Daniel Broncano, director de Música en Segura: “Si los festivales no tienen criterio, programan las agencias”

“Nunca he conocido un instrumento que cambie de sonido tan rápido como el sheng. Es un sonido vertical, casi como una serpiente”. Así describía la violinista y compositora Judith Steenbrink el histórico instrumento chino que Holland Baroque y Wu Wei llevaron a uno de los conciertos más recordados de Música en Segura, en 2018. En las manos de Wei, el sheng, capaz de susurrar, rugir o sostener pulsos rítmicos de vértigo, se integró “como un milagro” en la música de Vivaldi, Bach o Telemann: aquel concierto ocurría en una cooperativa de aceite con las montañas de la Sierra del Segura de fondo. La escena resume bien el espíritu del festival dirigido por Daniel Broncano: una apuesta por el riesgo artístico, la escucha abierta y los cruces improbables en mitad del mundo rural. Hablamos con él sobre cómo ha logrado arraigar allí, entre iglesias, plazas y fábricas de aceite convertidas en auditorios, un festival que celebra del 13 al 17 de mayo su 13ª edición y atrae cada año a unas 12.000 personas a una comarca de apenas 25.000 habitantes.
Música en Segura suele citarse como uno de los proyectos culturales más singulares de la España rural. Más allá de la excepcionalidad del entorno, ¿qué mecanismos garantizan hoy su sostenibilidad?
Música en Segura no tiene una estabilidad asegurada. Es un festival independiente y frágil, y ha sido una apuesta arriesgada desde que se creó en 2013. Es verdad que ha ido creciendo y que se han sumado apoyos, pero dentro del ecosistema de la música clásica —aunque hacemos más cosas— tiene un porcentaje de taquilla altísimo. En 2026 tenemos un presupuesto cercano a los 240.000 euros, de los cuales alrededor del 45% procede de la taquilla. En música clásica eso es mucho. La sostenibilidad pasa por el tirón con el público: por atraer a gente de toda España. Luego están las administraciones públicas: el Ministerio, la Junta de Andalucía y dos ayuntamientos de la diputación de Jaén. Pero hablamos de municipios pequeños, con presupuestos limitados. También hay patrocinadores privados: una fundación holandesa que nos apoya desde el segundo año, la Fundación Caja Rural de Jaén, la Fundación “la Caixa”, productores de aceite… Pero sigue siendo un festival bastante independiente. Y eso no es necesariamente malo: depender tanto de la taquilla te obliga a ser perfeccionista, ambicioso y a cuidar mucho que todo funcione.
¿Y ya cuenta con sus propias redes artísticas?
Sí. Ya ha habido algunos intercambios con Víctor Medem y Lead the Future, ahora empezamos a colaborar más con el Festival de Úbeda, y por supuesto después de trece años muchos artistas nos conocen, pero hacer un festival de música en un pueblo de 150 habitantes siempre es un reto.
El festival trabaja para atraer a un público melómano que viaja expresamente por la programación, pero también busca integrarse con la población local. ¿Cómo se diseña una programación que reúna esos públicos sin crear una burbuja cultural?
Para mí solo hay un público: los seres humanos, que tienen dos orejas. Lo contrario sería de un supremacismo espectacular. Dar crédito a cualquier persona como alguien capaz de disfrutar de la música clásica está en el ADN de Música en Segura. Es verdad que cerca del 70% del público viene de fuera y busca alojamiento. Pero en Segura de la Sierra el núcleo tiene unos 150 habitantes. Si a un concierto de 250 personas vienen quince vecinos de Segura, puede parecer poco, pero es el 10% del pueblo. Si Madrid movilizara a ese porcentaje de su población para un concierto, estaríamos hablando de cientos de miles de personas; Rosalía está muy lejos de eso.
Buscamos formatos y conciertos que presenten la música sin profilaxis: que sea música clásica o afín interesante, que permita el descubrimiento tanto para los que escuchan más música como para los que escuchan menos. Pero eso no significa programar únicamente lo que supuestamente “pertenece” al territorio. Al principio había quien preguntaba si tocaríamos música de allí, jotas, folklore local. Y yo creo que la cultura también consiste en permitir descubrir otras realidades posibles. Yo nací en Orcera y de pequeño estaba fascinado con Mozart y con Nielsen. Para mí, ellos también son de allí.
Hace mucho hincapié en esa idea de vivir la música clásica “sin profilaxis”. En un pueblo de apenas 150 habitantes, ¿qué barreras desaparecen cuando el gran repertorio sale de los espacios pensados para él?
Cambia la forma de recibirlo. Pero tampoco hemos inventado nada. Nos hemos inspirado en muchas propuestas: en I Suoni delle Dolomiti, en Italia, o en proyectos que trabajan en entornos industriales, como Ruhrtriennale… Después de tantos siglos de civilización, inventar algo completamente nuevo es difícil; lo importante es copiar bien, mezclar bien y gestionar bien. En Música en Segura se crea un ambiente casi de peregrinación. Mucha gente viene expresamente al festival como quien hace un camino de Santiago. El público se conoce, surgen amistades, hay quien se acaba comprando una casa en la zona. Y también se genera una cercanía muy especial con los artistas, porque en un pueblo pequeño los ves en el restaurante, en el bar o en la calle. Ahora bien, que el entorno sea rural no significa que no seamos ambiciosos. Tenemos una obsesión absoluta con la puntualidad y con las condiciones de escucha. Si un concierto en el campo empieza a las siete y media de la mañana, a las 7:31 tiene que haber empezado. Hay una liturgia muy pensada: buscamos experiencias en las que la gente pueda concentrarse en lo que escucha, pero sobre todo en las que sobresalga la belleza de lo que ocurre.
Uno de los espacios emblemáticos es la cooperativa de aceite de Orcera, convertida en auditorio sinfónico para más de 600 personas. ¿Cómo cambia la escucha cuando una obra de gran formato se interpreta en un lugar ligado al trabajo y a la vida cotidiana?
Para la población de Orcera es un motivo de orgullo total. Es un espacio muy familiar, muy central en sus vidas, porque muchas familias viven de la producción de aceite. Vivirla como espacio cultural, y verla llena de público, produce una identificación muy fuerte. A mí me encanta que todavía haya gente que recuerde conciertos de 2016 o 2018. Pienso, por ejemplo, en Holland Baroque con Wu Wei, que tocaba el sheng, una especie de armónica de boca china. Era música barroca mezclada con música oriental, algo muy delicado y precioso. Si eso se hubiera hecho en un auditorio convencional, quizá mucha gente de Orcera no habría ido. Pero allí, en la cooperativa, con las cintas transportadoras iluminadas y el paisaje al fondo, se convirtió en una experiencia que todavía recuerdan. También al público de fuera le pasa algo curioso: llega al polígono industrial y piensa que se ha equivocado de sitio. Mira varias veces la web para comprobar que es ahí. Y luego entra, ve cómo está preparado el espacio y se queda boquiabierto. A los artistas les ocurre lo mismo. Algunos llegan a la prueba de sonido pensando: “He venido porque me pagan, pero aquí no va a venir nadie”. Y de pronto aparecen 600 personas. Carminho decía al público todo el rato: “Pero… ¿de dónde habéis salido?”
Josep Vicent, que se pondrá al frente de la ADDA Simfònica Alicante el próximo día 15, ha hablado de la “intimidad creativa” que se genera allí entre público y artista. ¿Cómo se preserva esa cercanía sin renunciar a la excelencia artística?
Esa intimidad también forma parte de los orígenes de la música clásica. Por supuesto que tienen que existir los grandes equipamientos culturales. Pero esos espacios, por su propia arquitectura, generan a veces una división más clara entre artistas y público.
En la programación aparece a menudo una idea de continuidad histórica: la música como resonancia entre épocas, más que como repertorios aislados. ¿Hay una filosofía curatorial detrás?
No sé si en el futuro Música en Segura llegará a tener un eje temático por festival, posiblemente en 2027. Pero hasta ahora el gran tema del festival ha sido Segura. La localización tiene tanto contenido que no hemos necesitado imponer un eje temático general. Sí me interesa que los artistas propongan. Muchas veces la pregunta es: “¿Qué te apetece hacer aquí que no hayas hecho antes?”. Eso convierte Música en Segura en un espacio de creatividad. Ha pasado con Juan Pérez Floristán, que hizo un programa con Andrés Barrios; con Cantigas Raperas, que reunió rap y música medieval; o con residencias artísticas en las que se han estrenado obras creadas desde allí.
En esa línea, el festival ha incluido repertorios y nombres poco habituales en circuitos convencionales.
Sí, aunque Música en Segura también discrimina, como todos los demás. Pero en el concierto Alrededor de Falla, por ejemplo, aparecen Rosa García Ascot y Germaine Tailleferre, junto a Stravinsky y el Concierto para clave de Falla. Es un programa muy bien hilado, hecho en colaboración con la Orquesta Joven de Andalucía y con el Archivo Manuel de Falla. De hecho, se toca con un clave de Falla que nos deja el Archivo para ese concierto.
La obra Revés, de Israel López Estelche, un encargo del CNDM con textos de Jesús Ruiz Mantilla para el Cuarteto Quiroga y José Antonio López, se estrena en Madrid el día 13 para sonar los días siguientes en Orcera y La Rioja. ¿Qué lectura hace de que la música contemporánea circule por estos espacios?
Eso pasa desde el minuto uno de Música en Segura. En 2015 ya estrenamos un arreglo de una obra de Francisco Coll, a partir de su concierto para violín, en una versión para violín y piano mezclada con un recital flamenco de Rocío Márquez. Hemos hecho Music for 18 Musicians de Steve Reich; se han estrenado obras surgidas de residencias artísticas, como Héroes o bestias, una zarzuela contemporánea de Belén Moreno Gil y Óscar Escudero. La idea es siempre la misma: no hacer distinciones entre públicos. Hay que hacer propuestas equilibradas, que no sean un tostón para nadie, y a la vez dar crédito a todo el mundo.
¿Qué papel tienen los conciertos escolares dentro del proyecto?
Se hacen seis al año: cuatro en primavera y dos en otoño. También hay conciertos en residencias de mayores. En muchas ciudades los conciertos escolares están muy segmentados por edades, pero nuestra comarca tiene unos 25.000 habitantes repartidos en muchos pueblos. Por eso intentamos aglutinar al máximo número posible de escolares. Un turno es para Infantil y Primaria; otro, para Secundaria y Bachillerato. Después de trece años, ya hay niños y niñas que han crecido escuchando música medieval, barroca, clásica… Hace poco, en Valencia, me encontré con un estudiante de piano de 19 años, de un pueblo de la sierra, que me dijo que una de las cosas que más le habían influido era Música en Segura. Cuando pasa algo así, sientes que hay una parte de misión cumplida.
En esta edición aparecen también Ángeles Toledano, Lucía Rey o Miguel de Antílopez, artistas vinculados a la raíz, al jazz, a la canción o a lenguajes híbridos. ¿Le interesa esa tensión entre tradición y contemporaneidad?
Una de las características de Música en Segura es que no pensamos tanto en la etiqueta del género. La base es la música clásica, pero hay canción de autor, jazz, flamenco, músicas de raíz. No hay tantos festivales que mezclen de verdad sin pensar en el “pelaje del bicho”. Ángeles Toledano vino en 2019 a cantar en una placita pequeña y ahora vuelve convertida en una estrella. Lucía Rey también, e hizo un concierto en pandemia, con el pueblo perimetrado y apenas treinta personas presentes. Y este año Miguel de Antílopez está en Música en Segura por sus letras. Más allá de la rumba o de los géneros populares, sus letras son poesía.
También llega la Carroza del Teatro Real, que introduce un modelo itinerante de ópera en el medio rural. ¿Pueden estas alianzas transformar de manera estable la descentralización musical?
La Carroza del Real tiene mucho que ver con nosotros: hacer que la música llegue a muchos rincones. Pero en este caso había además una imagen muy bonita. En la cooperativa de aceite de Orcera entran constantemente camiones cisterna, porque es un espacio industrial. Me parecía precioso que llegara un camión que, en vez de aceite, trajese ópera.
¿Qué identidad propia tiene el Festival de Otoño? ¿Es solo una extensión del festival de primavera?
El Festival de Otoño es más camerístico. No se utilizan espacios exteriores: se utiliza la iglesia de los Jesuitas y a veces el teatro de Orcera, como este año. Empezó en 2019 y ha funcionado muy bien. Además, retroalimenta al festival de primavera: hay gente que viene por primera vez en otoño y luego quiere volver en mayo. Este año participan Anna Fedorova al piano, Pacho Flores con Jesús “Pingüino” González, Íliber Ensemble & Manuel Ruiz, el proyecto ganador del sello FestClásica, y Quieter than Silence / Roots Revival, un grupo vinculado a músicas de Irán y Oriente Medio. También habrá danza contemporánea, La Familia, del bailaor y coreógrafo Julio Ruiz.
Tras más de una década y más de 160 conciertos, el festival ha consolidado una identidad muy reconocible. ¿Qué límites de crecimiento se impone para no perder aquello que lo hace singular?
La pregunta es cómo no convertirnos en aquello contra lo que, de alguna manera, también reaccionamos. Cómo no hacer la música clásica todavía más inaccesible. Música en Segura empezó en 2014 con una ambición curiosa: hacer conciertos en un pueblo pequeño, cobrar entrada y traer propuestas de música de cámara con exigencia. Ahora la pregunta, trece años después, es otra: ¿qué tenemos que hacer para seguir conectando con aquella ambición original? Después de trabajar en otros proyectos —la Sinfónica de Tenerife o la Orquesta de Córdoba, pero también la Semana de Música Religiosa de Cuenca o la Semana de Música Antigua de Álava— me pregunto qué debe venir en los próximos años. ¿Quién tiene que venir? ¿Qué tipo de conciertos hay que hacer? El entorno sigue siendo extraordinario, pero la cuestión es cómo actualizar la ambición cuando el festival ya no es una start-up cultural.
¿Por qué cree que ha funcionado?
Porque había un criterio propio. Y porque, de alguna manera, Música en Segura también ha influido en otras propuestas. Me alegra ver que surgen más festivales que buscan formatos distintos, que se atreven a programar en el campo, en pueblos pequeños o en espacios no convencionales, como Bal y Gay o La Rioja. Yo he copiado e incorporado ideas de otros proyectos; por eso me parece bonito que Música en Segura pueda haber influido también en el panorama musical español. Muchos artistas que ahora están en otros festivales pasaron antes por aquí cuando estaban empezando.
¿Ese criterio artístico depende sobre todo de usted?
En buena medida, sí. Al principio dudaba más; ahora veo ciertas cosas con más rapidez. Trabajar en proyectos distintos también me ha ayudado. En una orquesta pública, por ejemplo, tienes que pensar mucho en el interés público, en cubrir un espectro amplio de públicos y repertorios. En Música en Segura hay una parte más personal: programo cosas que me resultan interesantes. Si los festivales, orquestas o auditorios no tienen criterio propio, terminan programando las agencias. Las agencias hacen un trabajo fundamental y son necesarias, pero los programadores también tenemos que desarrollar un gusto y una visión. Ese criterio propio es lo que hace que no todos los festivales sean iguales ni estén sujetos únicamente a la lógica del mercado.
¿Qué sostiene humanamente el festival?
Es un festival muy familiar. Mi madre sigue siendo una voluntaria fundamental. Se ha jubilado y ha descubierto el sector cultural; podría gobernar un país pequeño ella sola. También hay un equipo que funciona como un grupo de ninjas: diseño, prensa, producción… Es una estructura ligera, muy eficiente económicamente. Con el presupuesto que tenemos, entre primavera, otoño y conciertos escolares, alcanzamos a unas 12.000 personas. Es un proyecto personal, familiar y a la vez muy profesionalizado en su funcionamiento.
En los vídeos del festival sorprende la implicación institucional: parece que todos reman en la misma dirección. ¿Siempre fue así?
No. Lo han ido entendiendo. Cuando empecé tenía 25 años, todavía estaba obsesionado con tocar el clarinete y no tenía ni idea de organizar un festival. El primer año hubo un cuarteto de cuerda, yo tocaba el clarinete, había flauta, acordeón —vino Ksenija Sidorova— y un cantaor flamenco. No había piano porque no había dinero para alquilarlo y porque yo veía las puertas de la iglesia y pensaba que no cabía; no sabía que se le podían quitar las patas. Cuando contaba la idea, se preguntaban quién iba a venir a conciertos en mayo, con todas las bodas, bautizos y comuniones que hay en Jaén. Y lo digo con humildad. Era normal que dijesen: “No sé si esto va a funcionar”. Ahora lo han visto con sus propios ojos: viene público, se llenan alojamientos, se crea riqueza. La gente responde a una música muy concreta, curiosa, nada comercial. Y eso es irrebatible.
Camila Fernández Gutiérrez


