NUEVA YORK / Soporífero ‘Akhenaten’ de Philip Glass

NUEVA YORK / Soporífero ‘Akhenaten’ de Philip Glass

New York, Metropolitan Opera, 4.XII.2019. Philip Glass: Akhnaten. Anthony Roth Costanzo, J’nai Bridges, Zachary James.  Dirección musical: Karen Kamensek. Dirección escénica: Phelim McDermott. Decorados: Tom Pye. Vestuario: Kevin Pollard. Iluminación: Bruno Poet.

 

En 1984 asistí a una representación de Akhnaten de Philip Glass, coincidiendo con su estreno local en la New York City Opera. Sentado en el segundo piso, disponía de una clara visión de la orquesta y el coro situados en el foso, y lo que más recuerdo de aquella noche –de hecho, es todo lo que recuerdo- es que varios coristas se quedaron visiblemente dormidos, ejemplo seguido al poco rato por un músico de la sección de cuerda, que dejó caer al suelo de forma muy audible su arco. Esos fueron los puntos culminantes de mi primer Akhnaten.

¡Cuán a menudo deseé que se produjeran distracciones parecidas durante mi segundo Akhnaten, treinta y cinco años después! La nueva producción del Met (ya vista en Londres y Los Ángeles) ha supuesto un gran éxito de taquilla para el teatro, tras su igualmente exitosa inauguración de temporada con Porgy and Bess. Yo fui uno de los pocos disidentes del éxtasis crítico hacia esa producción de la ópera de Gershwin, y me siento aún más solo en el caso de Akhnaten, que enseguida ha cosechado un diluvio de ditirambos. Pero el caso es que la ópera de Glass -la tercera de lo que él llama su trilogía de ‘retratos’, y que yo llamo colectivamente ‘Satyakhnaten on the Beach’- me sigue pareciendo un cansino y soporífero aburrimiento, compuesto de unas pocas y muy simples ideas musicales que el compositor extiende a lo largo de dos horas y media insufriblemente estáticas. Confieso que disfruté de los cinco últimos minutos del segundo acto, con el encantador e incluso inquietante coro fuera de escena. Pero el preludio del primer acto suena a autoparodia, y casi toda la música se dirige a ninguna parte con ritmo glacial (‘hipnótico’, lo llaman sus admiradores). En líneas generales no me disgusta Glass -he disfrutado de muchas de sus partituras y, para mi agradable sorpresa, también de su reciente ópera histórica Appomattox– pero retaría a cualquiera a defender que Akhnaten es una gran partitura, o un drama cautivador.

Es del todo comprensible que el director de escena, Phelim McDermott, haya optado por prodigar los estímulos visuales. El libreto de Glass condensa el reinado de diecisiete años del faraón del siglo XIV antes de Cristo, su fundación de una nueva religión y una nueva ciudad, en una serie de cuadros presentados de manera hierática, con escaso empuje dramático y aún más escasa emoción. Los cuadrados, andamios y esferas de Tom Pye se deslizaban, elevaban y descendían de un lado a otro, reconfigurándose continuamente para sugerir alguna apariencia de acción, mientras que los trajes de Kevin Pollard fascinaban con su desconcertante mezcla de períodos y estilos; el padre de Nefertititi y la madre de Akhnaten, por ejemplo, se parecían notablemente al rey Eduardo VII y a la reina Alejandra de Inglaterra, quienes reinaban cuando uno de sus súbditos descubrió, en 1907, lo que se suponía que era la tumba de Akhnaten. Y luego estaban los malabaristas: miembros del Skills Ensemble exhibiendo sus talentos en los momentos en los que McDermott pensaba que el público necesitaba un poco de ánimo. Yo recibí de buen grado tales entretenimientos, pero echaba en falta más.

El elenco de cantantes, encabezado por el contratenor Anthony Roth Costanzo, de voz quejumbrosa y llamativa presencia, hizo lo que pudo con la poco inspiradora escritura vocal de Glass, que deja poco espacio para que surja una chispa de personalidad, pese a que el bajo-barítono Zachary James, de casi dos metros de altura, exhibió una imponente figura en su papel hablado del padre muerto de Akhnaten. Por su parte, la directora Karen Kamensek dio la impresión no sólo de que dominaba la partitura, sino de que le gustaba. Como también pareció gustar a la mayor parte del público, según pude comprobar por las conversaciones durante el intermedio y por la calurosa ovación final. Para mí, sin embargo, este segundo Akhnaten en mi vida ha estado de más.