NUEVA YORK / ‘Lohengrin’: tercera aventura wagneriana de François Girard en el Met

Nueva York. Metropolitan Opera. 2-III-2023. Wagner: Lohengrin. Tamara Wilson, Christine Goerke, Piotr Beczala, Thomas Hall, Günther Groissböck. Director musical: Yannick Nézet-Séguin. Director de escena: François Girard.
El nuevo montaje de Lohengrin firmado por el director de escena canadiense François Girard supone su tercera aventura wagneriana en el Met y, a pesar de que quien firma estas líneas no había compartido en su momento la amplia admiración que suscitó su Parsifal de 2013, gustándome todavía menos su Holandés de 2020, hasta el primer intermedio mis expectativas se mantuvieron sorprendentemente altas. El decorado de Tim Yip resultaba impactante: un lóbrego lugar de reuniones subterráneo, inquietantemente salpicado de raíces y ramas nudosas, con una gran abertura ovalada en el techo que dejaba ver los cielos cambiantes proyectados por Peter Flaherty: la luna, las estrellas y las nubes que se coloreaban de forma ominosa mientras Lohengrin entonaba su advertencia a Elsa: “Nunca me preguntes mi nombre…”.
Tanto el rey Heinrich de Günther Groissböck (calvo cual bola de billar) como sus súbditos lucían un aspecto medieval plausible con sus largas y oscuras vestiduras. La larga cabellera de Elsa, vestida de blanco, era de un rubio muy wagneriano. Y cuando, ataviado con una camisa blanca y unos pantalones negros que remitían directamente al Parsifal del propio Girard, el Lohengrin de Piotr Beczala hizo su entrada por el tragaluz, incluso sin un cisne perceptible, el efecto resultó adecuadamente sobrenatural.

Por su parte, Yannick Nézet-Séguin, tras una luminosa lectura del preludio (que encajaba a la perfección con el espectáculo de luz lunar diseñado por Flaherty), mantuvo a su maravillosa orquesta y al fantástico coro alerta y vivos, aunque hacia el final del acto, en el conjunto que sigue a Mein Herr und Gott, hubo signos preocupantes de la afición del maestro canadiense por ahogar a sus cantantes. Y eran muy buenos cantantes: musicalmente, estábamos ante un espectáculo de primera clase.
Sin embargo, ya desde la subida del telón, el segundo acto comenzó a presentar problemas. Todo el comienzo de este acto pertenece a Ortrud y Telramund. ¿Qué hacía entonces el rey Heinrich en el centro del escenario? ¿Por qué, más tarde, Nézet-Séguin sepultó bajo el estruendo orquestal los importantes diálogos de la pareja conspiradora durante el Euch Lüften de Elsa? ¿Por qué Elsa no acompaña al castillo a la pérfida Ortrud, tal como indica Wagner? ¿Por qué el coro y los figurantes no paraban de desfilar de un lado a otro, como en una procesión escolar de pésimo gusto? ¿Por qué toda la acción se situaba de forma recurrente en el fondo del escenario? ¿Y por qué el decorado y el vestuario se antojaban ahora tan feos como monótonos?
El tercer acto trajo más decepciones. Superando el incongruente comienzo del segundo acto, Girard situó a Ortrud en el centro del escenario durante el alegre preludio nupcial, subida en una especie de nube de hielo seco, desde donde parecía lanzar conjuros cual semicómica bruja Disney, en lo que a todas luces se antojaba una ridícula e intrusiva ocurrencia. La escena de la cámara nupcial ideada por Girard —sin lecho nupcial, como suele ser habitual en nuestros días— carecía de cualquier atisbo de intimidad conyugal. Al mismo tiempo, el regista insistió en la ridícula pompa escolar del coro, mientras que Nézet-Séguin continuó su búsqueda aquí y allá de decibelios orquestales que aplastaban cualquier matiz vocal.

Sin embargo, los sonidos que extrajo de la orquesta del Met fueron a menudo gloriosos, logrando que los méritos musicales de este Lohengrin superasen con creces a los teatrales. Tamara Wilson cantó una buena Elsa, con más fuerza de la que suele ser costumbre en este papel, aunque sin ningún brillo o especial Innigkeit; y Christine Goerke abordó con arrojo el difícil papel de Ortrud, aunque con algunos problemas en las notas más agudas y un exceso de histrionismo en su continua agitación de brazos. A pesar de ciertas asperezas en la zona alta de su registro, Groissböck resultó un Heinrich sorprendentemente autoritario; y el barítono Brian Mulligan entonó los pronunciamientos del Heraldo con parejo dominio. El bajo-barítono Thomas Hall, que debutó a última hora en el Met en sustitución de Evgeny Nikitin, cantó e interpretó un espléndido Telramund. Y, aunque no borró mis recuerdos del exquisito Sándor Kónya (mi primer Lohengrin en el Met) o del etéreo Klaus Florian Vogt (el más reciente), Piotr Beczala demostró ser un digno sucesor de ambos, esculpiendo con mimo cada frase vocal y descollando en la zona alta cuando era necesario. Ojalá él —y todos los demás sobre el escenario— hubieran gozado de una producción más convincente para realzar sus virtudes.
Patrick Dillon
(Fotos: Marty Sohl / Met Opera)


