MADRID / ‘Turangalila’ con la OBC y Jonathan Nott: celebración, color, lírica

Madrid. Auditorio Nacional. 23-IV-2026. Ciclo Ibermúsica. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Pierre-Laurent Aimard, piano. Thomas Bloch, ondas Martenot. Dirección Jonathan Nott. Messiaen: Sinfonía Turangalila.
Al declinar los noventa —y con ello el milenio, se decía— la Residencia de Estudiantes, junto con otras organizaciones como el propio ministerio, organizó una serie de conciertos y conferencias sobre lo que el siglo había aportado en música. Messiaen destacaba, allí estuvo Yvonne Loriod, a la que entrevisté para Scherzo. Hablaba de Messiaen como si su presencia fuese aún patente, real; no era el empecinamiento de una viuda, era la poesía del duelo. “Quand il est partie…”, decía. Messiaen había muerto pocos años antes, en 1992. Ahora tous les deux sont parties, las cosas son así. Queda la obra, queda el recuerdo, queda el amor.
El amor protagoniza la trilogía, así considerada por el autor, en que la Sinfonía Turangalila se inserta. Junto a esta obra gigantesca, están los fugaces Cinq rechants y Harawi. Son obras muy distintas, pero Messiaen nos asegura que son trilogía, y nosotros lo aceptamos. Turangalila carece de palabras, y acaso sea aconsejable acercarse a las que desbordan Harawi, cantos de amor y de muerte que, durante casi una hora, nos mantienen en suspenso una voz femenina y un piano. De inspiración hindú la sinfonía; cechua, el ciclo; tristanescos, ambos, de acuerdo con el propio Messiaen, al que siempre hay que hacer caso porque en sus palabras hay claves para la comprensión. Porque Turangalila, título sánscrito con resonancias de “canto de amor”, “alegría” y más cosas (siempre según Messiaen) es ese tipo de obra que no admite interpretaciones y lecturas especialmente novedosas. Aunque sea cierto que en ocasiones oyes alguna, no necesariamente en vivo, que hace que se encienda una luz allí donde todo parecía más naturalmente llano. La plenitud de una orquesta así permite un juego insólito de colores para reforzar el argumento lírico y dramático, el programa de la obra, que no es explícito, o al menos no es concreto, pero sabemos cuál es su temática. Y cuáles sus procedimientos para conseguir lo etéreo, lo celestial, a partir de las jubilosas explosiones de ritmo que podríamos considerar danza entusiasta.
Un proyecto así no es un concierto más de una orquesta. La Ciudad de Barcelona y Nacional de Cataluña lleva a cabo, con este concierto, un esfuerzo que se convierte en logro a fuerza de un especial tesón, una insistencia, un ensayo tras otro. No es la Turangalila obra que requiera versiones especiales, pero sí una dedicación especial de la orquesta; que, por cierto, ha de ser reforzada, como en este caso: algunas cuerdas, algunos metales y, sobre todo, más percusión, porque en la percusión, afinada o no, está la base del ritmo, protagonista sonoro, que contamina o determina la línea del piano, ampliamente percutivo en esta enorme estancia sonora, y es en la percusión donde Messiaen incluye más novedades y variedades. La línea del piano, por otra parte, es diabólica en el sentido de dificultad para virtuoso. Como lo es Pierre-Laurent Aimard, nuestro francés favorito porque parece haber elegido nuestra tierra para hacernos gozar a menudo de su pianismo. Lo etéreo, lo celestial, se celebra mediante el júbilo apoyado en métrica y en esas figuras, líneas ágiles, que urgen, tan propias de Messiaen. Pero las ondas Martenot están ahí, ahora que va a hacer un siglo que se inventaron, para dar esa sensación de vuelo o de oleada en las manos de Thomas Bloch, de ligereza emparentada con esos ángeles que contemplan o guardan el amor de la tierra y el del cosmos; porque el amor vuela, según parece, como según parece vuelan los ángeles.
Turangalila no es una catedral, es una celebración que no precisa catedrales. El maestro de ceremonias fue, con toda virtud y alcance artístico, Jonathan Nott, que se va a convertir en el director musical del Gran Teatre del Liceu. Una ceremonia en la que brilló e hizo brillar. Hay más fiesta que ceremonia en Turangalila. Cuando llegaron al Jardín del sueño y del amor, sexto movimiento de belleza que te suspende, la fiesta requería un respiro, una tegua así, un episodio que no es solo lento, sino que es perfume de noche y de descanso, mas no descanso de los cuerpos agitados por la danza, sino descanso del amor que se contempla a sí mismo. Disculpen, hay tanta poesía en ese movimiento, que puedes caer en la imaginería no musical o en la pura y imple cursilería. Este movimiento, acaso más que los otros nueve, demuestra que Turangalila no es analizable. Lo es, claro está, en el sentido de disección, de descripción. No en la búsqueda de sentidos, aunque en algún momento el compositor acuda a formas clásicas y las disimule, acaso las oculte. Importa más ver que, después del jardín, en el siguiente movimiento, el piano, a solas, anuncia ya lo que todavía no es el mundo de Messiaen, aunque no le sea desconocido: la lógica del canto y el picoteo de los pájaros como base del discurso. Y, como habrá de verse años más tarde en su obra, como eclosión de la fiesta y la alegría, desde las danzas de Turangalila (que a veces te pueden recordar el Salón México de Copland, como Bartók, en el Concierto para orquesta, te recuerda el Cumbachero, que también evoca Schnittke en otra parte), la gran orgía sonora de la vida desatada, los pájaros locuaces y agitados de San Francisco de Asís.
El concierto fue un éxito merecido, legítimo. Una orquesta en buena forma, un maestro en el mayor sentido de la palabra (enseñanza, autoridad, arte) y dos solistas de lujo, Aimard y Bloch. Siempre queremos que vuelva Aimard. Felizmente, por ahora vuelve a menudo. No admito comparaciones, disculpen ustedes. Esto fue un acontecimiento. No me vengan con registros sonoros insuperables para comparar, ni comparen lo que oíamos el jueves con lo que ustedes oyeron alguna vez en alguna parte. La velada fue un gozo, desde la pequeña debilidad que se advirtió, cansina, al principio, hasta la pronta eclosión de los colores y los sonidos para que nuestra sensibilidad se pusiera en marcha sin necesidad de más estímulo. ¿Qué más, para qué más? Hay conciertos con una honda significación, y esta celebración de amores y ángeles sutiles gozará de tal en el recuerdo.
La Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, reforzada y espléndidamente dirigida por Jonathan Nott, ha alcanzado con este concierto un punto elevado en prestación artística. Reforzada, sí, pero esencialmente la misma orquesta. Una bella velada.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


