Morricone y Williams: dos príncipes para una princesa

Morricone y Williams: dos príncipes para una princesa

Pocos compositores para cine pueden presumir de convertir una armónica en un personaje más de la trama, en un ser capaz de respirar y de simbolizar la venganza. Tan sencillo como construir tres tonos y separarlos entre sí por semitonos. Solo falta un buen director que luego acompañe el momento con fuerza y carácter para sostener el castillo de naipes. También, con los dedos de una mano se cuentan los que han logrado que sintamos miedo del agua. La receta: partir de unas notas graves a golpe de ostinato en el bajo. Detrás del sonido, el terror a lo desconocido, a los fantasmas del mar. Que las ideas más sencillas se conviertan en las más grandes solo están al alcance de los genios.

Qué decir de Ennio Morricone (1928) y de John Williams (1932), dos maestros aún en activo que trabajando mayoritariamente para el cine han dignificado la profesión hasta erigirse en leyendas de la MUSICA [así, en mayúsculas]. Aunque ambos se han convertido en referencia popular gracias a sus tarareables melodías, en la sombra han ejercido durante su dilatada carrera de discípulos de la vanguardia, revolucionarios que a golpe de batuta han codificado buena parte de la evolución de la música desde los años sesenta hasta nuestros días.

Ennio Morricone ha transitado multitud de géneros y estilos en sus más de 500 películas y su catálogo de música absoluta ronda los 130 títulos. Pero la parte más famosa de su producción musical se asimila a la figura del director Sergio Leone y a su revisión del western americano. Si las músicas de aquella cinematografía buscaban reflejar la imagen formada de esa realidad histórica sin escatimar en gastos, Morricone pretende lo contrario. Su visión es crítica, el timbre se convierte en un elemento subversivo. Es un moderno que busca alejar al espectador de lo que ve. La reducción del número de instrumentos ayuda a crear esa distancia. Con Morricone la épica da paso a un cierto expresionismo crítico que se sustenta en la representación, fuera de cualquier canal convencional.

No cabe duda que el genio romano es un compositor prestado al cine. Un creyente de la música absoluta que jamás sintió que sus trabajos en el terreno aplicado no fueran fruto exclusivo de su voluntad. Bertolucci, Pontecorvo, Petri, Tornatore, Argento o Montaldo se cuentan entre sus más estrechos colaboradores en tierra natal. Pero fuera de ella, autores del prestigio de Fuller, Malick, Stone, Polanski, De Palma, Almodóvar o Tarantino han buscado su complicidad, el prodigio de su funambulismo cinematográfico, ese que evita el descalabro y que llega a conmover. Él es un autor de contrastes que marca sus propias leyes. El jurista que blande la balanza donde se equilibra lo pegadizo con lo novedoso, lo conocido con lo inusitado.

Si Morricone se halla muy vinculado a Darmstadt, John Williams es un sinfonista puro, de la vieja escuela, un nacionalista en el que han echado raíces el jazz y el folklorismo. Autor de la música de más de cien películas, en su compendio de clásica se citan sinfonías y conciertos para flauta, violín, clarinete, viola, oboe, chelo y tuba. Ha recibido 5 Oscar –y 52 nominaciones-, tiene la Orden Olímpica del COI, la Medalla Nacional de las Artes de Estados Unidos, es el único músico que ha galardonado el American Film Institute y varias universidades se disputan darle su título honorario. Una institución. Sus músicas son entonadas a lo largo del planeta gracias a sus trabajos para el director Steven Spielberg o a las composiciones para la saga Star Wars, que tras sus nueve entregas cuenta con 71 leitmotiv distintos y 103 motivos incidentales con valor dramático. Ahí es nada.

Williams es el músico de toda una generación que ha sido incapaz de ponerle rostro. En su humildad, explora, busca, encuentra y, con el cine como único testigo, da vida a un pensamiento. La aritmética de los sentimientos que nos ofrece su música apunta a una ecuación que no se puede resolver, pero sucede en la pantalla. Es la música que se convierte en una onomatopeya de la vida, que se percibe en una sinestesia de lo cotidiano. Maestro de la narración, la magia surge cuando sus notas entran en contacto con el celuloide, lo mejor sucede entonces por debajo de los fotogramas, lejos de la nieve más superficial.

Los premios Princesa de Asturias de las Artes no han sido ajenos al mundo del cine. Realizadores nacionales como Berlanga, Almodóvar y Fernán-Gómez –maridando con su faceta de actor y autor-, e internacionales de la talla de Scorsese, Coppola, Haneke o Woody Allen tienen la réplica de la escultura de Miró en sus estanterías. El jurado del año 2020 ha querido ver en el reconocimiento a estos dos músicos, los primeros premiados por un apartado puramente técnico, su capacidad para enriquecer “con su talento cientos de películas. Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

El acto de entrega tendrá lugar el próximo 16 de octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo, con la presencia de los Reyes y la Princesa de España. La frágil salud de ambos maestros y la situación de pandemia siembra dudas, a día de hoy, sobre la posible presencia de los dos entonces. Sea como fuere, el momento será inolvidable. Será recordado como el día en que la música y el cine, tras su largo noviazgo, no siempre comprendido, abandonarán por un instante la pantalla para desposarse ante tan regios invitados.