¿Es extraño, entonces, que al terminar la velada yo abandonara el Met con la esperanza de encontrar algún día en un escenario, con sus frases incompletas y todo, la Eurydice original de Ruhl?