NIZA / Triunfo del alma eslava: Diana Tischenko y Lionel Bringuier incendian la Ópera de Niza

Niza. Opera de Niza Costa Azul. 20-II-2026. Orquestra Filarmónica de Niza. Director: Lionel Bringuier. Solista: Diana Tishchenko. Obras de Jachaturián y Shostakovich.
Hay noches en que la música deja de ser una simple sucesión de notas para convertirse en una experiencia visceral, un diálogo tenso entre la sombra y la luz. La velada del pasado 20 de febrero en la Ópera de Niza Costa Azul fue una de esas. Bajo la batuta afilada y sobrecargada de energía de su director musical, el nizardo Lionel Bringuier, la Orquesta Filarmónica de Niza ofreció, junto con la solista ucraniana Diana Tischenko, un díptico ruso de una intensidad poco común, que culminó en un triunfo merecido, con un público tan cautivado como entusiasta.
El programa, tan exigente como cautivador, enfrentaba a dos gigantes del siglo XX soviético. En la primera parte, el Concierto para violín en Re menor de Aram Jachaturián (1940) despliega un lenguaje sensorial e inmediato. Lejos de los tormentos introspectivos de su amigo Shostakovich, Jachaturián se nutre del folclore armenio para ofrecer una obra de una vitalidad desbordante, un fuego artificial de colores orientales, ritmos obsesivos y melodías generosas donde el violín solista, ora cantarín, ora virtuoso, debe brillar con luz propia. Desde los primeros compases, la alquimia funcionó. La joven violinista ucraniana Diana Tischenko literalmente electrizó la sala. Su entrada, orgullosa y decidida, anunciaba a una artista poseída. Fue una deslumbrante demostración de maestría. En los fogonazos del primer movimiento, su forma de tocar, de una precisión diabólica y un sonido redondo y cálido, devoró el espacio con una furia contenida. Pero fue en el Andante sostenuto donde su gracia realmente se manifestó: su violín cantó una melodía de una nostalgia desgarradora, de una pureza casi suspendida fuera del tiempo, sostenida por los vientos de la orquesta con una ternura infinita. El finale, tomado a un tempo endiablado, fue un torbellino de alegría y virtuosismo, concluido con una ovación interminable. La complicidad con Lionel Bringuier era total, cada mirada intercambiada, cada respiración común daba fe de una unidad de espíritu poco común.
Luego vino el seísmo. Compuesta en 1937, en pleno terror estalinista, la Quinta Sinfonía de Dmitri Shostakovich es un monumento de ambivalencia. Subtitulada por el compositor como “La respuesta de un artista soviético a una crítica justa”, es en realidad un campo de batalla psicológico de una potencia fulminante. Desde el vértigo marcial e implacable del primer movimiento hasta la ironía grotesca del segundo, pasando por el conmovedor largo, una de las páginas más desgarradoras y desoladas de todo el repertorio sinfónico, hasta la apoteosis final, ambigua y ensordecedora, la obra es un fascinante laberinto emocional.
La Orquesta Filarmónica de Niza, visiblemente inspirada, superó el desafío que supone toda ejecución de este monumento sinfónico, con una autoridad que impone respeto. Con un compás tan brillante como sutil, Lionel Bringuier ofreció una lectura magistral de la sublime partitura de Shostakovich, rechazando los efectos fáciles para sumergirse en el corazón de los abismos de la partitura. Desde el ataque del primer movimiento, esculpió un sonido de una claridad cortante, haciendo surgir del caos inicial el famoso tema, martilleado con una nitidez implacable. El segundo movimiento, con sus ritmos de vals desquiciado, fue un puro momento de gracia irónica, donde el clarinete y las cuerdas se entregaron a una danza macabra de una elegancia venenosa. Pero la cumbre de esta interpretación fue, sin duda, el Largo. Bringuier supo instaurar un silencio ensordecedor, una tensión interior palpable. Las cuerdas graves, de una profundidad suntuosa, desplegaron su lamento fúnebre, sostenidas por un arpa cristalina y pizzicati de una delicadeza infinita. Fue un momento de una emoción desnuda, casi insostenible, donde el horror y la belleza se fundían en uno. El finale, explosivo, no fue tocado como una simple marcha triunfal. Bringuier subrayó su mecánica implacable, su frenesí casi histérico, dejando planear la duda sobre la naturaleza de esa alegría forzada. El acorde final, de una potencia telúrica, liberó la sala con su soplo.
Fue un triunfo, y la palabra no es exagerada. El público, que acudió en masa (la velada colgó el cartel de “no quedan antradas”), aclamó largamente a una Orquesta Filarmónica de Niza en una de sus grandes noches, dirigida por un maestro cuya inteligencia y pasión están haciendo, sin duda, maravillas al frente de su formación nizarda. Una velada que quedará grabada en la memoria de los melómanos de Niza.
Emmanuel Andrieu
(foto: Emmanuel Andrieu)


