MORELLA / Música en tiempos de reyes, migraciones y conquistas

Morella. 17/19-VII-2026. Early Music Morella. Basílica Arciprestal de Santa Maria la Mayor. Jorge García Martín, órgano. Facultad orgánica. Convento de San Francisco. Capella de Ministrers. Director: Carles Magraner. El Conqueridor. Acadèmia CdM. El Convit. Teatro Municipal. Al Tayr Ensemble. El viaje de Abendino. Iglesia de San Juan. Beatriz Lafont, soprano. Eduardo Egüez, cuerda pulsada. Ecos del Siglo de Oro. Ensemble Alfonsí. Director: Jota Martínez. Santa Maria: Espejo de Virtud.
Morella asombra nada más verla, encaramada sobre una colina, protegida por sus murallas y presidida por su imponente castillo, pero cuando uno entra en sus calles el asombro se renueva por su rico patrimonio y su personalidad como ciudad medieval que fue cruce de caminos, territorio de frontera y escenario de intercambios culturales. Early Music Morella cultiva esa diversidad contemplando la música medieval y renacentista en toda su expansión, como un universo. Nacido en 2012 como curso internacional, desde entonces se ha dotado de una fuerte identidad que integra aprendizaje, reflexión y convivencia, la mirada presente junto a la idea de lo antiguo como algo auténtico, verdadero, que cuenta con el respaldo del tiempo.
Lo antiguo también recupera el sosiego, aligera las urgencias y nos recuerda dónde está lo profundo. Y a menudo, como en Morella, nos permite encontrarnos con la sensación de descubrimiento de las primeras veces. La Basílica Arciprestal de Santa María la Mayor es como un reflejo de la propia ciudad: impresiona desde fuera por sus pórticos góticos, pero dentro alberga tesoros como el retablo churrigueresco del Altar Mayor, la escalera del coro y el magnífico órgano construido por Francisco Turull entre 1717 y 1724. Jorge García Martín dio en él el primer concierto del festival, uniendo la obra de Domenico Mazzocchi con la de Francisco Correa de Arauxo en el 400º aniversario de su Facultad orgánica (1626). García Martín aunó el rigor y el virtuosismo que demandaba la música manteniendo una actitud seria, concentrada y atenta, invariable incluso en las brillantes improvisaciones que reservó para el final con el fin de revelar el órgano “no solo como instrumento litúrgico, sino como un vehículo de expresión personal y virtuosismo técnico que trasciende su tiempo”.
Tras este prólogo majestuoso que trajo consigo algunas notas “modernas”, pues el siglo XVII es casi tardío en el festival, Carles Magraner, su director artístico, reunió en el Convento de San Francisco a su Capella de Ministrers en uno de esos conciertos que ilustran musicalmente nuestra historia, la ambientan y la colorean al tiempo que ayudan a explicarla. En sus luces y en sus sombras. Se trataba de un viaje a los tiempos del rey Jaume I, que vieron la conquista cristiana de las tierras de Morella, la creación en Valencia de un reino nuevo y el nacimiento de una nueva sociedad con distintas maneras de ver el mundo.
Ese mestizaje cultural tuvo su reflejo en un programa que comenzó dando voz a los conquistados con música, danza y poesía andalusí en la Valencia de los siglos XII y XIII, para seguir con el canto de trovadores de la Corona de Aragón y finalizar con música litúrgica que en la Edad Media era sinónimo de oración. Para ello la Capella se presentó con amplio instrumental medieval, capacidad para los matices y el conocimiento que viene dado por la experiencia: son casi cuatro décadas en las que, pese a la necesidad constante de renovarse, su habilidad para unir investigación y música viva se ha mantenido intacta. Lo avalan sus grabaciones pero aún más conciertos como este, con voces tan versátiles como la de Èlia Casanova (toda la atención es para ella cuando canta) o intérpretes tan sutiles como Robert Cases, Eduard Navarro, Aziz Samsaoui o Pau Ballester. Músicos en el amplio sentido de la palabra, naturales, fieles a la tradición pero modernos en la forma de transmitir sus ideas incluso cuando el reloj pasaba de la medianoche.
Muy diferente fue la velada que ofreció la Acadèmia CdM veinticuatro horas después, más festiva y teatral, en la que se brindó una adaptación de Il Festino de Adriano Banchieri bajo el título de El Convit. Una comedia madrigalesca contemporánea del Orfeo de Monteverdi, una especie de juego musical que mezcla lo serio y lo popular, con personajes pintorescos, parodias del arte contrapuntístico y un espíritu de celebración colectiva que lo atraviesa todo. A los músicos les unió de un modo evidente la vitalidad de la música y Magraner les daba libertad: simplemente él estaba con ellos y ellos estaban con él. De ahí la unidad del conjunto. Junto a los jóvenes instrumentistas y el veterano Antonio Sabuco, debemos apuntar las voces de Andrea Font, Romina de la Fuente, José Luis Martínez y José Javier Sáez Ruiz, pues hay camino para ellas.
Lo hay también para los tres miembros de Al Tayr Ensemble (Jon Wasserman, Olga Rodon y Alberto Espinosa), seguros y comunicativos, aunque el Teatro Municipal careciera del encanto de otros marcos del festival. En él presentaron su programa El viaje de Abendino, imaginando el viaje de un judío sefardí a través del Mediterráneo desde su expulsión de Granada en 1492 hasta establecerse en Constantinopla. Un viaje de memoria y nostalgia aunque también culturalmente diverso, de encuentro de tradiciones. Casi siempre en penumbra, los músicos alternaron piezas del Cancionero de palacio con canciones sefardíes, música andalusí y piezas tradicionales de los Balcanes, con el anónimo Durme, durme en lo más alto de un programa que podrán asentar con el tiempo.
Tampoco la Iglesia de San Juan posee la belleza de la Basílica o el Convento de San Francisco, pero su acústica es muy grata para los conciertos vocales, como quedó patente en el recital que ofrecieron Beatriz Lafont y Eduardo Egüez entre la España del XVI y la Italia del Seicento. Un programa delicadamente elaborado, sin fuegos de artificio, que permitió al argentino poner de relieve la maestría de algunos de nuestros grandes vihuelistas (Luis de Narváez y Alonso Mudarra) y a la soprano valenciana exhibir dulzura, sensibilidad y nitidez cristalina lo mismo en una pieza como Soleta so jo ací del Cancionero de Palacio que en Ti lascio, anima mia de Frescobaldi —tocando a la vez la tiorba— o la intensísima Lagrime mie de Barbara Strozzi. El mismo escenario acogió después al Ensemble Alfonsí de Eduardo Navarro, César Carazo y Jota Martínez dando voz a algunas de las Cantigas de Santa María de Alfonso X de manera austera, casi desnuda pese al acompañamiento de instrumentos de cuerda (mucho más presentes que los de viento y percusión) y con un aire tradicional que las relacionaba con la música de raíz. Cantigas sencillas, directas y esenciales en tiempos de estruendo: durante una semana, Morella concilia nuestra memoria musical con una calma casi olvidada.
Asier Vallejo Ugarte
(fotos: @nelohagen)


