Mi querido Arriaga

Posiblemente mi primer encuentro con Arriaga ocurriera contemplando de niño el busto del célebre compositor vasco en el vestíbulo principal del Teatro Arriaga de Bilbao. Y es que la evocación de Arriaga aparecía en el nombre de varios de los enclaves musicales de la ciudad donde nací, como su teatro más importante o el conservatorio de música. El caso de Arriaga es ciertamente muy especial: un músico precoz que rápidamente alcanza la madurez suficiente para componer unos cuartetos de cuerda que no tienen nada que envidiar a los grandes maestros Mozart, Haydn y Beethoven, pero que fallece en París pocos días antes de cumplir los 20 años. Sin hacer de menos a su música sinfónica o vocal, también de una calidad notable. Nunca sabremos qué nos hubiera deparado su creatividad de haber vivido más años, pero sí podemos aventurarnos a asegurar que tenía un futuro prometedor. Por supuesto, la escasez de su obra, perdida en gran parte, no ha contribuido a que lo poco que ha sobrevivido hasta nuestros días llegue a conocerse a nivel mundial, y es aquí donde entra nuestro papel para difundir su obra más desconocida.
Juan Crisóstomo Arriaga, uno de los compositores más reconocidos de la historia musical del País Vasco, cuya obra supone una referencia fundamental en la literatura musical a nivel europeo, nació en Bilbao el 27 de enero de 1806 y falleció poco antes de cumplir los 20 años en París, el 17 de enero de 1826. Tuvo como profesor al tenor y violinista Fausto Sanz en la capilla musical de la catedral bilbaína de Santiago, y participó en las veladas musicales de familias acomodadas, como los Torre o los Mazarredo. Su padre organista, a pesar del gran gasto económico que suponía, sufragó la estancia de formación de su hijo en París, principal centro musical del momento. Llegó a la capital francesa en septiembre de 1821, donde contó con la amistad de músicos establecidos allí, como Manuel García y Mateo Pérez de Albéniz, y fue admitido para cursar violín y composición en la École Royale de Musique et Déclamation, famoso centro donde fue muy activo en los cinco años que vivió en París hasta su fallecimiento, con profesores como Pierre Baillot, François-Joseph Fétis o Luigi Cherubini. De hecho, fue el tratado (L’art du violon, 1834) de Baillot el que nos daría tantas pistas allá por 2014 cuando grabamos la integral de sus cuartetos de cuerda con instrumentos de época, así como estos días en la preparación de sus piezas sacras que presentaremos en Bilbao.
Es irrefutable que Arriaga, a pesar de su corta vida, nos legó una producción musical de gran interés (Sinfonía en Re, Obertura de “Los esclavos felices”, tres cuartetos de cuerda, música instrumental, música vocal religiosa y escénica, etc.). La recuperación de sus composiciones a finales del siglo XIX, gracias a sus descendientes, fue acompañada de algunos elementos románticos, como el mito de la prematura muerte causada por el esfuerzo de la composición o el apodo de “el Mozart español”, ya que nació el mismo día cincuenta años después que el genio de Salzburgo. Las posteriores investigaciones, como la de Marie Winkelmüller, sitúan al autor en el contexto de la recepción de Beethoven en el París en los años veinte, más acorde al estilo de su música, y nos dan una nueva visión de la figura de Arriaga que destaca la importancia de su obra y subraya su trascendencia en la música de su tiempo.
Coincidiendo con el bicentenario de su muerte, este día 17 dirijo un concierto en el Teatro Arriaga de Bilbao, bajo el título de “Arriaga y el eco de su tiempo: Un viaje por su música religiosa y la influencia de la tradición clásica”. El programa, con La Ritirata en formación de nutrida orquesta clásica, recoge algunas de sus composiciones de música vocal de carácter religioso menos escuchadas, como el Stabat Mater, estrenado en París cuando su autor estudiaba en la École Royale de Musique et Declamation, cuyo director a la sazón, el anteriormente mencionado Luigi Cherubini, lo consideró una obra maestra. También el motete “O Salutaris Hostia” para dos tenores, bajo y orquesta, curiosamente con la misma plantilla vocal e instrumental que la posterior obra homónima del propio Cherubini, que también figura en el programa – no sabemos si compuesta en homenaje a su genial alumno. Completan el concierto dos de las seis sinfonías del Op. 12 de otro italiano, el compositor Luigi Boccherini, publicadas en 1776, pero compuestas en 1771 en un estilo clásico similar al de Haydn o Mozart, y con idéntica instrumentación que las mencionadas piezas de Arriaga, para mostrar el contexto de la música que se interpretaba en la España de la época en la que nació Arriaga.
Mi interés al frente de La Ritirata, al igual que cuando grabamos el CD Juan Crisóstomo de Arriaga: The complete string quartets on period instruments (Glossa) en 2014, es aproximarnos al sonido y las características interpretativas que pudo tener en el París de la tercera década del siglo XIX, con instrumentos y criterios de época, y en este caso con las tres maravillosas voces de Juan Antonio Sanabria, Diego Blázquez y Ferrán Albrich. Todo ello para mostrar al público bilbaíno el dominio compositivo y estilístico de un Arriaga de pocos años que aún hoy conserva la capacidad de fascinar tanto a los intérpretes como al público. Esperemos que este año 2026 podamos ver a Arriaga reflejado en las principales temporadas de nuestro país. Por nuestra parte, desde luego haremos todo lo posible: además de nuestra inminente cita bilbaína, tenemos previsto llevar su música de gira al National Forum of Music de Breslavia, la temporada de la Fundación BBVA en el Palacio del Marqués de Salamanca, la Quincena Musical de San Sebastián o la colegiata de Zenarruza entre otros. Doscientos años después, la voz de Juan Crisóstomo permanece, ¡larga vida a Arriaga!
Josetxu Obregón
(foto: Adrián Morote)


