Adiós, Marisa

Para atender a la presurosa demanda de SCHERZO de unas líneas sobre mi personal recuerdo de Marisa Manchado he acudido, como única fuente escrita, al programa de mano del estreno, en abril de 1994, de la ópera El cristal de agua fría, primera incursión de Marisa en el teatro musical, un terreno en el que ha seguido diciendo cosas hasta hace bien poco. El encargo de la ópera —para la que Marisa contó con Rosa Montero como muy ilustre libretista— lo llevó a cabo el CDMC en coproducción con el Teatro de la Zarzuela y el Centro de Nuevas Tendencias Escénicas. Como director adjunto del desaparecido CDMC (cuya cabeza era Tomás Marco, por entonces llamado a los despachos más altos de la OCNE), participé activamente en los mil y un avatares que comporta la puesta en pie de una ópera con la precariedad económica que imponían nuestros presupuestos. El estreno, al que asistió la entonces ministra Carmen Alborch, tuvo lugar en el teatro de la plaza de Lavapiés de Madrid, la vetusta Sala Olimpia, hoy reconvertida. Ángel Gil Ordóñez llevó la batuta y Guillermo Heras dirigió la escena.
Al abrir el susodicho programa de mano, he comprobado que no me había fallado la intuición: tras las fichas técnicas de la representación, los comentarios se inician con uno de la propia Marisa Manchado sobre su obra y que lleva la siguiente dedicatoria: “Para aquellos a quienes la Realidad resulta insoportable”. Comprenderá el lector que —quizá como él ahora— me haya conmovido al leer esto: es insoportable convivir con las recientes desgracias humanas cuyas noticias inevitablemente nos golpean de manera inmisericorde, y más cuando se empiezan a poner nombres y apellidos a las víctimas y ves llorar a los suyos…
Sigo con el programa de mano del estreno de El cristal de Agua Fría, porque, si he transcrito la primera frase de la publicación, paso ahora al final de la misma para citar palabras de la intervención última de la protagonista, Agua Fría: “Me voy en busca de un lugar intacto, donde poder soñar, soñar nuevos sueños…” Allí, precisamente allí, es donde se nos ha ido Marisa Manchado. Hace algo más de año y medio coincidí en butaca próxima, en el Auditorio Nacional, con Rosa Montero y le hablé —cómo no— de la experiencia de El cristal de Agua Fría, vivencia que compartimos sin conocernos personalmente. De repente nos unió Marisa Manchado momentos antes de que sonara la música que nos había congregado: la Sinfonía de la Resurrección de Gustav Mahler.
Mi contacto profesional más reciente con la compositora, cuya trágica muerte hoy lamentamos con rabia, fue con motivo de una de sus empresas músico-feministas: el Concurso de Composición “María de Pablos”, para jóvenes compositoras, organizado en Segovia por la Fundación Don Juan de Borbón. Me llamó como miembro del jurado, que ella presidía, de la edición celebrada en 2022, y allí estuvo, fiel a sus criterios de siempre, celebrando como virtudes osadías o disparates que, de haber sido ella jueza única del concurso seguro que no hubiera premiado, pero que esgrimía como contrapeso divertido contra quienes no descartábamos examinar partituras compaseadas y sin más gráficos que las notas escritas sobre los pentagramas: ¡qué formalitos!
En el ámbito profesional de la música no olvidaremos a la compositora inquieta, ni a la mujer que con sonrisa giocondina y el mayor desparpajo soltaba sus verdades, ni a la feminista militante. Se ha ido “en busca de un lugar intacto, donde poder soñar, soñar nuevos sueños”…
José Luis García del Busto


