NIZA / Un ‘Don Pasquale’ brillantemente rejuvenecido

Niza. Ópera de Niza Costa Azul. 11-III-2026. Federico Longhi, Mariam Battistelli, Paolo Nevi, Mikhaïl Timoshenko… Dirección escénica: Tim Sheader. Dirección musical: Giuliano Carella. Donizetti: Don Pasquale.
La Ópera de Niza Costa Azul presenta un Don Pasquale de Gaetano Donizetti que tiene todos los rasgos de un triunfo sin tacha. La producción apuesta por la elegancia musical y una puesta en escena decididamente moderna, llevada por un reparto que combina juventud deslumbrante y experiencia sólida.
Desde los primeros compases, es el foso el que se impone como el pilar de este éxito. El maestro Giuliano Carella, fino conocedor del repertorio belcantista, firma una dirección de una claridad ejemplar. Infunde a la Orquesta Filarmónica de Niza una energía a la vez chispeante y rigurosa, encontrando el justo equilibrio entre la verve bufa de Donizetti y los arrebatos de ternura más íntimos. Llama la atención el cuidado puesto en los matices y esa complicidad evidente entre la batuta y el escenario. Carella parece guiar a sus cantantes con una precisión de orfebre, haciendo que cada recitativo sea sabroso y cada conjunto, de una transparencia inusual. Es un trabajo excelente, vibrante y auténtico.
En el escenario, la alquimia funciona de maravilla, particularmente en los jóvenes protagonistas. La revelación de la velada viene sin duda del dúo formado por Mariam Battistelli y Paolo Nevi. La soprano italiana (de origen etíope) Mariam Battistelli encarna a una Norina de carisma solar, y posee un timbre chispeante y una agilidad impresionante. Interpreta a una heroína traviesa y moderna, y su magnética presencia escénica promete una carrera a seguir muy de cerca. Frente a ella, su joven compatriota Paolo Nevi compone a un Ernesto de auténtica elegancia, a pesar de un instrumento inusualmente potente para este personaje. Su canto es lírico, su legato aterciopelado, y logra conmover en su famosa serenata “A mezz’april”. Los dos cantantes forman una pareja de tortolitos tan creíble como prometedora, y sus dúos son momentos de gracia suspendida.
El bajo ruso Mikhail Timoshenko presta sus rasgos al doctor Malatesta con un carisma cierto y una bella presencia escénica: posee indudablemente el volumen de voz y la autoridad necesaria para el papel. En cuanto al amo de casa, el barítono italiano Federico Longhi, compone un Don Pasquale conmovedor sin ser caricaturesco, burlesco sin pesadez. Encarna a un vejete patético y entrañable, sostenido por una técnica vocal experimentada, aunque se pudo sentir una ligera tensión en los pasajes de sillabato (ese canto rápido sobre notas repetidas). En esos momentos de virtuosismo donde la música se acelera, parece a veces ir detrás de las notas y del aliento, perdiendo un ápice de esa soltura que caracteriza por lo demás su actuación. Nada decisivo, pero un pequeño lunar en una prestación por lo demás muy honorable.
Por último, hay que saludar la ingeniosidad de la puesta en escena firmada por Tim Sheaeder. El británico propone una lectura astuta y contemporánea, sin traicionar jamás el espíritu de la obra. Su escenografía depurada, móvil y llena de hallazgos visuales, sirve a la perfección el propósito: rejuvenece la trama, subraya los caracteres con malicia y crea un marco dinámico para estos cantantes-actores. Una apuesta lograda que convierte esta producción nizarda en un momento de pura felicidad lírica, para aplaudir sin moderación.
Emmanuel Andrieu
(fotos: Nathan Cassar)


