Música y poder político

Las relaciones del poder con la cultura —y viceversa— son un clásico de la historia de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Cuando la cultura se convierte en elemento ancilar de la política, en lugar de en posibilidad crítica, cuando se convierte en propaganda, lo que suele suceder al mismo tiempo es que la educación disminuye su intensidad como elemento capaz de desarrollar ciudadanos libres. Cuando hablamos de crisis culturales, que tantas veces tienen que ver con la dotación económica de sus propuestas públicas o privadas, hablamos también, por regla general, de crisis políticas que suelen pedir ser alimentadas por la ignorancia.
La cultura ha alcanzado el curioso estatus de elemento reputacional para los gobiernos, pero por razones y con intereses distintos. Estos días estamos asistiendo a la utilización partidista, egolátrica, diríamos mejor, de la cultura —de la música en lo que nos ocupa— por parte de Donald Trump.
Uno de sus primeros decretos —esos que firma con hiperbólica rúbrica, todo está medido— fue el del cese de toda la estructura directiva del Kennedy Center de Washington DC, sede de la Orquesta Sinfónica Nacional. Su idea era la de reprogramar la oferta para que esta siguiera su propio punto de vista —suponiendo que tenga alguno en la materia—, es decir que no se saliera de las premisas ideológicas de su MAGA que ha devorado al Partido Republicano.
El director titular de la OSN, Gianandrea Noseda, que ha optado por la prudencia tras renovar su contrato, se ha referido a la situación como “dramática aunque no peligrosa” y ha manifestado que no le importaría que Trump acudiera a sus conciertos. La segunda de las medidas del nuevo presidente ha sido, dentro de las ideas del llamado DOGE, privar a la Orquesta Sinfónica de Chicago de la financiación federal que recibe cada año.
En lo puramente económico, las restricciones al Kennedy Center representan el 16% de su presupuesto —el resto se cubre con taquilla y donaciones privadas—. En lo tocante a la Orquesta Sinfónica de Chicago, la subvención estatal es de 80.000 dólares, poco más o menos, el chocolate del loro para una formación que el año pasado tuvo unos gastos operativos por valor de 80 millones. El problema está en la injerencia en un sistema que, a su manera, ha ido funcionando, solventando crisis, sorteando cierres patronales, mirando a Europa con envidia, pero en el que figuran algunas de las cinco mejores orquestas del mundo.
Trump se ha autoproclamado presidente del Kennedy Center y anticipado que se acabó su presunta y demonizada apertura woke. En el caso de Chicago todo es posible, pero cabe pensar en una especie de aviso para navegantes, los mismos que a pesar de los pesares siguen viendo, como decíamos, el modelo europeo como algo tan deseable como imposible para ellos, y más ahora cuando sospechan que la idea de Trump bien pudiera ser el desmantelamiento del Fondo Nacional para las Artes.
En el otro polo —aunque los extremos se toquen en otras materias— a primeros de este año se celebraba, con un concierto dirigido por Gustavo Dudamel en Los Ángeles, el cincuentenario del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, creado por José Antonio Abreu. El Sistema ha sido, además de un ejemplo de buena praxis formativa y vivero de buenos músicos, punta de lanza de una mercadotecnia cultural que les vino bien a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, herederos de una idea que, a la vista de los hechos, hicieron muy bien en aceptar como legado más que rentable.
Al contrario que en el caso Trump, aquí se trataba de compensar la posible mala prensa de la política venezolana con una idea que a nadie, en principio, podía desagradar. La política soportaba la música porque le venía bien y el Sistema era ya demasiado grande como para dejarlo caer. Sobre todo, cuando las críticas a su eficacia eran tan escasas y sus éxitos eran tan evidentes.
Dos modos, pues, de afrontar la música desde distintos puntos de vista, con el peligro de desmantelamiento más palpable, curiosamente, en el acaudalado Norte que en el pobre Caribe. Veremos qué sucede en una Europa en la que la presencia de la extrema derecha, sin más programa en ese ámbito que un nacionalismo a veces de caricatura, pero cada día más cerca del poder, puede hacer pensar en que la cultura —generalmente estigmatizada como una especie de pozo sin fondo de gasto inútil— puede atravesar una crisis muy severa.
Ya conocemos los mantras principales: la gente de la cultura es decididamente woke, vive de la subvención, la oferta de la música clásica es elitista y, en definitiva, quien la quiera que la pague por lo que le pidan. No se conoce mejor sistema de apoyo a las artes que el surgido de la Europa de la postguerra, y en él ha tenido un papel decisivo la presencia de las administraciones, desde el Estado hasta los municipios o los barrios. Es perfeccionable, como debe serlo la capacidad gestora de sus responsables.


