Muere Jacqueline Rayet, bailarina estrella de la Ópera de París y maestra de ballet

El pasado viernes 17 de abril murió en París, a la edad de 92 años, la primera bailarina y maestra (Étoile de la Ópera de París) Jacqueline Rayet. Había nacido en la capital francesa el 26 de julio de 1932. A los 11 años, la niña Jacqueline con evidentes dotes y físico para el ballet, entró en la Escuela de la Ópera de París, donde fue adscrita a la cátedra de la legendaria Carlotta Zambelli. Rayet, que luego se convirtió en una importantísima pedagoga del CNSMDP [Conservatoire National Supérieur de Musique et de Danse de Paris] como encargada de la preservación y transmisión del repertorio, reconoció hace años que su época de estudiante con Zambelli fue decisiva en su formación y en el papel que pudo desempeñar como tutora de muchos bailarines que pasaron por sus manos. Al momento de su adiós a la escena, en 1979, Rayet pasó a ser maestra en la propia Ópera Garnier y en el Ballet de Maurice Béjart, con quien siempre tuvo una relación profesional y de amistad muy estrecha.
Volviendo a sus comienzos, inmediatamente después de cumplir los 14, con apenas tres cursos de conservatorio, fue admitida en el Cuerpo de Baile de la Ópera, y esto se debió, entre otros factores como precocidad y físico, al hecho de que escaseaba la cantera preparada para renovar el ballet de la casa parisiense. Esto ocurría justamente en la primavera de 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial. Su progresión profesional fue ejemplarmente orgánica en cuanto asumir estilos y repertorio, y bailó mucho y variado siempre con reconocimiento de la exigente crítica gala. En 1950 fue nombrada solista [en el vocabulario jerárquico de la Ópera, el término es: “Grand Sujet”] y en 1956, primera bailarina. Por fin, la nominación de Bailarina Estrella [Ètoile] le llegó en 1961 tras una representación de Giselle, rol que se convertiría en su bandera artística y por el que era alabada y recordada. Su “Coppélia”, que quedó recogida en un filme, queda como un decálogo de gusto, estilo y maneras, pues recogía excepcionalmente las antiguas variaciones francesas de la obra original.
Rayet fue una intérprete destacada de obras de George Balanchine y de Serge Lifar, que creó para ella Blanche-Neige (Maurice Yvain, 1951) y Les Noces fantastiques (Marcel Delannoy, 1955). Marie-Françoise Bouchon resalta la inteligencia de su movimiento “pleno de musicalidad y refinamiento tales que es capaz de inspirar a los creadores”. Peter Van Dijk hizo para ella Symphonie innachevée (Schubert, 1959, estrenada en la Ópera de Reims con Van Dijk como partenaire) y Roland Petit Turangalîla (Messiaen, 1968). Alternó su carrera como primera bailarina en la Ópera de Hamburgo durante toda la década de los 60 del siglo XX. En 1965, acompañada del bailarín Jean-Pierre Bonnefoux, formó parte del reparto de una rara joya del cine de arte francés: Le miroir à trois faces: Pelléas et Mélisande (1965) de Jean Claude de Nesle, con una coreografía de Michel Rayne.
Rayet bailó todo el repertorio vigente en su tiempo, pero tenía sus preferencias en cuatro títulos: La Sylphide, El lago de los cisnes, Cascanueces y Giselle. En cuanto a la colaboración de Rayet con Balanchine, participó en todas las visitas del ruso-georgiano a la Ópera de París desde 1946 y su repertorio abarcó Serenade (Chaicovski), Los cuatro temperamentos (Paul Hindemith), El palacio de cristal (Bizet) (luego reconvertido en Symphony in C) y Le baiser de la fée (Stravinsky). En España, Jacqueline Rayet bailó en varias oportunidades, y lo hizo, siempre con pequeños grupos del Ballet de la Ópera de París, en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, en la Plaza Porticada de Santander, en el Teatro de La Zarzuela de Madrid y en el Teatro del Liceo de Barcelona, como principales plazas.
Rayet siempre estuvo muy abierta a la experimentación y al repertorio moderno tanto francés como internacional, habiendo participado en la creación de varios grandes espectáculos; por ejemplo, con Maurice Béjart participó en los procesos de creación (con roles ideados para ella) de La consagración de la primavera (Stravinsky, 1965) y Werbern opus 5 (1967). Antoine Livio en su libro L’âge d’homme (1969) reseña: “Esta es la primera vez desde que Béjart asumió la dirección de los Ballets del Siglo XX que acepta crear una obra para dos bailarines que no pertenecen a su compañía. Pero es cierto que Rayet, con Sacre, se ha vuelto más “bejartiana” que algunos de los bailarines de Bruselas”. Una prueba más de la versatilidad de esta notable bailarina.
Roger Salas
[En la fotografía: Jacqueline Rayet y George Balanchine durante un ensayo en la Ópera de París. C. 1955]


