MILÁN / Un ‘Faust’ de gran vuelo musical y fantasía escénica

Milán. Teatro alla Scala. 27-X-2026. Vittorio Grigolo, Alex Esposito, Marina Rebeka, Ernesto Petti, Marcela Rahal, Xhieldo Hyseni, Hyeonsol Park. Director musical: Daniele Rustioni. Director de escena: Johannes Erath. Gounod: Faust.
La última ópera de la temporada 25/26 de la Scala, el Faust de Gounod, brindaba la ocasión para dos debuts muy significativos: el de Daniele Rustioni en el podio del teatro milanés y el del director de escena Johannes Erath, a quien ya habíamos admirado en Italia en 2024 por su Ermione de Rossini en Pésaro (que obtuvo el Premio de la Crítica Musical Italiana). La familiaridad de Rustioni con el repertorio francés, adquirida también durante sus ocho años al frente de la Ópera de Lyon, se reconoció en las excelentes cualidades de una interpretación de gran equilibrio y elegancia. Rustioni realzó con intensidad y delicada sutileza los rasgos originales del lirismo de Gounod, su intimismo y su ternura (características vinculadas principalmente al personaje de Margarita y a los momentos de enamoramiento de Fausto); pero mantuvo firme la tensión del conjunto, definiendo con fluidez y naturalidad todos los demás aspectos de una partitura que marcó un punto de inflexión en la historia de la ópera francesa. Precisamente la soltura con la que se pasaba de un carácter a otro constituyó una de las mayores virtudes de la dirección de Rustioni.
No hace falta subrayar que las cualidades y limitaciones del Faust de Gounod, así como las propias razones de su enorme éxito, tienen poco que ver con el texto de Goethe: el anhelo, el Streben que en la tragedia determina la salvación del protagonista, queda reducido en la ópera a una dimensión muy concreta, hecha de placeres, muchachas jóvenes y embriaguez amorosa. En realidad, en Gounod es Mefistófeles quien adquiere un protagonismo arrollador, mientras que Fausto es poco más que un joven torpe que provoca desastres dejando embarazada y abandonando a la pobre Margarita: con el personaje de Goethe solo comparte la evocación de su nombre, aunque le corresponden momentos líricos que figuran entre las cumbres de la ópera.
Esta situación tan variopinta, no exenta de aspectos kitsch, ofrece una gran libertad al director de escena, y Johannes Erath la ha aprovechado para dar rienda suelta a su fantasía en un espectáculo coherente en su carácter onírico y visionario y en su declarada independencia de cualquier naturalismo. Esta independencia, de por sí completamente pertinente, se materializa de manera vertiginosa, mediante una sucesión de ocurrencias no siempre inmediatamente comprensibles y en ocasiones quizá excesivas, pero arrebatadoras, como si Mefistófeles las provocara en una secuencia incesante. Al principio, y sobre todo en la fiesta popular del segundo acto, la notable escenografía de Heike Scheele evoca un circo y un parque de atracciones. Las acciones escénicas y las proyecciones se entrelazan hábilmente. El Fausto rejuvenecido aparece casi siempre en escena junto a su «doble» anciano; Margarita se multiplica por tres o por cuatro, quizá para darnos a entender que él ama más una imagen de muchacha joven que a una mujer concreta.
En el reparto vocal, Marina Rebeka ofreció como Margarita una interpretación de extraordinaria intensidad, quizá la mejor entre las notables actuaciones de esta cantante en la Scala. A su lado, el Mefistófeles de Alex Esposito impuso toda su autoridad escénica y vocal, como ya había hecho en Venecia en 2022. Vittorio Grigolo fue un Fausto de cualidades vocales poco comunes, aunque inclinado a cierta extroversión. El barítono Ernesto Petti fue un Valentín de gran solvencia. También destacó Marcela Rahal como Siebel, y los demás intérpretes cumplieron satisfactoriamente. Excelentes las intervenciones del coro y de la orquesta.
Paolo Petazzi
(foto: Brescia e Amisano)


