MONDOÑEDO/ Festival Bal y Gay. Vox Luminis: incomparable e inolvidable Bach

Mondoñedo. Catedral. 5-VIII-2026. Vox Luminis. Director: Lionel Meunier. Obras de Johann Sebastian Bach.
Desde su fundación, en 2004, Vox Luminis, creado y dirigido por Lionel Meunier (Clamecy, Francia, 1981), ha ido ascendiendo tranquilamente, sin prisa ninguna, adecuando conocimiento e imaginación, técnica y expresividad, a las más altas cimas de la interpretación vocal de nuestro tiempo. En el concierto inaugural del Festival Bal y Gay 2026 mostró, además, una autoridad superlativa —si se puede aplicar ese calificativo al prodigio de naturalidad que preside todo su discurso— en el repertorio bachiano. Para la ocasión, el coro belga, apoyado por un conjunto instrumental de nueve miembros —sobresaliente el organista, Daniel Seeger— había preparado un programa con los Motetes BWV 225 a 229, una parte de la obra del Cantor que, si bien se beneficia de una buena discografía, no es demasiado habitual en las programaciones no ya generalistas sino especializadas.
Escoger los motetes de Bach requiere conocer muy bien lo intrincado de su discurrir, la variedad enorme de sus affetti, la complementariedad y a la vez las diferencias entre cada una de sus partes, y dominar una retórica que conoce la mecánica y el modo de que esta llegue a provocar la emoción —no olvidemos, llegados a este punto, que Meunier considera su maestro a Philippe Herreweghe. Y uno diría que aun supera el virtuosismo manifiesto de este y sus fuerzas de Gante, ofreciendo la posibilidad de admirar hasta el más mínimo detalle de lo escrito sin que la permanente sensación de que nos parezca imposible que esta música se pueda hacer mejor vele la comunión con ella.
Naturalmente, el BWV 227 —Jesu, meine Freude— fue el centro geométrico del programa. Su longitud mayor que la de sus hermanos, la variedad de su discurrir y la ausencia de acompañamiento instrumental —Meunier optó por utilizarlo en todo el resto del programa y no sólo en el BWV 226—, a fuer de la aplicación más evidente de la relación entre relato y énfasis puntual de las palabras clave —como en el BWV 228—, hace de él la piedra angular del edificio. La fuga sobre “Ihr aber seid fleischlich, sonder geistlich” y las inefables buenas noches a cargo de dos de las sopranos y uno de los tenores fueron momentos que subrayaron esa excepcionalidad, pero en el resto de los motetes hubo instantes de igual intensidad, mantenida, por ejemplo, casi milagrosamente en el BWV 225 desde su exultante inicio incitador a la alabanza de su radiante final con aquella ya cumplida. Ejemplares todos los corales conclusivos, con la gravitas aneja a su papel de colofón.
La parte instrumental de Vox Luminis no alcanza, es imposible, las cualidades de su edificio vocal. Su primera intervención a solo —la sinfonía de la Cantata 42— fue algo decepcionante mientras en el Adagio del Oratorio de Pascua la cosa se enderezó claramente y su acompañamiento colla parte, cuando procedía, resultó perfectamente adecuado.
Como encore digno de tal sesión, Der Gerechte kommt um, la adaptación hecha por Bach del Tristis est anima mea de Kuhnau, coronó un concierto inolvidable. Hay que decir que Meunier nunca dejó su sitio en el coro mientras lo dirigía con extrema economía de medios —leves movimientos de su mano derecha mientras la izquierda sostenía la partitura. Las miradas siempre tranquilas de los cantantes revelaban el gran trabajo preparatorio que hay detrás de semejante desempeño. No fue asunto menor en el éxito lo bien que el propio Meunier entendió la acústica —un asunto que siempre fue para él de primera importancia pues contextualiza sus versiones— de la catedral de Mondoñedo, no siempre cómoda para los intérpretes y, como tantas veces sucede en esta clase de marcos, desigual para el oyente dependiendo de su ubicación en el templo.
Luis Suñén
Foto: Maider Pumariño


