Nagano y la esperanza

La noticia, a mediados de la semana pasada, sorprendía a casi todos, creo que también a los propios músicos de orquesta. Tras la tormenta desatada hace poco más de dos años con los rumores de que la mexicana Alondra de la Parra, ahora titular de la ORCAM, sería la sustituta de David Afkham cuando este finalizara su mandato al frente de la Nacional (cosa que, de no haber renovado por dos años más en medio de aquella turbulencia, habría ocurrido justo al final de la temporada en curso), el día 18 se anunció que el nuevo director titular y artístico de los conjuntos nacionales, a partir de septiembre de 2026 (Afkham termina su recorrido a final de la temporada 25-26) será el estadounidense de origen japonés Kent Nagano (Berkeley, 1951).
Sobre Kent Nagano
Nagano tiene una amplia experiencia en el campo operístico, habiendo estado al frente de las óperas de Lyon (1988-98), Los Ángeles (2003-6), Ópera estatal de Baviera (2006-13) y Hamburgo (2015-25). Tiene también una trayectoria importante en el campo sinfónico, habiendo sido titular de la Sinfónica de Göteborg, la Deutsches Symphonieorchester de Berlín y la Sinfónica de Montreal (2006-20). Ha dirigido como invitado muchas de las grandes orquestas internacionales (Filarmónica y Sinfónica de Londres, Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Viena, Sinfónica de Chicago, Sinfónica de la Radio de Baviera, entre otras). Estamos, pues, ante un músico de bagaje y trayectoria considerable, con una extensa discografía a sus espaldas que evidencia, para empezar, una de sus principales características: la versatilidad. Nagano tiene notoria afinidad por el repertorio del siglo XX y el actual, con especial énfasis en la música de Messiaen, pero también la de Henze, Stravinski o John Adams. Sin embargo, cultiva también repertorios anteriores, desde Haydn (lo último que le escuchamos con la Nacional fue, precisamente, La Creación, en abril de este año) a Bach, pero también Beethoven, Mahler, Bruckner, Richard Strauss o uno de sus más recientes proyectos, el Anillo de Wagner con el conjunto historicista alemán Concerto Köln.

El firmante tuvo ocasión de conocer a Nagano cuando en 2021 vino a dirigir como invitado la Nacional, en un programa con obras de Messiaen y Fauré. Mantuve con él una larga y enjundiosa entrevista (fue muy generoso con el tiempo, más de hora y media) que pueden encontrar aquí y que, a buen seguro, les proporcionará una perspectiva interesante sobre su personalidad y forma de pensar: https://scherzo.es/kent-nagano-la-musica-clasica-no-es-un-lujo-es-algo-esencial-para-nuestro-pensamiento/.
Como señalé en aquella ocasión, Nagano se antoja un hombre amable, correctísimo, calmado, reflexivo y muy inteligente. Tiene un bagaje musical y cultural imponente. Tiene las ideas claras, pero está abierto siempre a la novedad, a la perspectiva diferente, a lo que le haga pensar.
Creo muy ilustrativo, para ahondar más en su personalidad, conocer su autobiografía, escrita con la ayuda de la periodista Inge Kloepfer, y editada en primer término en alemán en el año 2018, pero poco después traducida al inglés, con el título Classical Music: Expect the unexpected (McGill University Press, 2019). Porque dicha autobiografía es más que un mero relato de la vida de Nagano, es un estimulante alegato a favor de la música clásica, “cuya constante pérdida de relevancia en estos tiempos”, dice el maestro estadounidense, “no sólo empobrece a la sociedad desde el punto de vista cultural, sino que la priva de inspiración, ingenio, profundidad emocional y sentido de comunidad”. No puede uno sino sumarse plenamente a tal alegato, porque hay que convenir con Nagano en que “la música clásica es demasiado crucial para la supervivencia de la humanidad como para permitir que desaparezca silenciosamente de nuestra realidad cotidiana”.
Lo señala el próximo titular de la Nacional con palabras muy acertadas al final del prólogo de este libro: “Este libro no trata sólo de la música como tal, sino también de nosotros mismos y por qué no debemos permitir que la música clásica pierda su relevancia social en un mundo tan cambiante y tecnológico, principalmente basado en lo visual. ¿Qué otra cosa podría recordarnos nuestras tradiciones, que tanto necesitamos en este estado nuestro de postmoderna desorientación? ¿Qué otra cosa podría inspirarnos ideas con más fuerza o impulsarnos hacia el futuro sin que olvidemos quiénes somos?”
¿Qué puede suponer su nombramiento como titular de la Nacional?
Pienso que no habrá muchas dudas de que la Orquesta y Coro Nacionales de España han experimentado un cambio, y a bastante mejor, en los últimos quince años. La labor de Josep Pons, primero, y de David Afkham, después, se ha traducido en un salto de calidad tan significativo como patente. Creo no ser demasiado atrevido si señalo que quienes tenemos la fortuna de escuchar muchas orquestas de bastantes países al cabo del año, podemos afirmar, sin temor a exagerar, que la Nacional ha subido muchos escalones en la liga de las orquestas europeas, y se encuentra muy bien situada entre las de alto nivel. La formación ha crecido mucho de la mano de su actual titular (que también, dicho sea de paso, ha evolucionado para bien), más allá de que, naturalmente, queden aspectos por mejorar y pasos por dar, que hoy se antojan obligados por la propia evolución de la sociedad y de los modos de escuchar y acercarse a la música.
Quizá el más significativo de esos pasos, y tal vez el más delicado también, es el de la visibilidad, una que lleve a la orquesta mucho más allá del ámbito local y hasta nacional: que ese salto de calidad que quienes les escuchamos todas las semanas venimos apreciando y comentando hace tiempo, sea evidente para mucha más gente, no solo los abonados, o quienes asistan en vivo a los conciertos, o incluso a quienes escuchen las transmisiones en directo por Radio Clásica o, con cuentagotas, en diferido y, como diría Les Luthiers, “en el horario habitual de las tres de la mañana”, en Televisión Española.

Y para ese salto cualitativo, hoy día, las plataformas de streaming (llámense canal de youtube o herramientas más específicas como la soberbia que tiene la Filarmónica de Berlín) y las grabaciones, además de las giras, son fundamentales. Muchos no dejamos de sentir cierta frustración cuando vemos orquestas más discretas (muchas de ellas, con un nivel sensiblemente inferior al de la Nacional) grabando sin cesar, incluso para sellos de cierto empaque, mientras las grabaciones de la Nacional se hacen de rogar y, aunque sean excelentes (como aquella Séptima de Shostakovich de Afkham hace no muchos años), aparezcan con mucho menos que cuentagotas.
Y es justamente en este sentido donde la posible aportación de Nagano se antoja más inmediatamente evidente. Porque la trayectoria internacional del estadounidense es larga y bien conocida, y es evidente que su llegada, reforzada además por el hecho de que, tras él, está una de las agencias de representación artística más poderosas del planeta, léase Harrison Parrott, supone un empujón muy importante para que la Nacional llegue a estar en el alcance de radares que ahora mismo no la encuentran. Recordemos que la agencia británica tiene, entre otros, a los siguientes maestros: Harry Christophers, Paavo Järvi, Gustavo Gimeno, Pablo Heras Casado, Klaus Mäkelä, Sakari Oramo, Masaaki Suzuki, Christoph von Dohnányi o Edo de Waart, entre otros. Creo que los nombres y su impacto público en el ambiente de las grabaciones hablan por si solos.
Caben también, como antes apunté, pocas dudas sobre su versatilidad. Que se mueva especialmente a gusto en las aguas de Messiaen, Adams, Zappa o Stravinski no ha impedido que transite con asiduidad por las de Haydn, Beethoven, Mahler, Bruckner, Brahms o Strauss. Creo que, en lo que conozco de él, tampoco cabe anticipar demasiadas inquietudes sobre su manera de tratar a los músicos.
Quedan, indudablemente, interrogantes que solo el tiempo permitirá responder: cómo se entienda con la orquesta, cómo trabaje con ella y la haga progresar, cómo se acerque al repertorio local, cómo elabore su idea de programación, la continuidad de proyectos interesantes, como los conciertos satélites, etc. Pero parece obvio, al menos a quien esto firma, que su nombramiento es una noticia esperanzadora, con algún dividendo (el de la visibilidad) que se adivina inmediato, y otros en los que cabe confiar con bastante optimismo. Noticia, además, que cierra más de una inquietud que permanecía viva en el ambiente tras la tormenta desatada por los rumores mencionados al principio. Estaba en juego cerrar un nombre que asegure mantener la trayectoria ascendente de la orquesta. Hay que confiar en que se haya acertado. Bienvenido, pues, sea el maestro Nagano, a quien esperemos sea posible ver ya en algún concierto en la temporada próxima.
Rafael Ortega Basagoiti


