MÚSICA EN SEGURA 2026 / ADDA Simfònica y Josep Vicent: una Quinta de Chaikovski canónica

Orcera. Teatro Municipal. 15-V-2026. Nadège Rochat, violonchelo. ADDA Simfònica. Josep Vicent, director. Obras de Schumann y Chaikovski.
Música en Segura es un festival «frágil», en palabras de su propio organizador, Daniel Broncano, aquí mismo en Scherzo. De las múltiples maneras que uno podría entender esa dimensión quebradiza o inestable, una se impone nada más llegar a esos entornos privilegiados y encantados de Segura de la Sierra y Orcera, dentro del Parque Natural de la Sierra de Segura, Jaén, y comprobar cómo la apuesta de llevar la música a esos espacios recónditos de la España rural más aislada, tan arriesgada, a la naturaleza, a las instalaciones agrícolas o a los vestigios patrimoniales diseminados por el abrupto territorio, arriba y abajo, está sujeta por fuerza a imprevistos y circunstancias sobrevenidas, climáticas o naturales, que rompen con la quirúrgica precisión urbana a la que los urbanistas estamos acostumbrados. Bendita fragilidad que rompe las inercias y obliga a estos reajustes sobre la marcha, con la consiguiente desesperación lógica de la organización y no tan lógica del público, porque si algo diferencia a Música en Segura de otros festivales similares, y en ello va precisamente la decisión de su localización, es su manera particular de vivir el tiempo de la música —obvio—, pero, también, el tiempo de espera de la música —no tan obvio—. En eso, Música en Segura es seguramente punta de lanza en nuestro país. Sirva este preámbulo para poner en contexto las circunstancias que rodearon la presentación de ADDA Simfònica en el festival, con un cambio de espacio in extremis por razones climatológicas que hizo que el concierto empezara con tres cuartos de hora de retraso por el inesperado traslado de las instalaciones previstas iniciales de la Cooperativa de Orcera al Teatro Municipal.

ADDA Simfònica, orquesta de la Fundación de la Comunitat Valenciana y residente del Auditorio de la Diputación de Alicante, es un proyecto reciente nacido del impulso de su fundador y director titular Josep Vicent, trotamundos de la música que cuenta dentro de su amplio currículo con el privilegio de haber sido asistente de grandes personalidades como Alberto Zedda o Daniel Barenboim. Lo que la acústica del Teatro de Orcera dejó entrever fue una orquesta muy equilibrada en todas sus secciones, pese a la crudeza que la sala imponía a los timbres orquestales, privados de la riqueza de una buena reverberación. La planitud del escenario y la ausencia de concha acústica forzó que los metales sonaran muy atrás y no llegaran a tapar en ningún momento a la cuerda, cuya precisa y empastada intervención pudo seguirse con nitidez durante todo el concierto, cosa que en Chaikovski se agradeció especialmente. Aunque suene a tópico, destacó una entonada sección de viento metal —sobre todo las trompas—. Jaume Ivorra al clarinete, por volumen, timbre y capacidad de regulación del aliento, merece mención aparte.
En programa, dos caballos de batalla del repertorio más habitual de las salas de conciertos: el Concierto para violonchelo en La menor, Op. 129 de Robert Schumann y la Sinfonía n. 5 en Mi menor, Op. 64 de Chaikovski. El programa ofrecía una lógica interna notable en la elección de estas dos obras del romanticismo más pleno; las dos orbitan en torno a la idea del destino y la lucha interior pero contrastan en escala y textura —el intimismo camerístico de Schumann frente a la arquitectura sinfónica masiva de Chaikovski—. Para la obra del músico alemán, la orquesta alicantina estuvo acompañada de la joven violonchelista francosuiza Nadège Rochat, formada con Maria Kliegel, Heinrich Schiff o Anner Bijlsma. Un rasgo singular de su carrera es el instrumento que toca: un violonchelo construido originalmente como viola da gamba alrededor de 1620 por Nicolò Amati y transformado por Antonio Stradivari en violonchelo en 1713. Durante años perteneció a la colección de instrumentos del Vaticano, característica a la que debe su nombre. Rochat lo toca en préstamo generoso de la Academia de Arte de Florencia, para lo cual fue contactada y elegida entre una lista de violonchelistas. Rochat aprovechó la cremosidad del color del instrumento para destacar las partes más líricas y melódicas del concierto con un privilegiado sentido del canto que brilló, sobre todo, en un Langsam dicho casi a flor de labio y en toda la sección a dúo con el primer atril de chelo de la orquesta. Vicent, atento en todo momento en no tapar a la solista, aprovechó los escasos momentos de tutti que Schumann reserva para la orquesta para mostrar su compresión elegante del lenguaje schumanniano. Solista, director y orquesta confluyeron en dotar al Sehr lebhaft final de ese particular carácter de conversación animada.

Ya en la segunda parte, con la Sinfonía n.5 del músico ruso pudimos calibrar plenamente el alcance sonoro de la orquesta. Vicent ofreció un Chaikovski al uso, canónico diríamos, volcado a la hiperexpresividad de la partitura y a la atención a esos detalles memorables que hacen tan sorprendente cada nueva escucha en vivo de tan inmarcesible partitura. La propuesta funcionó acertadamente en un Andante cantábile rutilante en su efusividad, con un clímax muy intenso, y un efervescente Finale-Andante maestoso, pero al Andante-Allegro con anima le sobraron ciertas rigideces y al Vals, creo, le faltó un punto mayor de riesgo expresivo, seguramente por la necesidad de una propuesta expresiva para el conjunto de la obra de mayor nitidez. Con todo, el éxito fue tan rotundo que orquesta y chelista ofrecieron como propina El Cant del Ocells en una versión primorosa: después del estrépito romántico, una música tan sencilla y conmovedora penetró como una saeta en el alma aún más profundamente.
C. Crespo García
Fotografía: Juan Antonio Partal


