‘No era perfecto, pero era yo’ (en recuerdo de Leon Fleisher)

‘No era perfecto, pero era yo’ (en recuerdo de Leon Fleisher)

William Kapell (1922-1953) falleció a la temprana edad de 31 años, en un accidente de avión. Julius Katchen (1926-1969) sucumbió al cáncer poco antes de cumplir los 43 años. Byron Janis (1928-) comenzó a sufrir artritis psoriásica a los 45 años. La enfermedad, mantenida al principio en secreto, salió a la luz pública a mediados de los ochenta, y terminó acortando significativamente una brillante carrera.

Hace unos días falleció Leon Fleisher (1928-2020), quien, pese a su longevidad, compartió con Janis un temprano y desafortunado evento sobre su salud, que afectó decisivamente a su carrera y de manera muy severa a su propia vida personal. Algún supersticioso podría apuntar que los cuatro pianistas norteamericanos mencionados, nacidos en un periodo de apenas seis años, sufrieron una suerte de maldición. En el caso de Janis y Fleisher (y en nuestros días, aunque con causas bien diferentes, Perahia, a quien parece perseguir una dolencia recurrente en una mano tras un accidente doméstico y una no menos desgraciada infección), el infortunio ha tenido como protagonista a una herramienta fundamental para cualquier instrumentista: la mano.

Los obituarios y artículos diversos publicados con motivo del fallecimiento de Fleisher recogen suficientemente la fulgurante trayectoria inicial del norteamericano, un prodigio temprano que se sentó al piano a los cuatro años y apenas cinco después estaba estudiando nada menos que con Artur Schnabel, “el hombre que inventó a Beethoven”, por usar los términos con que le describía Harold Schonberg. Seguiría en 1952 el primer premio en el prestigioso Reina Elisabeth de Bruselas, cuyo último galardonado en el apartado pianístico antes de la guerra había sido nada menos que Emil Gilels (1938).

En la memoria quedan las soberbias interpretaciones de los conciertos de Brahms y Beethoven con Georg Szell (Sony, 1958-62), testimonio de un pianista de exquisita sensibilidad y personalidad artística, tan diferente de la de Katchen (también soberbio intérprete del hamburgués, cuya grabación de estos conciertos, casualidades de la vida, la realizó con Monteux, quien había sido mentor desde muy pronto de un jovencísimo Fleisher).

La escucha del segundo tiempo del Primer concierto brahmsiano en las manos todavía sanas de Fleisher nos brinda la oportunidad de apreciar un canto tranquilo y nostálgico, dibujado con admirable cuidado por el sonido y con una exquisita y natural capacidad de respirar, construyendo un discurso que combina con raro equilibrio la intensidad expresiva con una lógica que parece indiscutible.

Pero en 1964 ocurrió lo que en sus memorias[1] describe Fleisher con exactitud en el capítulo titulado “Catástrofe”: “todo empezó con una sensación de pereza en el índice de mi mano derecha. Continuó después con una sensación de torpeza, de que mis dedos no hacían lo que mi cerebro quería”. Lo achacó a la sobrecarga por el exceso de práctica en los años previos al Reina Elisabeth, “aunque yo practicaba seis o siete horas, no las 13 o 14 que practicaba Kapell”.

Le siguieron espasmos progresivos, incontrolables, especialmente de los dedos anular y meñique. Después el peregrinaje médico, y los intentos desesperados, desde la inyección (primero fugaz y engañosamente exitosa, más tarde infructuosa) del anestésico local lidocaína hasta la hipnosis, pasando, por supuesto, por fisioterapia, y todo ello sin un diagnóstico claro.

Pensó en el suicidio, y confesaba que su segundo matrimonio se fue a pique por su estado anímico ante la enfermedad. Pero tocaba reinventarse. El ser humano es a menudo capaz de adaptarse a lo peor, por puro instinto de supervivencia. Era la hora de esas otras “carreras musicales” de las que habla en sus memorias: el repertorio para la mano izquierda, la enseñanza, la dirección orquestal[2], fueron tomando cuerpo.

A todo esto, seguía sin haber un diagnóstico, hasta que, entrados los años 90, un médico amigo, Dan Drachman, sugirió el diagnóstico de distonía focal. Como el propio Drachman describe en el documental, la distonía focal no tiene que ver con un problema muscular, ni tendinoso, ni articular, ni de nervios periféricos. Es un desorden, aún poco conocido, de origen cerebral. Y, como el propio Fleisher declara, no existe cura.

Aunque la distonía focal había sido sugerida años atrás como diagnóstico por algunos médicos del NIH (el instituto de la salud norteamericano), el tratamiento prescrito no había funcionado, y Fleisher había dado el diagnóstico por erróneo. Drachman, que llevaba años trabajando con la toxina botulínica (proteína paralizante que, en dosis bajas, puede ser aprovechada como “antiespasmódico”), sugirió que uno de sus colegas del NIH, Mark Hallett, que estaba desarrollando un programa piloto para el tratamiento de la distonía con toxina botulínica, quizá podría ser de ayuda. Fleisher recibió un par de inyecciones (no muy convencido) y abandonó el programa, para no retomarlo hasta diez años después. La toxina permitió finalmente una cierta recuperación de sus dos manos, y el pianista retomó la actividad. Pero él sabía que su mano derecha nunca volvería a ser lo que había sido antes de aquella maldita distonía[3].

Por último, en el largo proceso de duelo por su mano derecha, llegó la fase de aceptación: “La fase final es la aceptación. Yo era quien era, tenía este problema, y era parte de mí… sabía que no ‘estaba de vuelta’. Técnicamente, no estaba tocando como treinta años antes. Pero de alguna manera estaba mucho más avanzado de lo que había conseguido en mucho, mucho tiempo. No era perfecto, pero era yo”.

Existe un video en Youtube en el que Fleisher interpreta como propina el Nocturno Op. 27 nº 2 de Chopin, en un concierto posterior a su “recuperación” de la mano derecha.

Una interpretación de generoso rubato, llena de sensibilidad e inalcanzable nostalgia. Y un nuevo y curioso paralelismo con Janis, que incluyó esa misma obra (en otra interpretación diferente pero igualmente magistral) en su retorno discográfico para EMI, años después de que la artritis le hubiera apartado de los escenarios.

 

[1] Leon Fleisher y Anne Midgette. Mis nueve vidas. Memoria de muchas carreras en la música. Doubleday, 2010.

[2] En el documental “Two Hands”, de Nathaniel Kahn (2006, que puede verse en este enlace:

el propio pianista describe los acontecimientos y narra incluso como, en su faceta de director, el espasmo de su mano derecha le hacía sujetar la batuta con tal fuerza que acabó desarrollando el síndrome del túnel carpiano, que se caracteriza por dolor y hormigueo en dedos y manos por compresión excesiva del nervio mediano a nivel de la base de la muñeca.

[3] El lector interesado puede explorar, entre otros, este enlace sobre distonías y músicos. En estos momentos, y a falta de tratamientos medicamentosos realmente eficaces, el propósito de la terapia es conseguir que el músico desarrolle programas motores adaptativos que le permitan reanudar su labor evitando los espasmos: https://dystoniacanada.org/about-dystonia/musicians-dystonias/focal-hand