No lo hemos hecho tan mal

No lo hemos hecho tan mal

Algo más de un año después del comienzo de la pandemia y de las restricciones que trajo consigo en el mundo de la cultura, el balance del trabajo realizado por la música para no caer en una crisis irreversible se nos revela entre nosotros como muy positivo. Desde luego, mucho más allá de las medidas y las intenciones declaradas con demasiada tibieza por las autoridades del ramo y que tan poco animadoras resultaron cuando se hicieron públicas. A trece meses vista, la situación no es ni mucho menos la ideal, se han perdido hábitos, ingresos, se han dejado por el camino ilusiones y compromisos, más aún cuando partíamos de esa sensación de seguridad que la actividad musical en España daba al sector y que peligraba diluirse en la desesperanza y la inseguridad.

La pandemia ha llevado en todas partes a la supresión de actividades presenciales. Han cerrado orquestas, se han paralizado temporadas de ópera, se ha despedido a profesionales. En algunos lugares, como Estados Unidos, donde la mayoría del presupuesto para la música llega de las instituciones privadas o de los mecenas individuales, la situación ha sido y es dramática y en Europa mejora muy lentamente con el riesgo de que la audiencia haya perdido la tradición histórica de la música como costumbre.

En medio de ese panorama descorazonador, España se ha convertido en el país del mundo en el que la música se ha comprometido con más empeño a no deteriorar su situación más allá de lo estrictamente necesario. El pasado verano, el Festival de Granada desarrollaba una programación diferente de la inicial pero que, en su combinación de conciertos virtuales y presenciales, conseguía mantener su cita ininterrumpida con la ciudad y su público. Tras algunos errores de organización —en este periodo todos hemos tenido que aprender sobre la marcha—, el Teatro Real abría su temporada decidido a que tampoco se interrumpiera una programación ya comprometida con artistas y abonados. El Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo se ha reiniciado igualmente y las orquestas, los teatros y los festivales ofrecen sus actividades cada vez con más intención de no quedarse al margen en estos días difíciles, algunos cambiando temporalmente de sede y todos poniendo un acento muy especial en las medidas de seguridad.

Esa actitud positiva, proactiva cuando lo más normal hubiera sido abandonarse al pesimismo, ha hecho de España un caso especial y único en la defensa de la continuidad del espectáculo y, en la medida de lo posible, del negocio. Las reacciones internacionales han sido de admiración por la suma de voluntad y profesionalidad con que se está tratando de recuperar la normalidad. Y no resulta ni mucho menos baladí lo que el esfuerzo ha supuesto a la hora de dar trabajo a los intérpretes españoles, tan tocados por la crisis inesperada. Al mismo tiempo se han producido circunstancias impensables antes y propiciadas por esta apertura controlada de nuestros escenarios. Valga como ejemplo la sustitución en un programa de abono de la OCNE de Mitsuko Uchida, que no podía viajar, por Daniil Trifonov, que sí podía. Dos nombres de primera fila absoluta.

En SCHERZO hemos hecho frecuente hincapié en la importancia de las medidas de seguridad y recalcado siempre que, sin asegurarlas en la plena medida de lo posible, celebrar un concierto es irresponsable. No cabe duda a la vista de los resultados que el mundo de la música clásica ha sabido hacer las cosas, aun pensando que inevitablemente puede perder por el camino espectadores para los que el cambio en sus hábitos ya no tiene vuelta atrás. Pero también ha podido comprobar la fidelidad de la mayoría, los deseos del público por volver a encontrarse con lo que forma parte de su vida mientras engrandece la de la comunidad. Somos los españoles muy de flagelarnos, de creer que todo se hace mejor por ahí fuera, incluso de pensar que todo lo hacemos mal. Y resulta que no, que en esta pandemia hemos cometido los mismos errores que casi todo el mundo y nos han costado el mismo dolor que a todos pero algo hemos hecho bien, incluso, si se nos permite, mejor que casi todo el mundo: no cerrar la música. Ojalá podamos pronto abrirla otra vez de par en par.